sábado, 30 de junio de 2012

-- Con Nacho, en la estación.

    El tren se acerca y en los confines de la tejavana que da al andén hay una pareja que se abraza, hay un matrimonio con dos chiquillos que no se están quietos un momento, hay un anciano con la boina mustia y el arrebol de cateto de sierra en las mejillas carnosas. Hay un conglomerado de seis o siete mochilas que cabalgan a otros tantos muchachos, delgados y pilosos. Hay un legionario bajito y cetrino con un petate abultado a los pies, aguardante.
    Y el tren, como una leontina plateada de grises, circunda la penúltima curva del paisaje y se acerca.
-- ¡Ya viene, ya viene! -me grita Nacho, señalando con el dedo.
-- Ya viene, sí -le sonrío.
    No es un tren más: es el tren.
    Hay otros dos en la estación, detenidos, como dormidos, como héroes expectantes que se rehacen de pasadas lides, como dragones arrancados de una niebla medieval y trasplantados inopinadamente a un siglo que les fuera ajeno. Pero el tren, ese que encandila a Nacho y le hace alzar la mano y abrir la boca y parpadear de asombro es el que viene ahora, ese que ya se acerca despacio y se le oye venir.
-- ¿Le oyes? -me pregunta Nacho.
-- Le oigo, le oigo ya. Le oigo, sí.
    Es el tren.
    Nacho bate palmas. Se levanta, me besa, se vuelve a sentar, apoya los codos en las rodillas y la barbilla en los nudillos entrelazados.
-- ¿Tú te has montado en uno así?
    Es la pregunta que me hace cada mañana, cada tarde y cada día.
-- Cuando era pequeño como tú. Cuando mis padres nos llevaban a la tita Ángeles y a mí a Utrera, a comprar mostachones. A Utrera en tren, figúrate, como el que se iba al fin del mundo. A Utrera se llega hoy en coche, en veinte minutos.
-- Y cuando te fuiste a la mili.
-- Y cuando me fuí a la mili, sí, al Cerro Muriano, cuando tenía veinte años.
-- Y cuando te casaste.
-- Y cuando me casé y fui con tu abuela de viaje de novios a Córdoba. Tardamos más de tres horas. Conforme te haces mayor, empiezas a medir el tiempo entre una estación y otra. Los trenes se hacen más veloces y el paisaje por la ventanilla deja de desfilar: se queda atrás, simplemente.
    Nacho deja de mirar el tren. Sus ojillos inquietos se deslizan unos instantes por el andén, un brazo me lo echa al hombro y el otro lo estira para señalar al legionario:
-- Le han dado permiso, abuelo -me explica.
    Y me aclara:
-- Quince días, abuelo. Pero en su casa no lo esperan hasta la semana que viene. Lo que pasa es que tiene una novia en un pueblito de Granada y va a ir antes a verla. Quieren casarse cuando a él lo licencien, sabes.
-- Vaya por Dios.
    Nacho sonríe. Hurga con la mirada por la cantina, por el quiosquillo de la prensa, en la lejanía de los rieles por donde el tren se aproxima a pasito roncero. Después me señala a la pareja que se abraza.
-- La maleta que está en el suelo es de ella -dice-. Porque ella se va a Barcelona, a casa de sus padres, que son de allí. El que la abraza es su hermano. Se ven una vez al mes. Cada mes, uno va o uno viene a ver al otro.
-- ¿Tú crees? -me hago el tonto.
-- Ella está llorando, ¿la ves?
    Está llorando, seguramente.
    Cuando el tren entra en la estación, lo hace con un traqueteo que es como un son uniforme y atemperado, acentuado con dos zollipos que estremecen el aire.
-- Se ha retrasado medio minuto -apunta Nacho, consultando el reloj de la estación. Después señala a las seis mochilas de colores:
-- Son amigos del instituto. Van de excursión a la sierra. Dormirán en tiendas de campaña, al aire libre. Desde aquí tú no lo ves, abuelo, pero uno de ellos lleva una guitarra y se sabe muchas canciones. Por las noches harán un fuego y cantarán. Y algunos se harán novios, abuelo.
-- ¿De veras?
    Nacho se sonríe.
-- Se harán novios -asegura.
-- ¿Y el viejo de la boina? -le pregunto.
    Nacho entorna los ojillos.
-- No es tan viejo. Tiene como tu edad. Regresa a su pueblo. Ha venido a Sevilla a comprarle un regalo a su nieto. Tiene un nieto de ocho años que no puede salir de casa porque está enfermo, pero que le encantan los trenes. Y él ha venido a Sevilla a comprarle un tren eléctrico, ¿ves que lleva una caja muy grande en las manos, abuelo?
    Le sonrío.
    Nacho acciona el interruptor cuando el tren llega y se detiene al fin, con un gran pitido de triunfo o de dolor. Nacho recoje las figurillas de una en una, metiéndolas en una caja de cartón y sacando otras nuevas que va colocando al albur en los confines de la tejavana que da al andén: un mozo con gorra de plato que vocifera algo, una señora espigada que acarrea dos maletas, dos señores enchaquetados con sendas corbatas y maletines, un soldado de infantería con un petate al hombro, dos ancianos que se abrazan... Nacho acciona el interruptor y el tren parte de nuevo. Me duelen los riñones y siento las piernas dormidas de estar arrodillado en el suelo, pero volvemos a empezar.
    Nacho señala con el dedo a la señora espigada:
-- ¿Sabes quién es, abuelo?
-- No caigo, Nacho, no caigo.
   Nacho bate palmas.
-- Es una profesora de un colegio de aquí, que...


          (Una estación de ferrocarriles, es una antología de cuentos populares. Y cada tren que entra y cada tren que parte, son como los primeros o como los últimos renglones de una nueva histora que empieza o acaba cuando queremos).

jueves, 28 de junio de 2012

-- Infancia, sí. Pero...

    Nos tomamos una cerveza, amigo, nos medimos con la mirada, nos contamos las canas de la barba y vemos a unos críos salir del colegio: ¡ah, los niños! ¡Ay, la infancia...!
    Divino tesoro, suspiramos.
    Y yo hoy te digo que no, compañero.
    ¿Pero de veras merecen ser recordados los lejanos años de la Infancia? Me pregunto si aquéllos patios en sombras, si aquélla cocina oliendo a coliflor o lentejas, si aquélla madre gritona, si aquél padre intermitente; me pregunto si aquéllos escenarios que hoy restauro dando cincelazos a la memoria, merecen siquiera un vistazo, una lágrima, una sonrisa.
    ¿A qué esta manía, tan estúpida como humana, de mirar hacia atrás... pero siempre para echar en falta, nunca para reconocer lo que sobra?
    ¿A qué ese empeño insano y cangrenante por querer reconocernos entre las imágenes de una fotografía en blanco y negro, como si esa cara sin arrugas y todavía sin cuartear tuviera por fuerza que tener algo que ver con la cara, los ojos y el aliento de quien hoy la contempla?
    ¿Por qué siempre recordar para acabar tragando saliva o zollipando, pero nunca para soltar aire y gritar al cielo, ¡pufff, al fin: ya pasó! Ahí estuviste pero ya no estás.
    Oh, la Infancia, oh, lalá. Bien, pero la infancia es una edad muy jodida, no lo olvides tú también, amigo. Mi infancia como la tuya,  fué un acorde monótono de broncas y collejas. De madrugueos incomprensibles. De clases tediosas. De confesiones humillantes y delitos ocultos que me facturaban, en un sí es no, a los más recónditos infiernos. De domingos que duraban dos horas y empezaban a anochecerse antes del almuerzo, tan exiguos como recreos de treinta minutos. De lunes patibularios donde echaba a andar una jornada que apenas si entendía....
    Vale, vale, vale, parece que te oigo refunfuñar. Sí: había una amistad, había unos juegos, vale que había hasta amorcillos chiflados y etéreos, y te admito que hasta un beso que quizás  existió o quizás en verdad la brisa me hizo soñar. ¿Pero y qué...? También hoy tengo amigos. También hoy juego a la oca con mi hijo o al póker con cualquier desventajado. Y todavía, mira qué tonto, la brisa me trae un beso y me siento enamorado de nuevo, sonrío y me impregno como papel fotográfico, un día sí y otro no, pero revelando las fotos, ya, que mañana me harán ir a querer reconocerme en una cara barbuda, cuarteada y con arrugas junto a los ojos... La cara que hoy tengo y no volveré a tener mañana.
    La infancia, amigo, existe cuando ya ha pasado.
    La infancia no es más que un laberinto para ratones albinos: en cada esquina un trozo de queso, pero siempre sujeto a un cepo. Mira qué chasco, que no pasa un día sin que te cojas un dedo y a veces hasta la nariz. Aunque después, con los años, sea cómodo olvidar que nuestros primeros pasos fueron una riada de lágrima y moco, una tempestad de frunces y pataleos, un alargar el dedito con la mayor ilusión del mundo para terminar dando un respingo y llevárnoslo a la boca, amorachado o sangrante.
    Por eso, amigo, me ha dado por pensar en positivo cuando he visto a una infancia desbocada que celebraba sus vacaciones a las puertas de un colegio, hace un rato.
    En positivo, sí, aunque pienses por lo que llevas leído (a mi me ocurriría lo mismo) que estoy escribiendo en el alféizar de mi quinto piso, antes de saltar sobre el tenderete del bajo-A, con el teclado en las manos.
    La Infancia es el timo de la estampita, sólo que cuando lo descubrimos es demasiado tarde para reclamar nuestros recuerdos a cambio de esa foto en blanco y negro que nos endiñaron, y que ahora con gran melancolez nos paramos a observar. 
    Es, amigo, la Infancia,  creernos que porque no encontramos hoy la Felicidad, es porque tuvimos por huevos que haberla perdido en la curva más lejana de la vida... cuando quizás, ni siquiera nos la hayamos echado nunca -o todavía- a la cara.
    Aquí te dejo esto. Para que si nos vemos dentro de treinta años, no me traigas fotografías de noventamil píxeles diciendo que hoy, midiéndonos con la mirada, tomando una cerveza y contándonos las canas, éramos los más felices del mundo.
   
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martes, 26 de junio de 2012

-- Una respuesta a cien blogueros que preguntan.

    Es agradable llevar adelante un blog. Debéis de saberlo bien quienes tenéis plantas en casa, quienes gozáis con el cuidado de vuestra mascota o quienes tenéis un hijo. En mi caso particular, tengo macetas, mascotas (se murieron mis gatas, pero se vino a vivir mi suegra a casa), tengo un hijo y... ¡tengo blog!
    ¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra, portento?, os preguntaréis con la gentileza que os caracteriza. Pues mucho.
    Cuando hace hoy casi un mes y medio que inicié este blog, había dos cosas que no esperaba: ni que su número de visitas fuera al galope ni que tanta gente se interesara por la persona que lleva escritas estas 36 entradas tan dispares: yo. Intuyo que la barba, las gafas y la corbata imprimen cierto carácter, mas son accesorios supérfluos. De hecho, las gafas estaban rebajadas porque venían ya con la barba y dos gomitas para atarlas por detrás de la cabeza.
    ¿Pero es un blog de Humor?, me preguntan quienes leen algo que se les antoja (y con razón) cosa seria.
    ¿Pero es un blog Serio?, me preguntan -y me dejan anonadado- quienes leen algo que se les antoja (y con razón) cosa de risa.
    Creo que el título del blog, "de mil humores", no puede dar cabida a tergiversaciones. Un día escribes buscando la risa y al siguiente escribes buscando la complicidad. Nunca saltamos de la cama con el mismo ánimo. Y nunca vemos las cosas de la misma manera. Escribir no es exactamente reflejar la realidad, eso ya lo hacen las cámaras fotográficas y las fotocopiadoras de 25 cartuchos. Escribir no puede ni debe de ser solamente eso. Quien escribe (incluso aunque escriba sobre vampiros amusgados o sobre marcianos de tres ombligos), lo hace siempre desde la realidad. Desde su propia realidad... que no deja, al fin y al cabo, de ser la Realidad de todos.
    Quien escribe (y escriben muchos más de los que se dejan leer), jamás andará abocado al fracaso. Porque escribir, compensa por sí solo, sin necesidad de que nadie, enfrente nuestra, nos aplauda por ello. Escribir, conlleva implícita una gran satisfacción personal. Como la que conlleva regar una maceta, alimentar al gato y hacerle saltar por encima de una silla o ver crecer un hijo. Si encima de todo, alguien se interesa por tus flores, alguien acaricia tu gato o alguien te dice que el niño es precioso (aunque no salga a ti, ay), la satisfacción -cuando gusta o al menos te aseguran que gusta lo que escribes- es total: recibes porque has dado.
    Y la mayoría de las veces, de lo que recibes vas haciendo acopios para volver a dar. Escribir, como amar u odiar, suele ser recíproco.
    Escribir por escribir puede llegar a matar: no lo pienso yo, pero puede que un día no muy lejano -cuando los psicólogos vean mermados sus ingresos- puedan llegar a recetar bolígrafos o libretas con la imagen de un escritorio y un cadáver tumbado encima de un montón de cuartillas: ESCRIBIR ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.
    Precisamente por eso. Porque si todos escribiéramos, muchas consultas de psicología cerrarían por bancarrota.
    Sobre la cuestión en sí que más me soléis preguntar (¿por qué un día me haces reír y al siguiente me haces ponerme serio y reconsiderar algunas cosas...?), creo que queda explicado un poco más arriba. Porque sí. Porque a veces, en un entierro, el muerto me causa respeto pero sin embargo la comitiva me parece de lo más graciosa. O al revés. A veces, familiares y amigos del difunto me hacen parpadear para alejar una lágrima y es el muerto quien me hace toser para disimular la risa. O todo junto, si en tal brete me ponéis. A veces lloro, pero a veces me descojono. Eso sí: observo con el lápiz afilado, hago fotos con la memoria y una vez en casa, retoco con el fotochop que nos viene de serie entre las paredes del cráneo... y saco mi personal y propia imagen de la situación.
    Al final, todos estuvimos en el mismo entierro, pero tú recuerdas las lágrimas del pariente más allegado y a mí me viene a la cabeza que al sacerdote se le veían los vaqueros y los botines por debajo de la sotana.
    O al revés, a veces.
    De mil humores -aunque prime el humor-, no deja de ser por eso un blog muy personal, como todos los blog. Cada blog revela quiénes somos. No se escapa nadie. Y mi intención, al llevarlo adelante, no es otra que la que lleva a cualquier persona a escribir: pulir el espejo, quitarle impurezas y brillos,  e intentar reconocer en él a quien escribe... aunque sea en los comentarios de quienes le leen.
    Y así, a lo tonto y por escribir, sois vosotros el espejo donde me miro.
    Por eso, escribiendo con seriedad, acabo tomándome a broma. Como si fuera un amigo más.
   
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domingo, 24 de junio de 2012

-- Extractos de mi Diario Íntimo. II.

13 de Septiembre...
    Anoche soñé que volvía a Manderley. Cosa bastante chocante, porque nunca he estado allí, que yo sepa. No debo ver más películas de Alfred Hitchcock antes de acostarme, al menos hasta que haga una limpieza profunda en el armario empotrado del dormitorio. Demasiado ruído por las noches, en su interior. Demasiados recuerdos, demasiada ropa vieja, demasiadas rebecas de punto. Ahora veo que no debí de disecar al pastor alemán hasta que no muriera del todo. O, quizás, debí de asegurarme con certeza dónde lo guardaba después. Quimeras. ¿Será verdad que nos visitan nuestros muertos mientras dormimos? ¿Será por eso por lo que me faltan latas de cerveza en el frigorífico todas las mañanas? ¿Y el queso curado, de tres cuartos? Nunca lo volví a ver. No puede ser, no puedo creerlo. Dudas.

22 de Octubre...
    Sigo con este maldito resfriado. Los dolores de cabeza llegan a ser insoportables, en especial cuando estornudo de repente sin apartarme lo suficiente de la pared o del marco de una puerta. Y otra vez, al despertar, me ha acometido una nueva crisis de ansiedad, esta vez porque no era capaz de encontrar la babucha del pié izquierdo. Siempre reacciono con idéntica angustia ante situaciones que son cotidianas para el resto de los mortales. Al final, y gracias a mi tabla de ejercicios respiratorios, logré tranquilizarme cuando descubrí que la babucha aparecía mágicamente en la planta de mi pié. He debido dormir con ella puesta, como casi todo el mundo. Me creo siempre tan especial... ¿Debo de cambiar de psiquiatra...? En principio y mientras lo pienso, ignoraré sus preguntas y no le seguiré la conversación cuando me hable. 

2 de Noviembre...
    Mes de los difuntos, noviembre. He vuelto al cementerio, como cada año, a llevar dos ramos garbosos de gardenias, clavellinas frescas y rosas rojas a mi suegra. Como viene siendo habitual, solamente al traspasar la verja del camposanto he recordado que mi suegra aún no ha muerto. 45 euros tirados a la basura. ¿Por qué soy tan despistado? He recordado con pesar a mi difunto hermano. Él sí era despistado y dejado para muchas cosas. ¿O era tacaño? Nunca pagó, con un mínimo de seriedad, las cuotas de su aseguradora. Murió y debía, el muy descarriado, 19 mensualidades atrasadas. La aseguradora sólo pudo incinerarle los brazos y una pierna. El resto nos lo devolvieron en un bonito envoltorio... que nos apresuramos a enviar, correo certificado, a un pueblito de la Amazonia central.

12 de Diciembre...
    Por fin, he hecho acopio de valor y he subido a pedir un aumento de sueldo. Sé que no tenemos demasiado volumen de trabajo, pero también sé que soy un trabajador ejemplar y experimentado en mis labores. Encontré al Jefe sentado en su sillón giratorio, dando vueltas y lanzando granitos de arroz por una pajita, contra no entendí muy bien el qué. Me escuchó con mediana atención, me aseguró que en breve estudiaría mi solicitud y, tras compartir un par de cigarrillos juntos (de mi paquete), le presté 5 euros para fotocopias. Me acompañó a la puerta del despacho y me despidió fraternalmente. No es un mal hombre.

17 de Enero...
    De nuevo he tenido esta noche, ¡Dios...!, lo que ya denomino con familiaridad una de esas pesadillas espaciales. Hace noches, la pesadilla era un simple meteorito que caía a la tierra sobre las cinco de la tarde y que me hacía arder la cabeza y parte del pelo de las piernas. Hoy no. ¿Habrá sido el cambio de pastillas? Esta noche fue una nave con forma de magdalena casera, de la que bajaban cuatro indivíduos con un largo brazo que les nacía del vientre (cosa la mar de incómoda, recuerdo que pensé, si vas en metro y debes de agarrarte a la barra de arriba), y me raptaban y me llevaban a su nave nodriza y me lavaban el pelo con ácido y con champú de oferta. ¿Alopecia? ¿El paso del tiempo? ¿Añoranzas? ¿Miedos?, me pregunta mi psiquiatra mientras me persigue por la consulta.

21 de Febrero...
    Esta semana que entra, me toca de nuevo quedarme con los niños. Desasosiego. Como nunca llegamos en verdad a tener hijos, el Juez que instruyó el divorció dictaminó -con la aquiescencia de los abogados de ambas partes-, que cada uno debería de cuidar del canario y de la gata que habíamos criado, a medias: una semana una de las partes, otra semana la otra parte. Ya tengo la jaula preparada para cuando llegue Curriqui. Alpiste del bueno, lechuga fresca y un columpio de colores que colmará todas sus delicias. A Misifusa, por otro lado, le he cambiado ya el estropajo de aluminio por una verdadera madeja de lana virgen. No se lo esperará, mi gata linda, y en un par de meses volverán a salirle las uñas. No puedo arriesgarme a otra demanda. Dificultades.
   
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sábado, 23 de junio de 2012

-- Bartolo y los demás.

    Como los niños escapaban corriendo sin dar lugar a que los alcanzara, Bartolo caía en el barro de rodillas y se echaba a llorar desconsolado, hasta que alguien se le acercaba y le ponía una mano en el hombro o le acariciaba la cabeza y le decía:

-- Venga, Bartolo, con lo grande que eres ya, hijo...
 
     Bartolo era grande, sí, pero también era tonto.
   
    Y no un tonto cualquiera.
   
    Bartolo era el tonto del pueblo...

    Ser el tonto del pueblo conlleva sus responsabilidades: tantas como ser el médico, el boticario, el dueño de la barbería o el camarero del casino.
   
    Ser el tonto del pueblo significa humillar la cabeza y hablarse a veces de tú con la Soledad. Y eso sin contar con los pescozones que te regalan, las collejas que se te vienen a la cabeza cuando menos las esperas, las burlas sin ningún grado de sutileza o las zancadillas inmisericordes que te hacen, los días que más llueve,  ir a darte de bruces en el charco más embarrado de la plazuela.
   
    Ser el tonto del pueblo es algo así como ser su pararrayos, el desmantelador de truenos que de otra manera acabarían por prender en algún fleco y hacer arder el pueblo entero.
 
    Bartolo sabe que sin él,  en el pueblo pronto prendería la más mortal y destructora de las llamas: la del aburrimiento.

    Bartolo sabe que sin él, las calles serían meras rías de paso y la plazuela un triste trozo de pueblo perdido  que no tiene tonto.
   
    Por eso Bartolo tiene el don envidiable de rehacer pronto la sonrisa, una sonrisa que es hermosa porque aflora de los ojos antes que de los labios, porque asoma siempre con generosidad aunque sea desde una cara pringocheada de barro y de lágrimas.
   
    Por eso yo me acerco a su vera, le tiendo una mano y le ayudo a levantarse, mientras le revuelvo el pelo de la cabeza y le digo:

-- Venga, Bartolo, con lo grande que eres ya, hijo...
   
    Y Bartolo empieza a sonreír y quiere darme las gracias, pero antes de que acabe de incorporarse le meto otro fuerte empujón que lo manda a todo lo largo de vueltas al charco, en medio de grandes salpicaduras. Y hasta la plazoleta me llegan las risas del boticario, del camarero de la cantina, del barbero y del médico: ¡Bartolo, Bartolo, qué tonto es Bartolo!
   
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jueves, 21 de junio de 2012

-- Un blog de humor, debe de ser serio.

    Entiendo que un blog, trate de lo que trate, no debe de dejar tirados a sus lectores.
    Desde que inicié este blog hace ahora un mes y tres días, no he faltado a mi cita, por la sencilla razón de que un blog, por mucho que se catalogue en la categoría de Humor, no tiene excusa para dejar de ser Serio con quienes le siguen, en justa correspondencia a cada persona que espera leer algo nuevo cada vez que entra en él.
    Las musas, la inspiración o el sacarle punta a cada vivencia, gracias a dios que no me quieren abandonar todavía. Os confieso, de hecho, que tengo artículos en almacén para ir tirando a un ritmo diario de una página cada 36 horas... Artículos que están escritos en servilletas, papelillos y folios de un block de a cuadritos, pero artículos que escribo en media hora y que, para pasarlos a estas páginas cuidando la ortografía, la sintaxis y mil detalles más para hacerlos cercanos, me llevan a veces casi dos o tres horas. ¿Increíble? ¿Soy torpe? ¿Mis pulsaciones mecanográficas son comparables a las de una babosa paseándose por el teclado...? Para nada. De mil Humores nació con la sola idea de arrancar sonrisas: pero arrancar sonrisas es un tema muy serio que lleva tiempo.
    No siendo, pues, la Inspiración quien me da de lado, y descartando por inercia la Pereza, sólo endiño la culpabilidad al tiempo. El tiempo. Sí, el tiempo. El mismo y el único que me hace afeitarme cada mañana. ¿Tiempo? 21 de junio. Fin de curso. Jornadas. Exámenes. Actuaciones. Despedidas.
    El tiempo, sólo el tiempo me hace hoy darle un codazo a las musas: ¡quitaros de en medio, joder...! Sólo el tiempo, siendo De Mil Humores un blog lo bastante serio para no dejaros salir de sus paginas sin una sonrisa, me hace ofreceros un menú rápido: chistes.
    Ya sé, ya sé que es como si en casa de Ferrán Adriá os endiñan una tapa de altramuces para ir haciendo boca... Vale. Pero ni yo soy Adriá, ni vosotros sois clientes habituales de Adriá ni los altramuces están tan malos.
    Conque, al lío.

    Un brutote de estos del mundo (no digo de pueblo, porque en las ciudades los brutotes también debieran cotizar en Bolsa); un brutote, digo, responde así a una encuesta del Inem.
-- Nombre.
-- Jesús Ramírez.
-- Edad.
-- 45 años.
-- ¿Casado?
-- Sí, casado.
-- ¿Con prole?
-- No, con Luisa.
    El encuestador se lo queda mirando y le aclara:
-- Prole, señor, significa que si tiene usted hijos...
-- ¡Ah! Perdón. ¡Sí, sí!
-- ¿Cuántos?
-- Un prolo y dos prolitas.


    Dos amigotes se encuentran, por aquí, por las afueras de Sevilla mismo.
-- ¡Cómo está la cosa, tío! -dice uno- ¿En tu barrio también tenéis problemas con las drogas...?
    El otro menea la cabeza:
-- Para nada, tío -dice-: tenemos para todos.


    Época victoriana en la Inglaterra del siglo XIX.
-- Luis Guillermo, hijo, deja ya de jugar con el sombrero de mami.
-- ¡Un ratito más, papá, un ratito más!
-- Que no, Luis Guillermo, que van a cerrar ya el ataúd...


    Familia del sur de la Amazonia.
-- Mamá, que la abuelita está muy mala...
-- Pues échala a un lado y te comes las papas.


    Y el del borracho, que no falte.
-- Jesús, ayer viniste tarde a casa. ¡Y borracho como una cuba!
-- Sí, cariño. sí. Pero me hice un zumito de limón para evitar la resaca.
-- ¿Un zumito de limón, hijoputi? ¡Vé para la cocina y mira lo que le has hecho al canario...!

    Debo dejaros. Aunque haya sido tirando de chistes, espero que, al fin y al cabo, salgáis de esta página con una sonrisilla. Mañana, volveré a mi rutina habitual, entre lo que más cuenta es hacer sonreír a quien me visita.
    Todo el material expuesto en este artículo -ni que decir tiene-, no está sujeto ni a copirrín ni a derecho de autor, por lo que podéis hacer el uso de él que estiméis conveniente, sin temor a que os busque en mis archivos y os lance al mar con dos toneladas de plomo atadas en los pies.
    Un cordial saludo.


martes, 19 de junio de 2012

-- De mil Servilletas nació de mil humores.

    Hace hoy un mes que inicié este blog. ¿Por qué, de la noche a la mañana, cualquier peatón como yo decide abrir un blog... con la misma facilidad conque se abre una lata de caballa? Ni idea. O al menos, no tengo yo idea clara de por qué lo hacen los demás, cuando yo mismo intento buscar en estas líneas por qué leches lo hice yo.
    Bueno, en mi caso todo empezó más o menos cuando me casé, hace unos 20 años. Y la culpa, si culpa hay que confesar, de las servilletas de los bares es. Servilletas con un garabato, servilletas con dos líneas escritas a la ligera y que al día siguiente ni yo mismo entendía. Servilletas en taquigrafía, en morse, en Braille o en esperanto; servilletitas arrugadas en un bolsillo de una chaqueta, en un bolsillo de un pantalón. Papelitos, hojillas de una libreta, cachitos de tarjetas, estampas de santos, almanaques: pero todo con mi letra carrasposa -como mi voz- detrás impresa.
    Cuando te casas y sigues escribiendo como un adolescente acnésico, a un ritmo y con una constancia (llaméselo demencia) que ya quisiera Jack el Destripador, no es difícil que te levantes una mañana y te preguntes, mientras te afeitas, que para qué coño quieres  tantos papelitos. Es exactamente la misma pregunta que a mí me hizo mi esposa cuando, desatascando el filtro de la lavadora, encontró lo que ella creía eran pañuelos de papel usados: y no era eso, ¡no era eso...! Eran servilletas, hojitas de libreta, tarjetas, cartones... que iban a la basura y sólo yo sabía lo que había escrito en ellas: un cachito de mi cada día.
    Mas dilucidando que cada trozo de papel que a la basura volaba era un trocito de vida que sólo yo había rebañado, es como decidí compartir mi pan con mi hermano. La vida, al fin y al cabo, de los peatones como yo, no es demasiado distinta a la de los peatones como tú. ¿Quién no compra un cupón porque ha soñado con el 15 y resulta ganador el 00012? ¿Quién no pega un moco en una farola o  en una señal de tráfico, mientras lleva al hijo al colegio? ¿Quién no se ha sentido culpable por el pedo de quien está sentado al lado, en la barra de un bar, y no sabe cómo demostrar su inocencia...? La vida, la vida, la vida.
    La misma vida que a mí (en vez de hurgarme la nariz y tirarme pedos, y no quiero señalar); la misma Vida que a mí, me hacía arrancar una servilleta, escribir en ella y perderla después por un bolsillo del pantalón, la camisa o la chaqueta.
    Hasta que mi esposa observó que la lavadora, cuando centrifugaba, se iba dando grandes saltos hacia la terraza. Y a veces, no volvía hasta muy tarde.
    En fin. Inicié un blog hace un mes ahora, exactamente, porque tengo dos tontas manías desde hace 30 años: escribir en servilletas y después perderlas. Inicié mi blog para fotografiar instantes... pero sin pixels ni colores, sólo a base de letra y zoom.
    Ha pasado un mes y tengo en este blog unas 2000 visitas, lo que no considero demasiado mal... máxime cuando mi mujer no se queja por los papelitos en los bolsillos. Y la lavadora, hay que reconocerlo,  después de centrifugar vuelve a casa antes de las diez.
    Seguramente que cuanto ahora escribo, mañana -cuando intenten incinerarme- será papel quemado, ceniza, abono para plantas o E-19 para yogures y derivados. No lo sé. Pero al menos sé que lo que escribo, lo leéis unos cuantos y no se lo come la lavadora.
    Y por eso escribo y por eso inicié este blog, hace un mes. Porque mañana -cuando pretendan enterrarme-, mis miles y miles de servilletas garrapateadas serán chispas de fuegos artificiales, perdidas por el espacio, que quizás lleguen a manos de un extraterrestre que ignore que a veces -aquí abajo-, sabíamos sonreír.
    Y por eso, más o menos, me hice un blog: por el exceso de servilletas que hay en los bares. Lo que hay que ver, dios. Y las vueltas que da la vida y si te vi, no me acuerdo.

   
   
   

domingo, 17 de junio de 2012

-- 5 euros, la gorra y el reloj.

    ¿Pero vosotros pensáis que a mí se me atraca así, criaturas?
    Las criaturas en cuestión, se me quedaron mirando fijamente. El que sostenía la navaja apoyada por debajo de mi ombligo, ladeó la cabeza; el otro, el que iba arrojando por los aires cuanto sus dedos extraían de mi cartera, corrió y descorrió nervioso el velo de sus ojos febriles: ¿qué hablas?, inquirió abofeteándome en la barbilla.
    Sonreí. Yo creo que sonreí. Lo que oyes, chaval, dije. Que a mí no se me atraca así, de noche, en una calleja, al amparo de la obscuridad, con navaja y malos modos. Que lo que yo pueda darte, chaval, entérate bien, no va en esa cartera ni en ninguno de los bolsillos de mi camisa o el pantalón. Buscas en vano, pierdes el tiempo. Lo más valioso de mí, soy yo mismo; lo más valioso de mí, es capaz de llevárselo cualquiera en pleno día, con una sonrisa, con una mirada o con un simple cate en la espalda. A mí me atraca quien yo quiero que me atraque, y te puedo asegurar que el botín que se lleva es mucho mayor del que te llevarás tú con tu navaja de mierda. A mí me roba un amigo, un niño, un borracho en una noche de bohemia o una adolescente con los libros debajo del brazo que se dé a cruzarse cualquier día en mi camino. A mí no se me atraca, chavales, a mí se me gana y entonces no hace falta perder el tiempo registrando en mis bolsillos y mi cartera, porque yo lo doy todo cuando me dejo ganar, que es siempre.Conque acabad pronto, que hace frío y se hace tarde.
    El de la navaja me rasgó en un muslo y el de los ojos febriles se entretuvo unos minutos en darme de patadas cuando caí al suelo, unas en la espalda y otras en la cabeza. Quedé tendido algunos minutos, al relente. Jamás pensé en denunciarles, porque no se llevaron nada...



(Dedicado a mi amiguete Álvaro, al que la otra tarde robaron cinco euros, una gorra y el reloj, en una plazoleta del barrio. Adelante, amigo Álvaro, que sé de sobras que tus lágrimas al contármelo sólo reflejaban impotencia. Tres gilipollas no bastan para arrebatar todo lo bueno que la vida, a tus quince años, guarda todavía para darte. Un fuerte abrazo y esta pequeña historia pata ti, campeón).


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sábado, 16 de junio de 2012

-- Reformas, obras y obras de arte.

    Todo empezó con una pequeña grieta, del tamaño de una hernia, en la pared del salón, justo encima del sofá. Como soy hombre de recursos ilimitados, la tapé con un poquito de emplaste, lijé la superficie, la pinté del mismo tono beig que el resto de la pared y apliqué una segunda capa de pintura justo al cabo de las dos horas, tal y como precisaban las instrucciones de la lata. Henchido de orgullo profesional, señalé pomposamente la pared a mi esposa: ni rastros de la grieta. Aquélla misma noche, tras una suculenta cena fuera de casa, hicimos el amor.
    A los dos días, la grieta volvió a hacer su aparición, creo que con un poco más de virulencia y alcanzando una superficie de pared algo más ambiciosa que la vez anterior. Mi mujer me la señaló como si fuera una serpiente reptante. Volví a mi emplaste, mi lija, mi brocha, mis dos manitas de pintura beig para interiores y la pared volvió a esplender, saneada como el culito de un bebé recien cambiado. Cenamos en casa esa noche... aunque sin poder evitar mirar constantemente de reojos a la pared, por encima del hombro, como si temiéramos ver aparecer de un momento a otro la imagen de una cara de Bélmez sacándonos la lengua.
    La grieta reapareció a la mañana siguiente. Mi mujer me la señaló, con un dedo inseguro y tembloroso. Ahora se extendía por gran parte del tabique, en una superficie de unos tres palmos y medio, zizagueante como una culebrilla y caprichosa como cualquier índice bursátil. Mi santa esposa colocó entre mis manos el libro de las Páginas Amarillas, antes de desaparecer por la puerta con el carro de la compra, dando un portazo de despecho.
    El tipo que apareció por casa a eso de las cuatro de la tarde ataviado con un uniforme amarillo de "Reformas Domingo", era un espécimen gordo y abotagado, mal afeitado, de cuello rojo y una boca de la que sobresalía un palillo de dientes amarillento. Llevaba también un lápiz en una oreja, y creo que una goma de borrar en la otra.
-- Humm... -medio gruñó, pasando un dedo por la grieta y observándola con experto ojo clínico, ante la expectación contenida de mi señora y mía. Y añadió, meneando la cabeza- Hmm, Hmm...
-- ¿Es grave? -preguntamos mi señora y yo, al unísono.
    El troglotita se mudó de lugar el palillo de dientes.
-- Hay que abrir la pared -dictaminó.
    Pegué un bote.
-- ¡Ya está abierta! ¡Justo aquí! Por eso le hemos llamado, ¿entiende? La pared, de hecho, se abre ella solita.
-- Hay que abrir por el otro lado, señor -explicó él, mirándome como quien mira a un tarado o a un hombre retrasado-. Por la parte de la cocina. Esto es humedad.
-- ¡Por la parte de la cocina! -clamó mi esposa- ¡La alicatamos el año pasado! ¡No! ¡No!
    El mastodonte se la quedó mirando con cierto desprecio profesional.
-- O eso o la grieta, a mí me es igual -respondió. Y señalando la grieta con el palillo amarillento, añadió profético-: pero ella crecerá. ¡Oh, sí! Crecerá y crecerá y nadie podrá evitarlo. Vamos, no se preocupe, señora. Serán sólo un par de azulejos. Tres, a lo sumo. Veremos dónde está la herida, actuaremos, cicatrizaremos y volveremos a pegar los azulejos en su sitio. Dos horas de trabajo. 150 euros por ser para ustedes, más IVA. Podemos empezar mañana mismo, si quieren. Y si no quieren, podemos dejarlo estar y empezaremos cuando se les derrumbe la pared del salón encima de la cabeza mientras cenan o almuerzan. ¿Tienen hijos pequeños en casa...?
    Empezaron a la mañana siguiente.
    Digo empezaron porque el tipo apareció en compañía de otro indivíduo también ataviado con un uniforme amarillo de "Reformas Domingo", aunque mucho más bajito, delgado, fumando una colilla hedionda y apestando a anís del mono. Los dejé en la cocina, besé a mi santa esposa y marché al trabajo, mientras empezaba a oír algunos martillazos mientras bajaba las escaleras. Tres azulejos, había especificado el hombre sabio, tres azulejos y mi hogar volvería a presentar las hechuras de un hogar habitable y seguro de una familia modesta. 
    Para cuando volví del trabajo, no presté mucha atención a los dos sacos de escombros apilados en el portal del bloque. Era por junio y ya sabemos que es la época del año preferida por muchos para hacer algunas reformas en casa. Conforme subía las escaleras, sin embargo, una inexplicable aprensión y un inconfundible olor a agua estancada se fueron apoderando de mi alma. Además del soniquete de esos martillazos severos que había escuchado cuando salí por la mañana. La puerta de mi domicilio estaba abierta de par en par y por tras una humareda densa de polvo blanco apareció mi esposa para besarme, con el delantal, los brazos y la cara cubiertos de una superficial capa de arena.
-- ¿Todavía siguen aquí? -pregunté.
    Pregunta inútil, por supuesto. Ella me señaló a la cocina. El albañil diminuto de la colilla humeante en la boca golpeaba la pared con una piocha, a la altura del suelo, justamente donde tan sólo quedaba ya una hilera de azulejos por desincrustar y haciendo saltar lascas de loza a una velocidad de vértigo, en cuclillas y dejando asomar impunemente el principio de unas nalgas prietas y desagradablemente peludas. El otro reformador, el jefe, el gordo, se comía un bocadillo de mortadela sentado encima de la placa térmica.
-- Buenas, señor -me saludó.
-- ¡Tres azulejos! -estallé- ¡Tres azulejos, me dijo usted ayer! -y señalé la pared descascarillada, en bruto, como esas paredes desvencijadas que nos muestran los telediarios cuando ocurre un terremoto en Japón o en Nawasaka.
-- Tres azulejos, sí, ¿pero cuáles? -me contestó el tipo-. Primero hay que saber cuáles son. No somos adivinos, no vamos por ahí con una vara de sauce ni un pendulito que gira. Mañana, cuando prosigamos, seguramente tendremos localizado el foco de la avería.
-- ¿Mañana?
-- Bueno, el lunes ya. Sábados y domingos, no trabajamos.
    Nos quedamos el fin de semana habitando un salón cuya grieta era una especie de monstruo del Lago Ness que abría las fauces a la altura de la cenefa del techo; y cocinando en una cocina cuya pared frontal nada tenía que envidiar a las paredes de cualquier gruta del paleolítico, sólo que con tuberías y cables al descubierto en vez de bisontes y saltimbanquis rupestres.
    Volvieron el lunes y esta vez eran tres. El tercero, seguramente, hijo del jefe, porque tenía su mismo volumen corpóreo y porque oí al padre decirle, mientras me iba:
-- ¡Y tú, Yonatán, espabila y aprende! Toma este martillo y mira cómo lo hacemos nosotros.
    En el trabajo, lo reconozco, no rendí lo esperado. Y no precisamente porque fuera lunes. No. Anduve ensimismado, desanimado, pensativo y ansioso; y más de una vez y más de dos,  hube de soportar las reprimendas de mi encargado, que no me veía ciertamente fino en mis menesteres. No pude soportar la angustia mucho tiempo y llegué a telefonear a casa. Lo cogió mi mujer a las cinco o seis llamadas, y sólo puede entenderle, entre golpes de tos seca, algo así como:
-- No puedo hablar ahora. Estamos sacando el frigorífico al pasillo, aghh.
    Cuando arribé a mi hogar, a eso de las cuatro, una cuba cargada de escombros, azulejos, ladrillos, tuberías de plomo, el marco de una ventana y un termo de gas sospechosamente parecido al mío, estaba aparcada junto a la puerta de entrada del bloque. Subí las escaleras saltando los escalones de dos en dos, sin apenas detenerme a dar las buenas tardes a la vecina del principal ni a los dos individuos con monos embarrados que bajaban con sendos sacos de escombros cargados al hombro.
    En la cocina me recibió el tipo gordo con el palillo de dientes entre los labios y una sonrisa de complicidad.
-- Ya hemos dado con la avería -me saludó, golpeándome con familiaridad en la espalda-. Una picadura tonta en la tubería de bajada de la sección dos del desagüe general. Justo ahí, donde está su esposa.
    Mi esposa asomó la cabeza por la puertecilla del mueble que hay bajo el fregadero. Estaba arrodillada, tenía unas motitas de cemento seco en la frente y una llave inglesa en la mano. Y una gorra amarilla en la cabeza.
-- ¡Sólo era un agujerito en un tubo, cariño! -me dijo, mascando un palillo de dientes.
-- Cuando usted quiera, señora, paramos y nos comemos un bocadillo -gruñó el gordo-. Los muchachos tienen que descansar. He visto cervezas en el frigorífico, ¿no? -se dirigió a mí-. El mío de chorizo, señor, si les queda.
    Todo esto ocurrió hace un año y hoy, he de reconocerlo, tenemos una cocina que es la envidia de cuantos nos visitan. Está alicatada en tonos claros y amarillo limón, con un mobiliario clásico pero funcional que no olvida el mínimo detalle, y una estrucutura fontaneril y eléctrica totalmente impecable. En total, 6800 euros...
    De los cuales, los 800 corresponden a cinco bellos cuadros de tendencia modernista que hoy embellecen y dan caché a nuestro salón, y que adquirí ante la muda admiración de mi santa esposa, que no sabía de mis secretas aficiones por la pintura moderna. También ignora, claro, que cada lienzo disimula hábilmente el menor atisbo de grieta que sorprendo en las paredes del salón.


   
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jueves, 14 de junio de 2012

-- La muñeca más... turbadora.

     A mí, los primeros escarceos telequinésicos por los arrabales de la entrepierna, los primeros espasmos masturbatorios de infancia y adolescencia, me los propició una Nancy vestida de malloret, con botines rojos, calcetines blancos, faldita a cuadros y plises, cinturón de hebilla ancha y una camisetita blanca de algodón con la insignia en el pecho de algún club de fútbol americano...

miércoles, 13 de junio de 2012

-- Anécdotas literarias.

    Os ofrezco a continuación unas anécdotas refrescantes de cuatro conocidos literatos,  que estoy seguro os arrancarán una deliciosa sonrisilla de complicidad.
   

George Simenon (1903-1989). Escritor belga.
    Asistía George Simenon al estreno de una película policíaca muy mala. Malísima y tremendamente aburrida, en la que el protagonista asesinaba a media docena de personajes y al final se suicidaba ingiriendo una dosis letal de veneno.
-- ¿Qué le ha parecido la película, señor Simenon? -le preguntaron al escritor.
-- Bueno -respondió él-, pienso que al final de la película el protagonista no debiera de haberse suicidado envenenándose. Sino pegándose un tiro.
-- ¿Y eso por qué?
    Y respondió el novelista:
-- Porque así nos hubiera despertado a todos los de la sala.

Ernest Hemingway (1899-1961). Escritor estadounidense.
    Para los que creemos que la mayoría de las versiones cinematográficas que se hacen de las novelas dejan mucho que desear, aquí va esta anécdota.
-- ¿Está escribiendo alguna nueva obra, señor? -le preguntaron un día a Hemingway.
-- Pues sí, sí. Efectivamente, estoy en ello.
-- ¿Y puede adelantarnos de qué tratará?
    A lo que Hemingway asintió:
-- Claro que sí. Es algo totalmente nuevo y original. Está inspirada en una película que hicieron de una de mis novelas anteriores.

Mark Twain (1835-1910). Escritor estadounidense.
    Cuentan que Mark Twain, cuando ya era reconocido y famoso en el mundo entero, le confesó a un amigo íntimo:
-- ¡Ah! Yo tardé diez años en descubrir que no tenía ningún talento para dedicarme a escribir.
-- ¿Y por qué no lo dejaste, entonces?
    Y Mark Twain se encogió de hombros:
-- Porque cuando me di cuenta de eso, ya era demasiado famoso.

Bernard Shaw (1856-1950). Escritor irlandés.
-- ¿Qué edad me echa usted? -le preguntó una sofisticada y elegante dama a Bernard Shaw.
    El escritor la miró muy detenidamente, sin perder detalle, y le contestó:
-- Si me fijara sólo en su espléndida dentadura, diría que 18 años. Si me fijara sólo en su espesa y linda cabellera, diría que 14 años. Y si me fijara solamente en su espléndido tipo, yo diría que 20.
    La dama, emperifollada, coqueta y radiante de felicidad, insistió:
-- Es usted muy amable. Entonces, ¿cuántos cree que tengo?
    Y el escritor respondió:
-- Pues sume 18, más 14, más 20... ¡52 años, señora mía!

(Con agradecimientos a mi amiga Luciana Varvello).



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martes, 12 de junio de 2012

-- La profecía Maya, o la otra.

    El día estipulado -según el calendario maya- para la finalización del Mundo, se despertó temprano, no se vistió con el uniforme del trabajo, sino que se puso unos vaqueros desteñidos, una camisa y una gorra de su equipo de fútbol preferido. De esta guisa se presentó en la Empresa, donde subió nada más llegar al despacho del Jefe, se sentó en el amplio sillón giratorio y aguardó a que aquél llegara, entreteniendo la espera en desconfigurar el sistema del ordenador principal enviando todos los programas de la Unidad Central a la papelera de reciclaje, y la papelera de reciclaje, vía e-mail, a un depósito de residuos tóxicos del Ayuntamiento. También se dedicó a fotocopiarse las nalgas, y para cuando el gran Jefe llegó, ya tenía unas treinta copias pegadas por las paredes de su despacho, con cinta adhesiva. Antes de que el Jefe pudiera salir de su asombro y descongestionar los ojos, le endiñó en la cabeza con una bota de vino llena de arena y se marchó silbando, ante el mudo respeto y la admiración de sus compañeros.
    De vueltas a la urbe, puso el coche -un twingo- a 180 kilómetros por hora y aprovechó cada radar para asomar la cabeza por la ventanilla, sacar la lengua, ponerse bizco y menear un dedo arriba y abajo. Dos guardias civiles casi llegaron a darle alcance, pero con un hábil giro de volante los hizo encasquetarse contra una cantera de yeso... A veces un atisbo de dudas le surcaba la mente: ¿y si se equivocaban?, ¿y si no era hoy, después de todo, el fin del mundo? ¿Y si...? Pero las desechaba con la misma inmediatez conque le venían. Era hoy. Hoy era el día.
    Desayunó en la Cafetería Imperal, zumo natural, un bollo con aceite y jamón de bellota y una copa de balón llena de coñac, un Ataulfo I de 1365 que abrieron especialmente para él. Desayuno, por descontado, que no se dignó abonar. Hizo escala en el Club "The Moon", donde dio rienda suelta a una energía sexual tiempo ha acumulada en sus genitales, que más que genitales habían llegado a semejar condensadores cargados de electricidad, y se llevó al jacuzzi a una delegación selectamente escogida de jóvenes representantes de China, Vietnam, Italia, Francia, España, Perú, Argentina, Cuba, Suecia, Irlanda y Zimbawe. Tampoco pagó, por supuesto, y en su lugar salió del Club pitando, no sin antes tirar de las orejas a dos camareros y pellizcarle la nariz al rumano de dos metros que estaba de guardia en la puerta, al que la sorpresa no le dio siquiera tiempo a desenfundar la automática que llevaba en la sobaquera.
    Paseó seguidamente por los barrios bajos, con una seguridad en sí mismo que le complacía. Y como no tenía idea cierta ni preconcebida de quién pudiera, hacía dos semanas, haberle robado el radio de su twingo, prendió fuego a todas las furgonetas de cristales tintados que fué encontrando a su paso, amén de lanzar algunos ladrillos y piedras  contra las viviendas aledañas. Ser consciente de que esta misma noche el Mundo acabaría, le prestaba una valentía y una fuerza que nunca en su vida había sentido antes.
    Ya en pleno centro de la ciudad, se esmeró con denuedo en partir todas las cristaleras de las sucursales bancarias que habían sangrado durante tantos años su economía a fuer de intereses, cuotas de mantenimiento y aranceles varios. Robó después una retroexcavadora de una obra cercana y se dirigió al Congreso de los Diputados, donde accionando hábilmente un par de manivelas se llevó por delante a tres representantes del partido en el gobierno, a tres de la oposición, a dos ujieres, a los dos leones y a un gato que pasaba por allí. Un furgón policial intentó detenerle, pero manejó con presteza la pala y lo depositó con gran pericia en la copa de una acacia.
    Almorzando minutos después en un restaurante de lujo, volvieron a asaltarle las dudas. ¿Y si no era hoy el día? ¿Y si el mundo, a pesar de todo, seguía girando mañana...? Por espantar tanta incógnita que a ratos lo angustiaba, vertió un bol de salsa gaucha en la cabeza del maitre y se marchó de allí saltando a la pata coja entre las mesas, sin pagar, por descontado. El Fin del Mundo estaba estipulado para las seis de la tarde, hora peninsular, cuando una gran bola de fuego (¿un meteorito?) caería del cielo para...
    Eran las cuatro y aprovechó las dos horas que le quedaban para ir al domicilio del que, según era sabido por la opinión pública y por la opinión especializada, había sido culpable de la violación y posterior asesinato de la adolescente María, hacía ahora dos años. Lo halló chateando, quién sabe si con otra próxima María o Rocío o Elena o Marta, en un locutorio público. Curioso, pensó, que se llamen locutorios a donde suelen parar los maníacos y manicomios a donde debieran estar  los locos. No le fué difícil engatusarlo, llevarlo al callejón trasero, rebanarle sus partes con un cutter y dejárselas metidas en el bolsillo trasero del pantalón. Lo mismo hizo con el abogado que lo defendió y con el juez que lo dejó en libertad. Se sentía bien, cada vez más seguro y con menos dudas. Era consciente de que media ciudad, si no media España ya, lo buscaba. Miró al cielo. Eran las cinco y media y negros nubarrones se desperezaban sobre su cabeza, finas hilachas de una lluvia helada comenzaban a calarle el cuerpo. El cielo negro. El cielo vistiendo apolillados harapos de luto. Así estaba escrito.
    Paseó tranquilamente, acavernando el mentón entre las solapas de la camisa, las manos en los bolsillos y los ojos húmedos de felicidad. Si los dioses habían elegido esta tarde para impartir su justicia o su venganza, él sin ser un dios ya había firmado en el libro de visitas.
    Oyó las seis campanadas frente a la fachada del Ayuntamiento. También pudo escuchar, aunque sin sobresaltarse, el estridente trueno que pareció zarandear las fachadas de los edificios. La gente comenzó a correr, alocada, gritando, alzando los brazos y señalando al cielo.
-- ¡Acaso no lo sabíais! ¡Acaso no lo sabíamos, idiotas todos! -gritó, sacudiendo la cabeza en mitad del apoteósico chaparrón y riendo a carcajadas.
    Una lluvia de fuego y un destellante haz de luz cayó del cielo y ni siquiera sintió dolor, aunque las rodillas se le doblaran y fueran a empaparse en el charco de su propia sangre. Sólo sintió que la vida se le escapaba, que la imagen de la gente dando alaridos y la imagen de la acera mojada era lo único que quedaba impregnado en su retina, como la secuencia detenida de pronto por un dedo inquieto que acaba de accionar el pause del reproductor.
     Y su último pensamiento fué para la Profecía hecha hacía más de cinco mil años y que puntualmente ahora se cumplía: el mundo se ha acabado, se dijo afligido, antes de que el helicóptero terminara de coserlo a balazos.
   

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domingo, 10 de junio de 2012

-- Anuncios clasificados.

-- Manual de la Española Gramática lengua yo vendo. Bueno muy es.
-- Consulta Privada de Trastornos Mentales y Psiquiatría profesional. Visítanos. Precios de locura.
-- Cambio suegra (dinastía ptoloméica), por pasaje de ida para Costa Rica.
-- ¿Problemas para llegar a fin de mes? ¿Amenazas de embargo? ¿Multas sin pagar? ¿Hipotecas? ¿Números rojos? ¿Lista de morosos? ¿O quizás te gustaría hacer ese viaje que siempre tuviste en mente...? ¡Pues trabaja ya, tío perro!
-- Se traspasan locales, pisos y fincas. El fantasma.
-- Cambio cortauñas eléctrico por injertos en los dedos del pié izquierdo.
-- Preciso socio o accionista para gigantesca empresa que se me va de las manos, por no poder atender adecuadamente. Preguntar por Dios.
-- Granja ecológica. Vendo bacilo de koch. Muy manso, tres años.
-- Cambio hijo parado de 36 años por tresillo en buen estado.
-- Chica tonta busca hombre estúpido para mantener relación idiota. Abstenerse imbéciles.
-- ¿Obesidad? ¿Varices? ¿Tienes la nariz demasiado grande? ¿Pústulas en la cara? ¿Halitosis? ¿Caries? ¿Dientes amarillos? ¿Gases y flatulencias varias...? ¡Pues no salgas a la calle, chaval, que da asco de verte!
-- Vendo avión Boeing-C-309. Impecable. 215 pasajeros, juego de piloto, copiloto y azafatas. Todo en muy buen estado. Mustafá Abdallah Abu-al'Jishawi.
-- Vendo los 35 tomos, en tapa dura, de las "Memorias de un Amnésico".
-- Lote oferta: traje de novia, madre de novia y novia por 3.000 euros.
-- Te amo... Te amo... Te amo... Te amo a matá entrestó en cuanto te cojamo, Yoni, chivato. Los vengadore de las Tresmí.
-- Se conjugan verbos. Traer verbos.
-- Cambio hijo gemelo por acordeón nuevo o seminuevo.
-- Bendo libró de hortografia abansada. Mu prástico i con eguercisio pa acer.
-- Cambio pata de palo por rueda de vespino.
-- Sensual y atrevida. Ardiente e insaciable. Sedienta, juguetona, cálida y cariñosa. ¿Te gusto? Ven a verme. Soy Josefa. Asilo provincial Nuestra Señora del Carmen. Horario de visitas restringido.
-- Cambio temario de Oposiciones a la Administración Pública, por bocadillo de chope o mortadela.-- ¿Estás sin trabajo? ¿Te sientes mayor? ¿Quieres recuperar el tiempo perdido...? Academia Casio. Aprovecha y hazte ya reparador de relojes.


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sábado, 9 de junio de 2012

-- A mi niña.

    Te pareces, vida mía, tanto a tu madre que algunas veces siento miedo. Miedo -me explico-, porque algo de mí, tarde o temprano, aflorará en ti.
    No quiero que sea la nariz. La nariz, no. La tuya es preciosa. Dios no es tan cruel dos veces seguidas. Alguna otra cosa aflorará. Mi afición a la cerveza, al tabaco, a las mujeres y a los libros, no es que sea negativa, pero me quita tiempo para dedicarme en serio al sexo, a la lectura y a la golfería en general. Por tanto, amor, no heredes mi nariz pero acepta la herencia de hacer siempre lo que te salga de las narices.
    Sé consecuente con cuanto hagas, eso sí. Y apecha siempre con tus decisiones. Dispuesta a vivir: pero presta, cuando menester se tercie, a pedir perdón.
    Vivir es hermoso, y a ratos hasta se es feliz. ¿Quieres más? Búscalo, tienes años para buscar. No te he dado solamente la vida. Te doy el mundo... Cómetelo, vida mía. Cómetelo.

jueves, 7 de junio de 2012

-- Extractos de mi diario íntimo. I.

16 de enero de ...
    ¿Debo dejar de fumar? Con catorce años aprendí a tragarme el humo y ahora, mediados los cuarenta, ya me trago las colillas. No debe ser sano, al menos si no me acuerdo de apagarlas antes. Las fotografías que acompañan las cajetillas de tabaco, no consiguen en mí su propósito amedrantador. Todo lo contrario. Las colecciono y el otro día cambié una laringe quebrada por dos pulmones con forma de bolsa de chapapote. Es indudable que fumar perjudica violentamente la salud, pero tampoco debe de ser muy sano saltar de la cama a las seis de la mañana para cargar un camión de 3500 kilos, a la intemperie, en mitad de un polígono desolado. Debo pensar seriamente en dejar el trabajo, si quiero llegar a los ochenta años.

21 de febrero de...
    Este PC mío va demasiado lento. En vez de Gigas, creo que tiene un Jigo que se lo pisa. Siempre he sido un negado para la informática. La primeva vez que envié un msn, pegué un sello del rey en la esquina superior de la pantalla y me llevé un calambrazo en la lengua. Y una vez mojé en aceite el ratón, para que se deslizara con mayor facilidad, pero en cuanto arrastré el puntero salió despedido por la terraza y aún no lo he recuperado... Hasta que me aconsejaron que me hiciera con una alfombrilla y cogí por la noche la de mi vecino, que ocupa media mesa y pone: "Dios bendiga cada rincón de esta  casa".
    ¡Ah, cómo hecho de menos mis blocks de a cuadritos!

14 de marzo de ...
    Hoy he estado tomando copas y filosofando en la bodega de Pepe. Me dice Pepe mientras me llena la copa, que si los gatos siempre caen de pie y las tostadas siempre caen boca abajo, qué leches pasaría si amarráramos una tostada al lomo de un gato y lo arrojáramos desde una azotea. Me siento confundido y por unos instantes pienso que nunca llegaremos a alcanzar la Verdad Substancial de las Cosas. Su reflexión, asimismo, me ha hecho volver a considerar la relatividad de la existencia y a pensar que, después de todo y a pesar de las tantas hipótesis referidas al asunto, quizás el bigote de Einstein era de esos que se atan por detrás con dos gomillas. Dudas, siempre dudas.

18 de abril...
    Estamos en feria, sí, pero por Dios, ¿las once y media de la mañana ya...? ¿Y qué hago aquí, subido en la noria...? Me duele la cabeza, tengo la boca seca y lo último que recuerdo es de hace unas nueve horas, justo antes de que me tocara una caja con seis botellas de manzanilla en la tómbola de los dardos y los globitos. ¿Y mi familia? También recuerdo a mi mujer, diciéndome adiós de la mano de mi hija, advirtiéndome a gritos: ¡ahí te quedas, chulo, y ni se te ocurra tirar los cascos vacíos desde arriba, que te conozco!
    Hmm... No debí sacarme el bono ese de los veinticinco viajes por el precio de quince. ¿Y quién me ha puesto estos dos claveles en la oreja izquierda? Patético me siento. Una vez más, confundido. ¿Pero quién me baja de aquí? ¡Ehh! ¡Ehh...!

15 de mayo...
    Hoy ha vuelto a entrarme champú en el ojo cuando me lavaba la cabeza. ¿Por qué no somos capaces de evolucionar mínimamente? Ayer mismo, en un servicio público, volví a sorprenderme apuntando con el chorro de mi micción a las motitas de restos sólidos que dejó adheridas en la superficie de la taza el anterior usuario. ¿Por qué? ¿Quién soy y de dónde vengo? ¿Por qué reiteramos los mismos actos, una vez y otra?  ¿Por qué persistimos en olernos el dedo cuando nos arrascamos la planta de un pie? Tristeza y desesperación. Ni Carls Jung, ni Freud ni Eduardo Punset profundizan demasiado en nuestra menguada mente. ¿Por qué miramos el pañuelo en cuanto nos sonamos la nariz? ¿A quién esperamos encontrar dentro...? No, no puedo tener fe en la especie humana. Ya no.

14 de junio...
    Llega el verano. Noto que los efectos del calentamiento global hacen mella en mí cada año con mayor repercusión, sobre todo cuando vuelvo a observar que la vecina del bloque de enfrente empieza ya a tender la ropa con un escueto vestidillo fresco y transparente que apenas si la cubre algo por encima de las rodillas. Si por casualidad nuestras miradas se cruzan, saco hábilmente unas migas de pan del bolsillo y empiezo a llamar a las palomas: pita, pita, pita...
    Cada vez llevo peor las calores. En especial, cuando levanto los brazos al bostezar después de la siesta y olvido que el ventilador del techo anda funcionando.
    Debo recargar el aire acondicionado del coche, además, si no quiero que el perrito de peluche que mueve la cabeza en la bandeja trasera vuelva a escapar de nuevo y a solicitar asilo hasta octubre en la perrera municipal.
   

martes, 5 de junio de 2012

-- ¡Hasta sueños roban...!

   " Hasta soñar te quitaron, amigo".

    Lo dejaron parado y era joven, unos... cuarenta y largos. Pocas veces a las seis de la mañana, habíase fumado un cigarrito en la terraza. Pocas veces había visto amanecer a las seis de la mañana, porque a esa hora siempre andaba afeitándose, vistiéndose, amarrándose los cordones de las botas y saliendo pitando al curro.
     Ahora, sin trabajo, fuma en la terraza y son las seis de la mañana. Sin trabajo.
     Todavía no quiere darse cuenta de lo que se le cae encima. Todavía no. Ni facturas ni hipotecas ni amenazas de embargo. Tiempo habrá. Son las seis de la mañana. Hace años y años que no lleva a su hija al colegio, por ejemplo. Hace años y años que no la recoge a las dos de la tarde, por ejemplo. Hace años y años que no pasea cuando el resto de los mortales trabajan, por ejemplo. Hace años y años que trabaja sin acordarse de que tiene una terraza desde donde se ve amanecer, desde donde se ve a la gente que corre presurosa a su trabajo, dejando tras de sí hogar, familia y humos. Hace años que no sabe lo que es fumar a las seis de la mañana en la terraza y tener el día entero para él.
-- Pues hoy me voy al centro con mi hija...  Ya le haré un justificante para el colegio.
    La niña, como podéis imaginaros, loca de contenta. ¿Porque no tiene que ir a clase? Sí, por supuesto. ¿Porque su padre se la va a llevar al centro, a desayunar y pasear...? Claro que sí. Nunca lo han hecho antes. Nunca.
    Y toman juntos el autobús. Desayunan juntos mirando al río, pasean de la mano clavándole al recuerdo chinchetas con una nota pinchada en el corazón de su ciudad, o en su propio corazón. Una torre, un puente, una muralla, una fuente a donde el padre tira una moneda y piensa en un deseo...
-- ¡Tira una moneda, papá! ¡Tira una moneda y cierra los ojos, papá!
     Un deseo, una moneda, un deseo, una moneda.
    Al día siguiente, vuelven a ser las seis de la mañana. Hoy la niña va al colegio, con su correspondiente justificante: dolor de cabeza, muelas, fiebre, pesadillas... Qué más da.  Y el padre queda en casa, dando vueltas por el pasillo o recostado en el sillón, como un leproso, como un indeseable, como una mota de polvo grande y molesta, que estorba... Son dos llamadas al móvil las que recibe. La primera, que su hija es apta para ser operada de la vista, con grandes probabilidades de éxito. La segunda: que la Empresa Martínez le pide disculpas y desea reintegrarlo al puesto de trabajo que ocupó usted durante veinte años.
    Salta de contento, no puede evitarlo, ¿quién no haría lo mismo? Se quita el chandall, las babuchas, se afeita, se arregla y baja las escaleras saltando los peldaños de dos o de tres en tres, como un crío en pos de una pelota, a la busca de su esposa que debe de estar haciendo la compra, cerca... ¿Qué más podría contaros? Aquella noche no cenaron en casa, lo hicieron en un bar cercano donde la niña se pasó las horas montada en un cacharrito del Pato Donald, mientras sus padres se miraban a los ojos y acercaban sus caras para decirse que, a pesar de todo, Dios aprieta pero no ahoga.
    No merece, a pesar de todo, hacer esta historia más larga de lo que en realidad fué.
    A los dos días, recibió una carta muy explícita donde le informaban de que la operación de su hija no era factible ni podían darse garantías de buenos resultados. También, pero ésto a los tres días, la Empresa Martínez no lo despidió, sino que cerró y proclamó a voz en grito la suspensión de pagos.
    Volvió a la terraza. Volvió a la terraza, a fumar y a ver los coches pasar por la avenida, veloces o fugaces como cerillas apagadas en agua, coches de gente que vuela a su trabajo. Y más tarde, desde la terraza, madres que llevan al colegio a sus hijos legañosos cogiditos de la mano.
   Una hora después, vuelve a casa su esposa con la compra: trae yogures, carne, fruta, tabaco y la prensa del día:
   
              "ROBAN LAS MONEDAS DE LA FUENTE DE LOS DESEOS: persona o personas desconocidas, han hurtado esta pasada noche todas las monedas que la fuente de los Deseos custodiaba en sus profundidades. Se cree que... "

    Hasta soñar te quitaron, amigo. Hasta soñar.



   

   


lunes, 4 de junio de 2012

-- Mi noche del Titanic.

    Se cumplen ahora cien años de la Tragedia del Titanic. Cómo pasa el tiempo, lo veloz que corre el condenado, lo vulnerables que nos hace sentir...
    Recuerdo aquélla noche del 14 de abril como si fuera ayer, como si sólo hubieran pasado setenta y cinco o setenta y seis años. Era una noche gélida y estrellada. Yo me encontraba en la cubierta cinco, apostado en el ojo de buey de mi camarote, pescando arenques con una caña rudimentaria que me había fabricado con una barra de la cortina y unas medias usadas de mi esposa. El capitán irrumpió de pronto en mis aposentos. Era un viejete amable y sonrosado, antiguo compañero mío, que había trabajado pocos meses antes de barquero en el Parque del Retiro de Madrid, pero al que su provechosa experiencia aparcando barcas en el muelle con ayuda de una pértiga le había llevado a gobernar el que creíamos era, sin duda, el transatlántico más seguro del mundo. Irrumpió súbitamente en mi camarote, como digo, y antes incluso de que lograra pronunciar palabra ya me percaté de que estaba sensiblemente nervioso, porque tenía la pipa metida en la boca al revés y le era complicado vocalizar con un mínimo de claridad.
-- ¡Gezú! -balbució-, queo que le hemo dado a aggo con el bacco, le hemo dao a aggo, Gezú. ¡Con el bacco!
-- Bueno, tranquilo -le sonreí, echando otro arenque (ya iban doce) en el neceser de mi esposa-. Deja un papelito con las señas y que se las arregle el seguro.
-- ¡Nooo! -bramó él entonces, dándose cuenta con extrañeza de que tenía la pipa puesta al revés- ¡Le he metido a un iceberg asín de grande, Jesús! ¡Asín!
    ¡Un iceberg...! Ya sabéis lo que es eso, como uno de esos carámbanos de hielo que nos cuelgan en el congelador de casa cuando no descongelamos el frigorífico cada seis meses. "¡He jodido el barco, Jesús! ¡He jodido el barco!" Intenté tranquilizarlo, mientras cerraba la cremallera del neceser y volvía a colocar la barra de la cortina en su sitio: "No será para tanto, amigo. Sube los brazos y respira hondo expulsando el aire por la nariz, a la vez que dices Omm".
    En ese momento, el barco se escoró a babor y la barra de la cortina se desprendió de sus soportes, dándole a mi esposa en la frente, despertándola y sacándola con un bote de la cama. Se oyeron gritos y lamentos lejanos, el pitido de una olla exprés y el pitido de la sirena del buque, que atronó la noche. Salimos al pasillo. La multitud corría alocada de un lado para otro, unos vestidos con sólo el pijama, otros con bolitas de espuma de afeitar en las orejas o las axilas, algunos otros, los que habían acudido a la fiesta de disfraces de la cubierta seis, ataviados con coloridos trajes de arlequines, bailarinas húngaras, gladiadores o momias egipcias. El servicio de mantenimiento se abría paso portando sus cajas azules de herramientas y sus rulos de pintura, los fontaneros avanzaban a empellones, portando sus soldadores con sus bombonas de gas, sus metros plegables prendidos en las orejas, gritando órdenes desesperadas mientras corrían: ¡abrazaderas del 14!, ¡cinta americana!, ¡un bote de masilla!, ¡arandelas del 15!, ¡zapatas cónicas...! Todo era griterío y confusión. En la cubierta exterior, las luces chispeaban, los cables chisporroteaban, y gracias a que era una noche estrellada podíase distinguir con cierta preclariedad el pandemoniun en que andábamos sumidos. Gente que se dejaba llevar por el pánico, esposas que abrazaban a sus maridos, maridos que aprovechaban la confusión para empujar a sus suegras por la borda, niños chapoteando alegres en los charcos que se iban formando por doquier. A lo lejos, en la negra lejanía del mar, se distinguía un barco pesquero que faenaba y a un tipo que nadaba encalomado en un delfín hinchable, pero estaban demasiado lejos, demasiado lejos. Empezaron a arriarse los botes salvavidas, mas de los cincuenta con que contaba el gigantesco transatlántico, la mitad eran solamente dibujos muy realistas hechos para dar empaque a las fachadas del buque; y de la otra mitad, sólo dos traían las intrucciones pero en japonés, en un japonés muy tosco y complicado de traducir.
    La orquesta, bajo los soportales que daban a la sala de espectáculos, tocaba impertérrita unos compases del conocido "¡todos los patitos, se fueron a nadar...!" . El barco seguía escorándose, esta vez a estribor, y los rezagados que todavía tomaban sus copas y sus aperitivos salados en la terraza de proa, se vieron impelidos a arrojarse al mar cuando sus platitos de avellanas y almendras fileteadas salieron despedidos de sus manos, aunque no consiguieron regresar más que con unos grandes trozos de hielo, que aprovecharon para echárselo a los whiskis. Una explosión en la sala de máquinas mandó por los aires a cinco fontaneros, cuatro tapas de water y ocho placas de ducha con sus correspondientes alfombrillas antideslizantes. Mi esposa me apretó el brazo:
-- ¿Moriremos, Jesús? -quiso saber.
-- Quizás, amor, quizás -la animé-. Pero sólo ahogados.
-- ¡Oh! ¿Y nuestros hijos? ¡Nuestros hijos, Jesús...!
-- Aún no tenemos ninguno, cariño. No te preocupes por ellos ahora.
    "¡Las mujeres y los niños, primero! ¡Las mujeres y los niños, primero!", nos recordaba por el micrófono el contrabajo de la orquesta, mientras hacía un solo de cuerda y atacaba ahora los célebres compases del mambo de "se va el caimán, se va el caimán..."
    Los botes salvavidas, finalmente, fueron cayendo al mar... pero muy tontamente, por la parte del iceberg, con lo que la mayoría se hizo añicos contra el hielo. El sobrecargo lanzaba bengalas de auxilio desde la torre de mando, aunque dejó de hacerlo cuando se le prendieron las cejas y la visera de la gorra le salió ardiendo. El barco pesquero que faenaba en la lejanía, nos devolvió el saludo alegremente, lanzando cohetes de navidad y fuegos de artificio de vivos colores, algunos petardos, varias tracas e incluso nos hizo ráfagas con la luz larga.
    Logré asir a mi esposa de un brazo y a una caja de botellines con la otra mano, y saltamos a uno de los botes que permanecía intacto junto al barco. Fué en ese mismo instante cuando el transatlántico más poderoso del mundo se hundió por la proa y se colocó perpendicular en el agua, entre los desaforados gritos de terror del pasaje y los abucheos inmisericordes de la tripulación del barquito pesquero y el tío encalomado en el delfín hinchable.
    Fueron instantes de un dramatismo espectacular, sólo débilmente amenizado por los sones que se iban perdiendo de la siempre admirable orquesta, que en ese momento empezaba a tocar a ritmo sosegado las notas entrañables de "quiero cruzar la bahíaa..."
    No recuerdo otra cosa de aquélla nefasta noche.
    Hoy, cien años después, no consigo enjuagarme la boca, después de almorzar, sin que aquella tragedia me vuelva a la memoria. Entonces, mi esposa me pone una bolsa de agua caliente en la cabeza (sin agua, no soporto el agua) y me lleva a la cama, donde duermo intentando olvidar. Murieron miles de pasajeros. Y de los que lograron sobrevivir, sólo dos lo habían conseguido porque no llegaron a embarcarse, porque el pasaje costaba un huevo y decidieron quedarse en tierra diciendo adios con bonitos pañuelos de colores. Siempre recordaré con admiración la entereza que en todo momento mantuvo mi esposa, que, aunque llorosa y aterrada, sólo perdió los nervios hasta descolgársele la mandíbula dos días más tarde, cuando buscando su barra de labios en el neceser se topó con una docena de arenques podridos.