domingo, 23 de diciembre de 2012

-- Nominados para una Feliz Navidad.

     Desde Sevilla y desde mis noches.
     Desde una plazuela mora.
     Desde mis soledades enlechadas de luna llena.
     Desde los resquicios y las reconditeces de mi alma de poeta:  muerto y sin poemas.
     Desde las charcas de mi inspiración lasciva.  Desde mis sueños y mis borracheras.
     A todos los noctívagos, a todos los indóciles  que asoman el alma o la nariz a estas letras.
     A todos los trovadores del norte o del sur. A quien es sueño y a quien  sueña.
     A quien todavía alza el puño airado y con ira los colmillos muestra.
     A quien todavía cree en el hombre y a quien ni en sí mismo ya piensa.
     A los doloridos, que no a los dolosos. A quien en una esquina perdió la sombra.
     A quien perdió la sonrisa delante de un espejo... y todavía se mira.
     ¡No a cualquiera...!
     A quien perdió la infancia una noche de desamor o miedo.
     A quien luce con orgullo o con descaro el estigma de Caín en la frente.
     ¡A quien hoy, a estas alturas ya, todavía piensa que los niños no mienten!
     Y que Dios gasta nuestros mismos tics nerviosos y que el mundo,
     después de todo o a pesar de ello,
     es cuadrado o plano, mas nunca redondo.
     A todos.
     A todos los que usáis un trozo de papel en blanco para escribir, para limpiaros una lágrima furtiva o un churrete de café.
     A todos: Felicidades.
     Felices navidades, felices desvelos, felices sueños, felices y pletóricas vivencias para el año que en curso viene.
     Que os amen o que os den. Pero sea lo que sea, que viváis con la serenidad suficiente para sentaros y contarlo.
     Y que vivamos para leéroslo.
     Así sea.
     Felicidades a Todos.
     Estamos Nominados.

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lunes, 17 de diciembre de 2012

-- Catering: fin de semana inolvidable.

     ¿Por qué la gente se pone contenta cuando oye hablar de caterings?
     ¿Es, de verdad, tan hermoso un fin de semana?
     Jefe de Cocina y Jefe de Almacén, hemos decidido que había que entrar hoy dos horas antes.
     A las cinco de la mañana en vez de a las siete. ¡Brrr! Niebla, frío, llovizna. Llegamos al polígono y dan ganas de rodar la novena parte del Señor de los Anillos, si no fuera porque tenemos los dedos congelados.
    Cada uno con su cuadrilla. Ya no es, claro está (puñetera crisis), la cuadrilla que cada cual tenía hace dos años. El Jefe de Cocina tiene a cinco elementos y yo a tres.
     Él antes tenía a siete.  Y yo, a cinco de día y a doce de noche... Pero han cambiado las cosas. El Gran Gerente Cabezón gana lo mismo y nosotros trabajamos el doble. Ley de vida. Pura supervivencia.
     Miguel  (Jefe de Cocina) manda a los suyos a sus menesteres. Uno a la sección de frío, dos a caliente, otro a envasados y otro a chacinas. Hay que mantener la cadena. Yo mando a los míos a fregar lo que quedó ayer por fregar, a acular camiones y furgonetas en las puertas de la nave y a ir cargando en cada uno la orden de trabajo que ayer (en casa y mientras cenaba) fuí adelantando.
    Mientras los demás tienen su quehacer, Miguel y yo organizamos la jornada, arriba, en las oficinas, con decenas de folios y cuadrantes delante de las constipadas narices.
-- Sacamos las comidas diarias de las guarderías y de los ancianos -me dice Miguel-. Eso no cambia, eso es como todos los días.
-- No. Para nada.  Intenta hoy sacarlas antes de las nueve -le sugiero.
-- ¿Antes de las nueve...?  Hoy he hecho arroz con guisantes, Jesús. Cuando den las dos, será como comer kikos metidos en plastilina.
-- Es su problema. Que compren microhondas. Lo recalientan. No somos tontos. Tú no eres tonto. ¡Yo no soy tonto!
-- Hmm. ¿Cuántos vehículos tenemos para el reparto?
-- Las tres furgonetas, el camión y mi coche si hace falta -le respondo.
-- ¿Tu coche también? -se me ríe Miguel.
-- Ya ves. Si no pongo mi coche, nos coge el toro. Y quiero a mis chicos a las once aquí en almacén, con el reparto hecho.
-- Y a las once...
-- A las once, Miguel, debemos de empezar a cargar las comidas de Navidad.
-- Hay seis.
-- Un viaje para cada una. A la una menos cuarto, mis chavales están de vuelta y cargamos las restantes.
-- Mucha tela, ¿no, Jesús?
-- Ya he hablado con el Gran Gerente Cabezón.. Ha dado órdenes a los camareros para que ayuden a descargar. Les pagará las horas extra a seis pavos.
-- Tenemos además una boda por la noche, Jesús.
-- Llevaremos el material de almacén a las seis de la tarde y a la vuelta aprovecharemos para ir recogiendo las comidas de Navidad, de modo que te vayamos preparando y llevando al otro salón el material de cocina que necesites después.
-- Pero la comida de la boda no puedo llevarla antes de las siete.
-- Hoy hace frío. 14 grados de faringitis. O Como se llame.  Con este tiempo, tienes que tener el menú de la boda listo para las seis y media. Aguantará.
-- Pero una de las comidas del mediodía es de 500 personas y se lleva los dos carros calientes y los dos congeladores para el marisco y el postre.
-- Ya lo he pensado. Pero esa será la primera que recojamos y simplemente adelantaremos el menú.
-- ¿Adelantar el menú? ¡Estás loco, Jesús!
-- Para nada. Les metemos mucho alcohol con el cóctel y los entrantes y te aseguro que no se dan cuenta de nada. Querían almorzar a las tres y lo harán a las dos sin darse cuenta. He hecho un pedido de Pedro Ximénez que le abre el apetito a un reloj de pared.
-- Qué hijo de...
-- Venga Miguel. Los fines de semana, nosotros somos la Empresa. Por eso estamos aquí. Para pensar y hacer y deshacer. Descuida. Todos salen contentos. Hasta el Gran Jefe Cabezón.
-- ¿Viene hoy el Gran Jefe Cabezón?
-- Se pasará por cada salón, ya sabes. Sonrisas y felicitaciones por todos lados.
--¡ Mientras nosotros corremos!
-- Eso es.
-- Uno de los almuerzos es al aire libre, Jesús.
-- Lo sé. El tiempo no es de fiar. He mandado en la orden de trabajo las dos carpas y las sombrillas. Y un toldo para cocina por si tenéis que trabajar en la calle.
-- ¿Y si en vez de llover sale el sol? -se me ríe Miguel.
-- Te he mandado dos botelleros congelados, para que no se te estropeen tus postres. Los dejé anoche cargados de bolsas de hielo. Como ha hecho frío, los aprovecharemos para la barra libre. Mejor. Serán cubitos de hielo amazacotados y eso llena antes el vaso. Ahorramos en whisky una tela.
-- Estás en todo, loco.
-- Estamos en todo, Miguel. Somos los Jefes.
-- Somos los Jefes si algo sale mal, Jesús.
-- Y si sale bien.... -me río. No puedo evitarlo y acabo la frase-: si sale todo bien, aparecerá el Gran Jefe Cabezón con su gran sonrisa y tal tal tal.
   Miguel no fuma y yo enciendo el sexto cigarro en cuarenta minutos.
-- ¿Vamos? -me dice Miguel.
-- Todo saldrá bien, tranquilo. Siempre salimos bien.
-- ¿Quién recoge la boda?
-- Yo y mis chavales.
-- Te vas a hartar de ganar dinero, cabrón. ¿Vas a echar las treinta horas?
-- No sé cuántas. Pero sé que no acabo hasta mañana cuando salga el sol.
-- Yo también. La barra libre lleva montaditos y después, a eso de las cuatro o las cinco de la mañana, churros con chocolate...
-- Nos vamos a forrar, ¿eh, Miguel?
-- Por los cojones, Jesús. Por los cojones.
     Bajamos las escaleras. Miguel tuerce a la derecha, hacia la cocina. Yo tuerzo a la izquierda, hacia el almacén. Mis muchachos se han dejado ir (normal) y los vehículos andan a medio cargar.
     Con el cigarro en la boca, pego un salto a la caja del camión:
-- ¡Venga, pandilla de mariquitas! Tengo 46 tacos y me fumo tres paquetes de tabaco al día. ¿Os mando a casa y cargo el camión yo solito?
     Surte efecto. En menos que tardo en teclearlo, el camión está atiborrado con el material necesario para dar de comer a mil quinientas personas: mesas, sillas, mantelería, salvaplatos, platos trincheros, platos de postre, platos de pan,  platos de café, bandejas, copas de Cóctel, copas de Gran Vino, copas de Agua, copas de Vino, copas para Sorbetes, copas de Champán, Catavinos, tazas, Vasos de tubo, mesas de trabajo para cocina, mesas de apoyo para camareros, cubiertos, centros de flores, material de cocina, ocho bombonas, ciento diez cajas de refrescos, cuarenta cajas de botellas de agua, seis serpentines de cerveza, seis botellas de ácido, quince barriles de cerveza, dos carros calientes, "roscos" para el fuego de cocina, freidoras, ollas, sartenes, cubos para la basura...
     Todo, todo, todo. Hasta el último detalle.
     Es lo que me gusta de mi trabajo y es a la vez lo más duro.
     Pero me encanta aparecer un sábado por la mañana por seis o siete salones distintos, atiborrarlo todo de material, dar de comer a cientos de personas y volver un domingo a la nave sin dejar detrás ni muestra ni un puto rastro de nuestra presencia.
     Aquí no ha pasado nada.
     El lunes, aparecerá el Gran Jefe Cabezón sonriente, preparando su ruta para ir a cobrar talones. Quizás al Jefe de Cocina (mi buen Miguel) o al Jefe de Almacén, ni siquiera nos de los buenos días... Total. Guarderías, Centros de Ancianos, Seis Comidas de Navidad y una Boda.
    Aquí no ha pasado nada.
    Eso sí. También el lunes, mi buen Miguel (Gran Jefe de Cocina) y yo decidiremos entrar de nuevo a las cinco de la mañana en vez de a las siete... Porque hay mucho que fregar y mucho que ordenar. Es lunes pero no podemos descuidarnos. El fin de semana que viene, se repite la historia.
    Y cuando llego a casa un lunes a las tres de la tarde, apenas si almuerzo (al fin y al cabo, todos los restos de bodas y comidas me los he comido yo y mis muchachos), pero me acuesto y caigo redondo en la cama, como un viejo tronco o como un tronco demasiado viejo ya. Sin tiempo apenas de pellizcar a mi hija o sin tiempo apenas de saludar a mi blog.
     Pero son solamente un par de semanas.
     Aquí no ha pasado nada.
 
(Artículo escrito un domingo, después de 32 horas de trabajo ininterrumpidas. Artículo escrito al tuntún, atendiendo medianamente a la gramática, la sintaxis o a eso que cuando estamos despiertos llamamos ESTILO. Artículo dedicado a toda nuestra clientela, por las pocas -diría que nulas- quejas que nos hacen llegar. Artículo dedicado a mis colegas blogueros, por la escasa atención que puedo prestarles en días tan puntuales como éstos. Artículo dedicado a mi hija, por lo poco que me ve y lo malhumorado que consigue verme cuando no duermo un fin de semana. Artículo -aunque te quiera a ti más que a ellos, hija mía- pero dedicado esencialmente a mis compañeros de trabajo. A los que a las veinte horas de curro se caen de bruces en el suelo, pero no dicen ni pío si me ven a mí cargar. A los que no dejo beber alcohol en las barras libres... aunque les permita un porrillo siempre que no vayan a conducir. A los que conduciendo me ponen la mano en la rodilla y me dicen, con toda la sinceridad del mundo: "Jesús, no conducimos ninguno: paramos diez minutos y dormimos". ¡Jaja! Artículo dedicado a ellos. Porque son más cabezotas y más fuertes que yo, aunque sea yo el que cobre tres o cuatro euros más la hora. Artículo dedicado a ellos porque tengo el motivo más grande de todos: porque jamás me han llamado Jefe y ni siquiera me han llamado Jesús. Porque siempre, con una confianza que no sé quién leches les ha dado, me han llamado "Socio". Y cuando llego, sean las siete o sean las cinco de la mañana, ninguno tira el cigarro y ninguno se pone a silbar mirando al cielo: "ya viene el socio"... Eso dicen los muy... Eso dicen mis socios.
Artículo, pues, dedicado a mis socios. Si con el doble de vuestra edad os acojono cargando el camión, con el doble de vuestra edad tengo fuerzas para llegar a casa el domingo, encontrarme a todo el mundo acostado y dedicaros este artículo de rebote mientras me como un trozo de tortilla y pienso ya en el trabajo de mañana.
Y dedicado a Miguel, Jefe de Cocina. Por el engranaje tan perfecto que conformamos.
Porque este fin de semana se ha acabado.
Y aquí... no ha pasado nada.
Mañana empezamos de nuevo, socios, Miguel, familia).
 

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    --por el momento, esta entrada no tiene enlaces destacados en este blog. Más adelante, y a ratos, iré desgranando con detalles cómo funciona una boda, un bautizo, una comunión, una cena, un almuerzo... Parejas, banqueros, empresarios, funcionarios, colegas, homenajes, ponencias, etc ... pero visto y narrado todo entre bastidores. Mientras tanto, arriba y a mano derecha, pueden buscar un artículo al azar pinchando sobre los dados. Gracias.  

martes, 11 de diciembre de 2012

-- Fidelidad.

     He batido mi propio récord en mi blog...
   
    Y no. No me refiero a las 100.000 visitas que he logrado alcanzar. Eso, tarde o temprano, cualquiera lo hace. Y por desgracia, lo hace cualquiera y con cualquier cosa que haga o se le ocurra: desde escribir con un codo, leer el futuro en medio kiwi, dar remedios a la crisis, prometer ingresos de miles de dólares simplemente haciendo clic con la barbilla...  hasta colgando fotos de su nuevo piso en alquiler o de la zorra de su hermana en bolas.
 
     No me refiero a eso, no. El número de visitas y el número de la gente que habitualmente te sigue porque le gustas, difiere bastante uno del otro. No me refiero a eso.
 
     Mi récord está batido por y para mí mismo, para mi gloria o para mi desmerecimiento: me he pasado más de una semana sin escribir... Y tal es mi récord.
    
     Una semana sin escribir en un blog que además de ser tuyo te ha hecho cogerle cariño, es algo que te hiere el alma. Y ese récord es el que he batido.
 
     Empecé (porque todos, supongo, empezamos igual) escribiendo una media de un artículo cada 36 horas. Cada día y medio. Pero claro. Era novato en blogs (hace siete meses de ello) y era perro viejo escribiendo (hace 32 años que escribo). Las cuentas no cuadraban... Confieso y no me tiro faroles, que no me costaría más esfuerzo que el que gasto en beberme dos botellines escribir un artículo diariamente. Y lo digo con toda la entereza del mundo, sin sonrojarme y sin sacar pecho... porque a estas alturas, no le veo un mérito especial a hacerlo. Escribo con la misma facilidad (que no es igual que destreza) conque fumo, charlo, paseo, bebo, persigo chicas o me arrasco una oreja. Para mí, no tiene nada de especial. Forma parte de mí. Si no respiro, me muero. Si no escribo, me ahogo.
 
     ¿Por qué me llevo siete u ocho días sin aparecer por Mi Blog?
 
     Son siete u ocho días en los que sí he escrito... pero no lo he publicado. ¿Por qué? Si hago un cálculo somero y atino con los secretos de la programación de Blogger, creo que con simplemente dos datos y dos golpes de teclado tendría ahora mismo para programar una entrada diaria hasta diciembre del 2013.
 
     Palabrita del niño Jesús. Basta retocar y cambiar fechas para que todo lo escrito hace veinte años vuelva a ser tema de actualidad. La vida no cambia tanto. Y sobre todo: no cambiamos tanto nosotros.
 
     Pero hay algo que me ha echado atrás. Y no sé bien lo que es. Queda dicho que no es el famoso miedo a la "página en blanco"... y lo dice uno que, efectivamente, sigue escribiendo antes que nada a boli y sobre papel cuadriculado todo cuanto publica aquí. No. No es eso. De hecho, la página en blanco inspira más que nada en el mundo. No. Eso no es.
 
     Os lo confesaré... Me ha echado atrás cierto "tinte de profesionalidad" que han querido endiñarme. Por primera vez en mi vida, me ha dado cierto tufillo amargo escribir. Un par de webs de perdidos ayuntamientos y un par de semanarios virtuales y un par de blogs de más o menos febriles achaques politicoides, me han pedido colaboración. Y algún que otro blog con Administrador pero sin Escritor (Asturias y Valencia en España y otros cuantos en Hispanoamérica), me han solicitado llenar huecos donde sus colaboradores no hacen sino bulto.
 
     ¡Jaja! Ya sé, ya, que debería de sentirme pletórico de entusiasmo. Al fin y al cabo, la mayor parte de quienes escribimos pensamos en el día en que nos paguen por ello, ¿no? Es la Gran Ilusión hecha Realidad. Es el Gran Sueño Eterno...
 
     Pues a mí me ha dejado cojo de una pata. A mí, por primera vez en mi vida, me ha hecho temblar el pulso y agarrar el bolígrafo con tembliques entre los dedos. Y por primera vez en mi vida... me ha dado pánico mi página en blanco.
 
     Mi hoja de mi bloc (que no blog) de a cuadritos... me ha aterrorizado por primera vez.
 
     Premios de Narrativa, los tengo. Finalista de algún que otro certamen, lo he sido. Novelas, creo (juro que lo ignoro) llevo escritas nueve o diez... unas dando vueltas por editoriales, otras dando saltos de concurso en concurso... Pero que es mucho escrito. Es mucho folio emborronado ya. Son muchos los cuadernos y muchos los blocs y muchos los lápices y los bolígrafos gastados hasta dejarlos secos... Muchos folios en la Olivetti, muchas chuletas en el bolsillo, muchas servilletas con dos palabras que eran germen de una historia  que después no era capaz de descifrar, muchos paquetes pesados en Correos, mucho dinero en sellos, muchos días ajeno a todo, con la mirada perdida porque el capítulo cuarto debía de ser el quinto y el protagonista en el capítulo quinto debía de haberse suicidado en el cuarto...
 
     Por eso, por eso.
 
     Por eso no he escrito en tantos días en Mi Blog.
 
     Porque me han tirado cien cepos y no los quiero ya. Ahora no. Yo he tirado cien mil cepos durante muchos años y no me han valido más que para alguna estatuílla puntual, algún dinerillo a deshoras, algún merecimiento que nunca dejaré de agradecer y alguna que otra algarabía familiar. Todo lo agradezco y todo me hizo vivir con la Ilusión de que un día sería Escritor.
 
     Un escritor como mi Enin Blyton, como mi Agatha Christie, como mi Allan Poe, como mi Hermann Hesse, mi Dickens o mi Oscar Wilde. Y conforme más leía y más escribía, un escritor como mi Miguel Delibes, como mi García Márquez, como mi Cervantes. Y sin atreverme con la poesía, un poeta como mi Lorca, como mi Alberti, como mi Miguel Hernández, como mis Machado... O mi Bécquer.
 
     No, no, no,no y no. Ahora escribo porque me da la gana y porque no espero nada. Y precisamente por eso, nació hace solamente siete meses escasos "de mil humores".
 
     Porque mientras no me venga al caletre ningún "Harry Potter", ningún "Crepúsculo", ninguna "Catedral" ni ninguna sombra de "Grey"... cuanto escribo no me dará dinero, pero no me quitará la ilusión, la gana ni el ansia de despertar cada mañana pensando qué escribir.
 
     Y sin miedo a mi hoja en blanco.
 
     (Sea este post un homenaje de agradecimiento, a la par que una promesa de fidelidad, a quienes asiduamente me leen. Porque su visita a este blog o su pertinente comentario, son el ciento por cien de los derechos de autor que me gano cada día...  Y tan alto tanto por ciento no lo ganará en su vida "un profesional"... por mucho que se empeñe en ello).
 
    
 
 
    
 
    

sábado, 8 de diciembre de 2012

-- Algunos hombres duros.

-- Pero delimitemos la cosa. La cosa es que la muchacha no podía confesar que era hija suya. Esa es la cosa, eh. Porque inmediatamente ella, al enterarse, pondría la ferretería a nombre del chico. Lógico. Yo también lo haría. Es la vida misma. Esa es la cosa. Si la ferretería llega un día a ponerse a nombre del muchacho, ¡mucha atención!, ¿para qué pollas entonces tendría que volver Claudia del Valle a pordiosear por el metro, a enharinarse la cara y a hacer de estatua para arramplar con dos euros miserables, al cambio? A ver. Que alguien me lo explique, porque ahí está la cosa.
 
     Quien así se expresa es Juanjo, exaltado, evidentemente satisfecho de haber alcanzado lo que él piensa que es el meollo de la cuestión: la cosa.
 
     Yo no obstante, sacudo el caletre. No me muestro conforme. En mi impaciencia por replicarle, no puedo evitar espolvorear a mi alrededor una nebulosa poco discreta de migas de pan tostado.
 
-- ¡Santo Dios! -clamo al cielo-. Pero entonces, ¿para qué cojones se tomaron la molestia de subarreandarle la ferretería a Valentina Domínguez?  ¿Me lo podría alguien explicar?
 
-- ¡Para que Claudia del Valle pudiera vender de una vez la Chary Davidson, pedazo de cretino, parece mentira! -todo esto lo profieren al unísono Gabriel, que está sentado a mi lado y se bebe una tila porque dice que ha amanecido con taquicardias, y Alfonso, sentado frente a mí.
 
     Gabriel me aclara, con un guiño:
 
-- Como Claudia del Valle hacía de estatua en el metro, con la cara blanqueada y todo eso, ya sabes, sin coscarse un pelo ni pestañear, Carlo Marcelo nunca pudo reconocer en ella a su hijastra, ¿tú entiendes, Jesús?
 
-- Yo no entiendo, claro que no entiendo -me encabrito, masco, dejo el pico de la viena en el plato y me limpio la boca-. En el primer capítulo pudo verse a Carlo Marcelo conduciendo la Chary Davidson por una calle de Caracas, ¿o no?
 
     Abucheos.
 
-- ¡Ese no era Carlo Marcelo, idiota! -se carcajea Alfonso.
 
-- ¡Esa era Juana Ignacia! -se ríe alguien, lejos.
 
-- ¡Y no era en Caracas sino en Honduras, belloto! -suena una voz más lejos aún.
 
     Acabáramoa ya, joder. De ahí viene el follón, sin duda. Entre una protagonista que se blanquea con harina de repostería la cara porque hace de estatua en el metro y otra que usa casco de competición repleto de pegatinas se encuentre o no se encuentre pilotanto la moto, es justo reconocer que cualquier persona más inteligente y observadora que yo pueda andar propensa a extraviar el hilo de la trama. Al menos, a partir del capítulo ciento trece. Y eso sin contar  a la tal Valentina Rodríguez de Mendoza, que ya en el capítulo nueve, si bien recuerdo, metió la cara en un perol donde se freían cortezas de cerdo y anda desde entonces arrastrando la piel de los pómulos por el parquet de su finca ganadera de Perú.
 
-- Entonces, ¿la del casco es Juana Ignacia? -inquiero, aprehendiendo al fin un liviano rayito de luz.
 
-- Juana Ignacia es, sí -me confirma Gabriel, me parece que con lástima, hurgándose en las uñas con una cucharilla y diagnosticándome sibilinamente.
 
     Asiento.
 
-- Y ahora la pobre -arguyo-, tiene que abonarle a doña Eulogia Martín un escaparate nuevo para... ¿no?
 
     Son esta vez carcajadas inmisericordes lo que consigo aupar a mi alrededor. Una silla cae y alguien quiere rajarme media faz con la tapadera de una tarrina de mantequilla. A mi oido viene, proveniente de una mesa cercana, un molesto comentario sobre el tamaño del cerebelo en los palomos de un parque. Pretendo reír, pero ni una sonrisa siquiera puedo esbozar, no me sale, ando turbado, confundido, hay mañanas en que uno se levanta con los reflejos amazacotados.
 
-- ¡Mejor lo dejas, tío! -se carcajea Juanjo, lleno de desprecio-. ¡Déjalo! ¡Olvídalo! Limítate a los documentales. No pases de ahí. Documentales. Monos, chivos, gacelas, peces globo y esporas. Animalitos y naturaleza. Esa es la cosa. ¡Documentales!
 
-- Quien estrelló la moto contra el escaparate de la ferretería fué Valentina... Jesús, hijo, entiéndelo: ¡Valentina Domínguez de Sousa!
 
-- ¡Valentina es menor de edad! -me revuelvo en mi silla-. ¡No puede ni debe conducir motos de gran cilindrada!
 
-- ¡Ya lo creo que sí, tío! ¡Ya lo creo! -se sulfura Juanjo, saltando de la silla con un respingo elástico y arrojando al suelo platos y tazones-. Mira, chaval. En el capítulo treinta y ocho, y seguramente cuando tú te levantaste y fuiste a meneártela a los servicios, la chica se sacó en media hora el B-2, el B-4 y el C-3... ¡y todos a la primera! ¡a la primera todos, con psicotécnicos que tú no pasarías aunque vivieras mil veces! Valentina Domínguez de Sousa y Trujillo... ¡entérate bien, mequetrefe!, puede conducir tractores con remolque si le sale del mismísimo c...
 
-- ¡Venga ya! -ahora soy yo quien salta y ataca-. ¡Venga ya...! ¿Cómo puede...?
 
-- ¡A ver documentales, imbécil! ¡Documentales! ¡Monitos, esporas, peces globo...!
 
     Un corrillo amenazador empieza a rodearme. Tomo un salero de la mesa, dispuesto a defenderme y no dejarme amedrentar... Pero en ese momento se acercan cuatro robustos funcionarios, con las porras en ristre y caras de malas pulgas.
 
-- ¿Hay problemas, chicos? ¿Hay problemas?
 
     Agachamos la cabeza y nos dispersamos. En ese momento, suena la sirena y salimos al patio. Gabriel marcha a su rincón, a hacer pesas. Juanjo y otros, desde un banco al sol, me miran murmurando entre sí y sonriendo. Alfonso da sus paseos junto a la torre sur de vigilancia, como casi siempre, tomando notas mentalmente para una fuga que tarde o temprano llevará a cabo por tercera ya o cuarta vez.
 
     Yo paseo en silencio, manoseando el salero en uno de mis bolsillos. Quizás pueda cambiarlo por algunos cigarros. La vida en la cárcel es un ejercicio diario de pura y dura supervivencia. Algunos hombres duros lo sabemos de sobra.
 
    

martes, 20 de noviembre de 2012

-- Ella siempre.

(Para mi amiga Mila, con sincero afecto y con efecto secundario).

     El sabor, la textura o quizás la mera conciencia de tener su negro pezón en mi boca, puso fin a la magia... aunque más tarde, horas más tarde, supe ser capaz de reconocer que fué el hecho de decidir besárselo -y no el beso en sí- lo que lo confundió todo.
    
     Hasta entonces, que ella fuera tomando la iniciativa me pareció estupendo. Que ella fuera la primera en convertir besos en mordiscos, la primera en hacer rasguños de caricias, la primera en recordar que el sexo en el fondo es la más sutil forma de violencia consentida, todo ello me parecía perfecto.
    
     Que ella tomara la iniciativa tan sin preverlo yo, entendedme,  me daba a mí opción a mitigar los pataleos de mi conciencia. A sentirme víctima de una resolución ajena. Era una manera como otra cualquiera de soslayar mi responsabilidad, de estar ahí pero ignorando que existen purgatorios, en la tierra o en el cielo... de manera que si alguna vez pasaba por momentos de carencia -léase Culpa- siempre me encontraría a la mano la pobre pero cumplidísima excusa de pensar que fue ella, mujer alevosa, mujer insatisfecha, la que me incitó. La que destazó los remusgos de mi voluntad quebradiza. Como dicen los críos: fuíste tú quien empezó.
 
     El sexo y la culpa o la culpa y el sexo. O simplemente, la conciencia. Las dos. La que nos sirve de brújula para saber dónde estamos y la conciencia que nos flagela en cuanto volvemos la cara y nos descuidamos.
 
     Y es que siempre llevamos al alcance nuestra botica personal para salirle al paso a las flaquezas del espíritu. Como asmáticos que acarician en el bolsillo el tubito del spray salvador, por si alguna vez es menester la bocanada que nos resucite, así nos echamos a encarar la vida y patear por la experiencia, con nuestra herboristería personal siempre a cuestas, repleta de triquiñuelas para embaucar el recuerdo, de pretextos traídos por los pelos para acallar remordimientos: efugios, refugios y subterfugios para no encarar nunca la verdad o encararla a medias, para dar rodeos a la conciencia y pasar de puntillas ante la puerta de nuestras flaquezas... tanto igual de humildes que de vergonzosas.
 
    Por eso, digo, por eso todo fue bien mientras ella marcaba el ritmo al desenfreno. Mientras era ella la que besaba y yo tan sólo el argumento de sus besos. Ella era la que arrancaba la ropa y yo no más que el perfil accidental de su deseo. Ella era la que hurgaba en mí y la que llevaba de su mano mis dedos a hurgar en ella...  abría sus piernas y era ella la que empellaba, y era yo el que se desmoronaba y dejaba vencer en mitad de su tempestad, cayendo y deshaciéndome sobre la mesa baja del salón de su casa, con mis manos aferradas a sus glúteos prodigiosos y mi lengua fría y tensa donde la suya se enredaba. Mil figuritas y cuadritos volcándose de la mesa y rompiéndose en el suelo. Mi sexo henchido y presto a batallar y herir entre sus muslos, mis ojos cerrados y mi cabeza desmayada... mientras su marido, desde el sofá cercano, asentía, encogía los hombros y aseguraba con convencimiento que así tenía que ser, que los cuernos son cactos que agarran en superficies áridas, que las culpas son churretes de mierda en las comisuras del alma o pegotes de semen rancio en los repliegues del cerebro...
 
     Todo iba estupendamente bien, repito, hasta que los estertores de un orgasmo ofuscador me llevaron a combosidades ignoradas, a doblegar y retortijar e incorporar el cuerpo y, con los dedos engarfiados en su cintura, a alcanzar en la avidez de una bocada un pezón oscuro y tieso entre los dientes, aguzado y oblongo como una bellota.
  
     Ahí se partió el encanto. Ahí fue cuando su marido se dió a carcajear y aplaudir. Ahí fue cuando tomé razón de mi perfidia a la par que la cara de ella se desfiguraba grotescamente, sus ojos desaparecían y aparecían los míos, su cutis se enrugaba y de él brotaba mi barba, sus labios se combaban en una sonrisa agria y despectiva.
 
     Desperté rociado de sudor. Encendí la lamparilla. Mi cama. Mi techo. Mi casa. Y un sueño.
 
     Qué más da que sea un sueño. ¿Qué? La culpa, como las erecciones, ignora las fronteras que deslindan Razón de Ilusión. La culpa no distingue un sueño de un temor ni un deseo de una realidad: aparece cuando se le antoja, surge sin que se la invoque.
   
     Viene, se sienta a tu vera y te sacude el pelo con una manaza, así es la culpa: qué hay de nuevo, qué has hecho ahora, que vienes a contarme, golfo, más que golfo...
 
     Y no le vale que le digas que fue un sueño. Porque es Ella quien te lleva.
 
     Y quizás le interese:
-- Erección temprana: vida y muerte.
-- La muñeca más turbadora.
-- Devolución de guante a F.S.

jueves, 15 de noviembre de 2012

-- ¡Bang! ¡Bang! Microrrelato.

N44BJ3P6CHF2
Sabía yo que en las tómbolas las armas están trucadas. Pasa en todas las ferias.
Mi mujer y mis hijas me miraban. Conque en vez de apuntar al centro de la frente, apunté a la oreja izquierda.
Entre el retroceso y mi mal pulso, el proyectil debiera clavarse en el centro de su cabeza.
-- ¡Bang!
¡Lo había conseguido! Justo en el centro de la frente. ¡Se derrumbó hacia atrás!
Mi mujer me besó. Mis hijas me besaron. La gente aplaudía...
No me dieron regalo ninguno.
Pero ese feriante de pacotilla, nunca más volvería a engañarnos con sus peluches polvorientos ni sus llaveritos como premios.

Relato (o lo que haya salido) para la propuesta de Tomae (http://tarracoferma.blogspot.com) y de Marina (http://marinahm.blogspot.com), a quienes no tengo el gusto de haber conocido todavía... pero cuya propuesta me ha venido al pelo para no cansarme hoy  escribiendo demasiado.

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sábado, 10 de noviembre de 2012

-- España: cuernos y Arena.


 
 Mira, Tano, no te muevas ni te salgas de las Casitas Bajas, que por aquí por el centro está la cosa la mar de chunga. Ayer se tiró de la terraza una señora, porque la quitaban el piso. Te lo juro, Tano. Que dijo ella que miso  yo: aquí tenéis el piso, pero que lo que es a mí no me sacáis los colores delante mis vecinos... (y le han sacado los higadillos delante el mundo, a la pobre). Y achanta la muí que lagarto tenemos, y no hay que vaciarse ni nanai ni de acais.

También han matao, Tano, a cinco chiquillas como la tuya la mayor, la misma edad, en un garito a lo bestia que se llama ARENA, vamos, que te cruzas los dedos y te los besas en la frente porque arena nadie quiere encima. Pues no pasa nada, Tano. Ni a presignarte te dan tiempo, cojones. Arena le han echado encima a las niñas y verás lo que tardan en echarle arena al ARENA.



Te quitan los pisos, Tano, como quien te quita una barra pan que te merques del Polvillo. Por eso no te vengas para el centro, Tano, que a ustedes vosotros no os echan cojones porque saben que no estáis hechos para monsergas ni leyes de señoritos. Ya me imagino que te veo yo a ti con cuatro municipales delante la puerta y un tío con chaqueta y dos papeles en la mano, diciéndote que te vayas... Joder, Tano, sabré yo que te rejunas los brazos y te los llevas por delante tú a tortas o a pinchazos...  Pero ma meterse con papeles en tu chabola hace falta mucha arena, mucha arena encima tuya. Y olé tus cojones.

Tú no vives, Tano, como nosotros. Tú nunca has tenido más reglas ni más norma que las que has heredado. La ratí es la ratí. Y tú sabes que te conozco bien. De hecho, bajo tu techo he mamao al rendiqué que llevo adentro. 

Y sabes que siempre creí en vosotros y en mí y en los mengues... al menos, mientras no andáramos en la cosa social o la leche burocrática. Pero que creo, coño, en la dignidad de la raza. La raza cuello adentro. La que traga lo que haya que tragar, pero al final escupe asín.

Pues mira, Tano: aquí se traga pero nadie escupe. Achicados y achantados vamos, en procesión, que somos nazarenos de chicoteo.

Pues mira, Tano, cada vez me están convenciendo más -aquí en la capital- de que en el fondo lleváis razón. De que no hay cojones de cortaros la luz, el agua ni quitaros el techo. De que mientras menos papeles lleves encima, menos cuenta te echan. De que me paran a mí con mi seguro, mi cinturón y mi ITV pasada al día y todavía me multan por jeta tonto. Pero que a tí, Tano, que conduces hasta con una pierna fuera  la ventanilla, no hay Cristo que te pare ni te multe. Ni juez que te empapele ni fiscal que te haga números para meterte en chirona.

O sea, que mucha raza pero que sois como los banqueros y como los yernos el rey: que no hay leye ni cojone para ustedes vosotros.

Aquí pagamos el pato los que estamos en medio. Aquí en el centro, pagamos nada más que los centraos. A tu chabola no le mete mano ni la madre que te parió. Y al palacete del otro en Marbella o en Ibiza, menos que menos. Aquí, Tano, pagamos los que estamos en medio. O sease: los tontos que nos ponemos casco, los que renovamos el seguro, los que hacemos la declaración o los que reciclamos vidrios.

Mira, Tano. Al centro, ni te asomes porque te fusilan.

O te quedas en las Casitas Bajas, o te afanas un castillete cerca de Moncloa. O en la costa de Marbella o la de Ibiza.

Pero ni se te ocurra venirte al centro, macho.

Que las leyes, a fin de cuentas, están hecha para todos o mejor decir que andan hechas a medias.

O sea: ni parriba ni pabajo.

Pal centro, Tano. Para los tontos que estamos en el centro de la diana. Que se ve que lo que sobran son dardos.... Y faltan carpinteros para hacer ataúdes.





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martes, 30 de octubre de 2012

-- Trastienda de "de mil humores".

    Apenas si tengo tiempo para escribir estas líneas, antes de que Él aparezca de nuevo y quizás me lleve. Y si me lleva, es para no volver. Pocos vuelven.
    Pocos somos quienes nos movemos o nos atrevemos a venir acá, a la trastienda de "de mil humores".
    Está obscura y huele mal: a rancio, a podrido, a vidas que palpitan sin haber nacido aún. Espectros o sueños o fantasmas.
    La trastienda de Él.
    Él, sí, Él: Jesús Tadeo Sila, se hace llamar.
    Maldita su estampa y maldita su arrogancia. Maldita su prepotencia de Creador...
    Porque su retahíla es siempre la misma y no se cansa ni se inhibe un cuarto de soltárnosla a la cara.
   
    La punta de mi pluma es la prolongación de mis sueños, dice el muy engreído. Y en mis sueños, porque YO así lo quiero, estáis vosotros.
    La punta de mi pluma es la punta de mi dedo. La punta de mi pluma es la punta de mi lengua, es la punta de mi nariz, es la punta de mi sexo o es la punta de mis deseos.
    Y en mis deseos, YO soy el dueño de vosotros. En cada instante que se me tercie.
    La punta de mi pluma, sabedlo, soy YO: Jesús Tadeo Sila.
    Y os llevo a todos ensartados a mi pluma, a mí: porque YO así lo quiero.
 
    Así nos habla, ¡así!, empezad de una vez a conocedlo, ¡vosotros que tanto le leéis y tanto decís admirarle! Así es como nos habla entre bastidores, que se vé que las verdades más crueles gastan a veces hechuras de soneto. Así es como este Jesús Tadeo Sila nos trata, enteraos de una vez.
    Y por si las palabras no hirieran lo suficiente, las refuerza con el gesto: asestando contundencias allá donde piensa que el verbo le flaquea, sin dejar un sólo instante de señalarnos y marcarnos con esa su susodicha pluma sostenida como un dardo entre sus dedos regordos...
    Que no es que nos asombre a estas alturas, ¡Señor!, pero sí que afortala en nosotros una desagradable sensación sombría de desasosiego. La noción ingrata, que no gusta a nadie que se la recuerde, de la vulnerabilidad...  Mucho pánico, si he de ser sincero.
    Por que a ver. Poneos en el lugar. Y mirad que un tipo con gafas, con pelambre valleinclana, con desaliños espirituales y dedos regordos que sostienen una pluma en ristre, os apunte a la cara y os diga lo que acabáis de oír: lo de la punta de sus sueños y la punta de sus deseos y la punta de su lengua y la punta misma de su mismísima p...
    Aquí, entre sus páginas en blanco, le conocemos todos demasiado bien. Fuera afectaciones de última hora. Le conocemos de sobra, a este Jesús Tadeo Sila de tan ligera pluma y tan vacuos sentimientos, que lo mismo de buenas nos ensalza que de malas nos hace morir despacio, mientras nos observa sin mover un músculo de la cara, fumando como quien ve pasar un tren.
    No invento nada. Mirad a Juanca, lo que le hizo en su última entrada. Mirad cómo se refocilaba con la nancy de su hermana, hace unos meses. Mirad cómo le endiñó toda una maldición maya a aquél viejo compañero, que no lo merecía. Leedle y contad cuántas vidas crea para dejarlas después a sus espaldas. Olvidadas. Abandonadas. Deshilachadas.
    Se regocija y se relame en crearnos y destruírnos después a su capricho...
    Como si fuera Dios. Un Dios de pacotilla que cree que solamente con un bolígrafo y una hoja en blanco puede ir a sus antojos con y por la vida de cualquiera.
    Me queda poco tiempo.
    De un momento a otro llegará, éste mi Creador, éste mi Dueño, éste mi Dios.
    Y no puedo saber lo que hará... lo que será de mí. Apenas si he podido culebrear entre su libreta de borradores: hay niños, hay asesinos, hay banqueros, hay ancianas, hay animales, hay políticos, hay señoritas, hay gente de campo, hay carceleros, hay madres, hay amigos, hay bohemios,  hay enamorados...
    Tiene el cabrón, este Jesús Tadeo Sila, cien borradores y no sé en cuál de ellos me encajará a mí. No sé quién seré mañana ni cómo acabaré.
    Sólo sé que es el dueño de mi vida. Y que me ha creado para ser el protagonista de una veintena de renglones.
    Después, se olvidará de mí. Existiré para sus dos horas o tres de solaz, mientras se relame escribiendo.
    Ya se acerca, ya se acerca. Le oigo venir: poner el cenicero a la derecha, el tabaco a la vera, la copa a la izquierda, el folio en medio... pasarse la mano por la frente, despeinarse a conciencia, morderse un labio, echar un vistazo a su cuadernillo de borradores.
    Y tomar, como quien agarra una lanza, su pluma...
    No me mires aún, Jesús, no me mires todavía. Me darás vida dos días, para convertirme después en muñeco de cera de tu blog.
    No me mires aún.
    Que no me toque ya a mí... cabrón.
   
   
 
   

   

martes, 23 de octubre de 2012

-- ¡Ordenador nuevo!

     Total, que nos largamos para el Alcampo, que nos coge cerca y que los tiene de oferta.
     Y, además, que es de los pocos sitios donde todavía sacar nuestra tarjeta del bolso no hace a las cajeras tirarse al suelo debajo de la silla con las manos en la cabeza y gritando desquiciadas, como si fuéramos a cogerlas de rehén.
     En los folletos publicitarios, lo ponía claro: Ordenador a 399 euros.
-- ¡Éste es el nuestro! -le solté a mi santa esposa.
     Y con todos sus detalles, eh: su Ram, su disco duro (supongo que esto es como los turrones y habrá quien los prefiera blandos), su pantallita y hasta sus bisagras para abrir el teclado. Una monada por ni siquiera 400 euros. La bicoca del siglo, señor.
-- ¿Cogemos un carro? -le pregunté a la santa, yendo por las escaleras automáticas.
-- ¿Tú crees? -me respondió ella, parpadeando indecisa.
-- Mujer -le dije, desplegando el folleto de nuevo y calándome las gafas en la punta de la nariz-: son 500 Gigas. Y un disco duro, o sea ponle dos kilos más. Que eso debe pesar, digo yo. Y la pantalla y lo mismo hasta un ratón. ¡Y ocho Ram, cielo!
-- ¡Ocho!
-- Ocho, ocho... Aquí lo pone.  ¡Coge dos carros, anda!
    ¡Después te dan dos bolsas y no cabe nada, lo sabrá ella!
    ¡Era precioso!
    Entrando, a mano izquierda, allá que estaba. Abierto. Con un gran cartelón que decía: "OFERTA, 399 €". Y con su pantalla llena de pulgadas y su teclado llenito de teclas.
-- Este es... -murmuré.
-- Este es... -murmuró ella.
    Y nos miramos y nos cogimos de la mano, pensando interiormente que la vida todavía nos guarda sorpresas que nunca podremos ser capaces de  imaginar, por mucho que el amor...
-- Es bonito -pude decir, mirando hacia otro lado, conteniéndome los mocos.
-- Llama a un empleado, Jesús... -me dijo mi santa esposa, limpiándose una lagrimilla de los ojos, porque ella se emociona pronto.
   El mozalbete acudió raudo, al cabo de la hora y media y cuando regresábamos con dos bolsas de la pescadería y un pack de quince rollos de papel higiénico.
-- ¿Puedo atenderles?
-- Nos llevamos éste -le dije, adelantando los dos carros adelante, con entereza y solemnidad.
-- Buena elección, señor -me respondió el zangón-. Se nota que entienden. Un gran procesador, un prodigio tecnológico al alcance de cualquiera, con unas prestaciones incalculables que hace tan sólo seis meses eran pura quimera  y que hoy se materializan en este portento de diseñería informática que usted y su señora y sus hijos podrán disfrutar plenamente en...
-- La marca no es muy conocida, ¿no? -inquirió mi santa esposa, dejando de dar hipidos y acercando los ojos a la carcasa del aparato, donde una pegatina plateada dejaba artisbar unas letras en cursiva.
    El empleado miró a un lado y a otro, con suspicacia, y posó una mano abierta en el brazo de mi esposa, en un expresivo gesto de sinceridad que nunca le agradeceré demasiado.
-- ¡Ya veo que la señora también entiende! -sonrió, mostrando una dentadura como si lo anduvieran electrocutando por el pinganillo de la oreja. Y añadió, bajando la voz-: miren ustedes. Les confesaré que la marca "Larbum" lleva muchos años trabajando con nosotros, como fabricantes en franquicia de galletas rellenas y comidas para hamster. Nunca nos ha dado problema ninguno. Ni una sola reclamación. Ahora, de dos días acá, han abierto su mercado al tema de los ordenadores, así que no puedo en verdad garantizar que...
-- ¿Ningún hamster muerto? -indagué-. ¿Ningún niño intoxicado con las galleti...?
-- Todo correcto -afirmó el chaval-. Ni un problema al día de hoy. Y mire usted que las galletas rellenas, sobre todo en verano, suelen traer consecuencias negativas en el desarrollo psicomotor de los niños. Pero es una marca, "Larbum", de completa confianza que a día de hoy... ¿qué quieren que les diga? Un primo mío tiene un hamster y... Perdón, un primo mío tiene un "Larbum" y...
    El chico agarró también mi brazo, acercando sutilmente sus labios a nuestras despiertas orejas:
-- Eso sí. Si de galletas se han pasado a ordenadores... No puedo decirles más. Llevo aquí dos semanas trabajando y no debo comentar nada de lo que veo ni de lo que escucho. Aquí, en Alcampo, hay gente que desaparece de repente... Ocurren cosas... Si son tan amables, miren acá, a mi derecha.
    Nos desplazamos unos escasos metros, a su derecha.
    "OFERTÓN: 799 €"
-- ¡Esto ya sí que son palabras mayores! -exclamó el muchacho, girando sobre sí mismo como una bailarina.
    La verdad es que me quedé anonadado. El PC, en cuestión, no es que variara mucho del anterior... pero se notaba la calidad...
    Uno, aunque sea poco ducho en estos temas, presiente la Calidad cuando la hay.
-- ¡Esto sí que es un prodigio! -clamó el empleado, quitándole un pañolillo de papel a mi santa esposa para limpiarse dos hilillos de baba que le corrían labio abajo- ¡Esto sí que sí! Miren la marca, solamente miren la marca.
    Miramos la marca. Contuve el llanto y mi santa esposa rompió a llorar de nuevo.
-- Se lo saco de la caja y se lo muestro -se ofreció el chaval, derroche (debo decirlo) de simpatía y conocimiento informático donde los haya.
    Rompió dos plastiquitos con facilidad (yo me hubiera llevado una tarde), deslizó dos pestañas laterales hacia un lado y abrió la caja de cartón cual mago que abre un sarcófago para mostrar que donde antes no había nada, ahora aparecen sus cuatro ayudantes encajonados comiéndose una lata de mejillones en aceite.
    Y apareció, ¡ay!, un PC...
     Un PC...
-- ¿Qué? -inquirió el chico, moviendo las cejas arriba y abajo, como Carlos Marx.
-- ¡Oh! -suspiró mi mujer, aferrándose a mi brazo.
-- ¡Sí...! -jadeé yo, doblando la lengua y mordiéndomela.
    El muchacho se dió a recitarnos las características innovadoras del aparato, con gran despliegue de elocuencia y asombrosa erudicción,  solamente interrumpido de vez en cuando por preguntas técnicas que tanto yo como mi santa esposa, siempre almas inquietas,  le hacíamos:
-- ¿La cajita debo de guardarla por si hay que descambiarlo? -inquiría mi santa.
-- ¿Tiene bolsillitos la funda? -indagaba yo.
   Y él nos hablaba de procesadores, de discos, de memorias:
-- ... con RAM de 8 Gigas que...
-- En casa bebemos mucha leche, ¿verdad, Jesús?
-- Ya ves. Ocho gigas de Ram nada menos, amor, dice el muchacho. Suficiente.
    En fin, a qué seguir.
    Ya hay ordenador en casa.
    Ahora a ponernos al día. A seguir escribiendo y sobre todo, sobre todo... a tomarme un día de paz y sosiego, leyendo con tranquilidad todo lo que durante estos días no os he podido leer. Que es mucho y siempre es gratificante.
    Que os he echado de menos.
    Conque, vamos al lío...
-- ¡Jesús! ¡Que el cable del ratón no viene en la caja...!
-- ¿Has mirado en las bolsas?
-- ¡Síii...!
    Yo sabía que algún pero había de haber.
    Mucho inalámbrico, mucho inalámbrico... y al final no trae ni cable.
    Ni ese niñato sabe nada de ordenadores ni... ¡es que meten a trabajar a cualquiera, joder!
   

   
    

jueves, 18 de octubre de 2012

-- Sin PC

     Conque aquí que me las veo, sin ordenador y pretendiendo escribir una entrada medianamente decente que apacigüe el fervor conque mis cientos de admiradores me siguen cada día (admiradoras casi todas, hay que confesarlo).
     Yo no sé  vosotros, pero yo para escribir tengo ciertos hábitos adquiridos hace la tela de años. Y si no fumo, no bebo y no puedo tirarme de los calzoncillos hacia abajo como hace el Nadal con toda la parsimonia del mundo (e incluso con elegancia), me es imposible escribir nada.
     Si fumo, viene el chino del locutorio y me habla a razón de 500 palabras por segundo, de las que sólo consigo entender: "mafia", "cemento", "piés" y "fondo del lío Guadalquivíl".
     Si bebo, vuelve el chino y me dice que con alcohol la conexión vale "tri euro la hola".
     Y si me pellizco como el Nadal, aparece de nuevas el chino y me grita que ha visto cómo "tú escondel latón de oldenadol pala tu casa, so chakatiki, que eles un chakatiki".
     Conque me salgo del locutorio y me vengo a casa.
     Con un poco de empeño y siendo un manitas como yo lo soy, llego a conectar el router de Orange con el microhondas... Hay conexión, sí, de hecho se encienden todas las lucecitas. Pero sale una pechá de humo, no tengo teclado y encima el trozo de pizza me sale demasiado hecho.
     Y de repente... ¡oh, voilá! ¡La salvación!
     En el dormitorio de la niña, entre un Epi de metro y medio y una Hello Kitty que debe de cumplir su séptimo mes de embarazo ahora en noviembre, hallo su pequeño PC portátil del colegio...
     PC propiedad de la Junta de Andalucía, claro está. Con su banderita blanquiverde y el logotipo característico... marca ERE.
     Pero es un PC y se encuentra en casa. Y puedo fumar, beber, pellizcarme los...
     Las prestaciones son básicas y, aunque no sea un experto en ordenadores, lo noto en dos segundos. Los dos segundos que tarda un letrero en aparecer en la pantalla avisando una cosa así como:
"LA JUNTA DE ANDALUCÍA LE DESEA BUENAS TARDES, PERO LA PÁGINA QUE BUSCA SOBRE SEXO EN LA UNIVERSIDAD NO SE ENCUENTRA DISPONIBLE EN..."
     Tampoco iba yo buscando eso, ni mucho menos, pero siempre un padre responsable debe de estar al tanto de estas cosas y hay que ir probando....
     Chat sí que tiene, eso sí. Y ya me prestaba como loco a localizar a mi amiga (compañera) Marga, de por ahí de por el este, cuando observo con incredulidad que el PC no recibe imágenes. Y para colmo (hecho un bárbaro como andaba hoy) tampoco admite que las envíe, porque justamente donde está el agujerito de la web-cam hay una pegatina de la Duquesa de Alba, con el logotipo de la Junta de Andalucía.
    Total, que el PC que prestan gratuitamente a nuestros hijos en sus colegios no tiene en verdad una utilidad demasiado práctica... a no ser, claro, que pretendan las criaturas estudiar seriamente con él.
    El blog sí que me permite abrirlo, e incluso escribir un nuevo artículo siempre y cuando no hable de política, de sexo, del PSOE o de Cayetano y el caballo que lo parió.
    Conque lo dejo por imposible y me vuelvo al chino.
    Que me vende bolitas de navidad, valeeeee.... Pero que me deja escribir lo que quiera.
    Y por cierto, que se me agota el tiempo... ¿de qué quería escribir yo hoy?
   
   

    

martes, 16 de octubre de 2012

-- Mi PC es un H de P

Total, que me he quedado sin ordenador.
De nuevo escribo en el locutorio del chino que tengo cerca de casa (tan cerca, que hay noches que despierto angustiado y  me asomo receloso debajo de la cama) y sin poder beber, fumar ni copiarme de los ordenadores que tengo a mi vera.
Escribir en un sitio así es de locos. Y por eso, evidentemente, se llama locutorio.
Confieso que a veces enciendo un cigarrillo con disimulo, sin que el nieto de Bruce Lee me vea. Doy dos caladas y hasta tres en un segundo (¡y no me ahogo!), pero a la que hace cuatro me tiran un extintor a la cabeza y seguidamente aparece el chino sonriente, recrimininándome que aquí no se fuma y aprovechando la ocasión para venderme seis bolitas de Navidad y un bote de gel de baño que no despega las cenefas del techo por mucho que lo agites.
Conque no me las ponen, como entenderéis, igual que a don Fernando.
¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!, os oigo gritar...
¿Qué le pasa al ordenador de Tadeo Sila?, os escucho lamentar...
¡No se fuma! ¡No se fuma!, noto al chino suspirando en mi nuca.
Lo siento. Hoy, a las 6.37 de la mañana... mi PC ha muerto.
Y escribo estas líneas desde un PC de alquiler de un chino que no me deja fumar ni beber para escamotear mi amargura. Porque es que los chinos no tienen sentimientos y sólo me compadecen si les compro bolitas de navidad.
-- ¿Adolno navidá?
-- Dame seis bolitas, Mao. Y te vas.
Y a trancas y barrancas si escribo.
Mi PC ya andaba rarillo desde hace unos meses. Al principio, como suele pasar, no le prestas demasiada atención. Cosas de la edad, te dices, pensando que ya tiene sus añitos, y que a fin de cuentas lo compraste cuando en vez del simbolito de window salía el de la carta de ajuste.
Con el paso del tiempo, ya me escamaba un poco que saltaran los fusibles del salón cuando le daba al ENTER sin enviar antes un email al satélite L-H-89 de la NASA... pero nunca le echas cuenta a estas minucias. Total. ¿Va a andar un satélite cambiando de órbita porque anda preocupándose de tu blog?
Notaba, eso sí, que a la hora de encenderlo debía de hacerlo golpeando sobre el botón de ON con la rodilla izquierda en vez de con el dedo índice de la mano derecha... pero bueno, ¡cuántos electrodomésticos hay que funcionan así!
Y un PC, es un electrodoméstico, no lo olvidemos.
Cuando mi santa esposa empezó a barrer las teclitas de la "B", la "h", la "o" y el "8" de debajo del sofá, entendí en cierta medida que quizás estaba dejándome desquiciar de los nervios y que pantentar mi método original de encender un PC a base de darle patadas por el pasillo y la salita de casa no era en verdad lo más adecuado...
Así que me planté esta mañana ante el técnico.
-- No tiene arreglo -me dijo, sin sacarlo de la funda siquiera.
-- No vengo para mí. Vengo para el ordenador.
-- Perdón -respondió.
Y lo sacó de la funda.
-- ¡Uy! ¡Uy!
-- No me lo diga, no me lo diga. ¿Puedo salir fuera a fumarme un cigarro...?
-- Salga, señor... Salga.
Estuve dando vueltas por los alrededores... angustiado, nervioso, fumando sin parar... A veces, me asomaba por la cristalera. Mi PC estaba tumbado... No sé cómo explicarlo. Tumbado. Ahora sí. Estaba tumbado. Un tipo le metía los dedos por debajo de la tapadera de abajo y una chica miraba un monitor mientras hacía pompas con un chicle...
De fresa.
Era demasiado para mí.
Conque me fuí al bar de al lado, jugué nueve partidas de dominó (sin ganas) y volví al cabo de escasas cinco horas.
-- ¿Mi PC?
-- Nombre, por favor.
-- Mi PC.
  Buscó en los ficheros y me dijo...
-- La Placa Base le falló... La memoria RAM le abandonó...
-- ¡MI familia tiene vacas en Asturias! -grité.
-- Se ha hecho todo lo que se ha podido, Jesús...
¡Noooooooo!
¡Nooooooooooo!
Y por eso hoy escribo desde el locutorio del chino.
-- ¿Bolita navidal, señol?
-- Dame treinta...
Y veo el cadáver de mi PC pasar delante de mis ojos...
Pero antes de que se lo lleve el camión de la basura, le saco del teclado la "m", la "x" y la "f".
¡A patadas!
Con lo que lo quise, ¡si será...!
Y por eso y si por unos días no me leéis nada nuevo, sabed que es que no tengo ordenador.
¡Pero tengo bolitas de Navidad...!
¡A euro! ¡A euro!





jueves, 11 de octubre de 2012

-- Libros con polvo.



   Desde los diecisiete años, tenía la costumbre de meter las gafas y la cartera y el reloj en un zapato, cuando tocaba acostarme con putas.

   Es que decían que te robaban...

   Alexandra, Alexandra.
   Para una personita que a tal edad leía a Wilde, a Dumas, a Nietzsche y a Hesse; y para colmo era un admirador de la pintura Impresionista (oh, lalá), ir de putas era más una necesidad cultural que sexual.
   Aprendí pronto -¡qué le vamos a jacé!- a conocer ese mundillo.
   Ya digo, o reitero, que no era tanto un deseo insatisfecho como una especie de mundo leído pero inexplorado... E igual que leía a Conan Doyle ó a Agatha Christie (y deseaba que alguien matara a alguien en mi casa para ir yo a buscar pistas), de igual forma quise aprender lo que era acostarse con una mujer sin tener necesariamente que amarla.
   La literatura temprana, a veces... No es buena ni es mala. Pero siempre deja inquietudes difíciles de soslayar.
 
   Con el paso del tiempo, con el paso de los años, las putas siguieron rondando mi existencia. No era pagar y tener sexo veinte minutos... O pagar algo más y tener sexo una hora... O pagar más (podía permitírmelo) y dormir con dos putas una noche entera y darme el gusto de llevármelas después, por la mañana, a desayunar churros a la plaza de la calle Feria... Era mucho más que eso.
   "Mis putas tristes", se titula una novela de Gaby.
   Y le entiendo la gracia a don Gabriel García Márquez, porque en el título se intuye que el único triste era él.
   He conocido tantas putas que ni siquiera me tomo la molestia de buscar sinónimos. Eran putas. Igual que los negros son negros e igual que los moros son moros y los gitanos somos gitanos. Porque cuando vives o duermes con ellos, que no venga un tipo de la Real Academia de la Lengua a decirme que a pepe hay que llamarle Don José.
-- Te pareces a Woody Allen -me dijo ella, desnudándose.
-- No te desnudes- le dije yo.
-- ¿Te gusta desnudar a una chica?
-- Lo que sé hacer yo, lo hago yo. Lo que tú sepas hacer, hazlo.
-- Has pagado más de veinte minutos -susurró ella, dejándose caer vestida en la cama.
-- Los calcetines, ¿no? -inquirí yo, con una sonrisita y tendiéndome a su lado.
-- Los calcetines, sí -me sonrió ella, cogiéndome la mano.
   Los que pagan veinte minutos, siempre lo hacen con los calcetines puestos. Se entiende.
-- Pues sin las gafas y con esa nariz, te das aire a Peter Sellers.
   Encendí un cigarro, lo coloqué en el cenicero, la despojé de toda la ropa menos de las bragas y del sujetador... Y tomé de nuevo el cigarro y la miré:
-- Ni gafas ni calcetines --la susurré-. ¿Ahora a quién te parezco?
-- A Sisí -se echó a reír- A mi idolatrado hijo Sisí, de Miguel Delibes. Ya sabes. Un niño mimado al que todo se lo traen hecho...
   La verdad es que me dieron ganas de reír. Dí una calada al cigarro y la besé en la nariz, que tenía ella fría y sonrosada.

   Ella se apoyó sobre un codo, además.
-- Ahora eres una especie de Dorian Gray... Lo que he dicho te ha dolido, pero no sabes dónde ni porqué. Y por eso, vas a morderme los labios a la par que me quitas el sujetador... ¿a que sí?
  
   Hice tal como ella vaticinó. Pero quiero que lo entendáis. Lo hice porque ya tenía pensado hacerlo...
   Nuestras lenguas se quisieron enredar  un poco  (con putas, nunca)  y mi mano abierta, desde sus pechos, fue bajando hacia su ombligo. Creo que los dos suspiramos, pero igualmente aseguro que no podría jurarlo.
-- Pondrás tus dedos encima de mi sexo... pero aún no me bajarás las bragas... Todavía no...
-- ¿No?
--No... Ahora eres Nabokov, Nabokov con su Lolita , Nabokov luchando consigo mismo, Nabokov sopesando hasta dónde puede o hasta dónde quiere o hasta dónde debe de llegar... No, no... Todavía no...
   Busqué el cigarrillo, pero estaba consumido. Quise encender otro, pero el paquete y el mechero y las gafas y la cartera estaban metidos dentro de mi zapato.
-- Ahora vas a arrancarme las bragas.
   Y se las arranqué.
-- Ahora me morderás en los labios hasta hacerme sangrar.
   Y la mordí.
-- Ahora el lobo estepario... -abrió sus piernas muy despacio-, ahora el lobo sabe que tiene a su presa.
-- Es mía... es mía... -jadeé, abriendo con mis manos sus muslos como quien abre la puerta de una catedral obscura y silenciosa.
   Y la miré y sonreí. Entendedme. Sonreí porque ella me sonrió.
   Saqué mi tabaco, mi mechero, mi reloj y mi cartera del zapato. Me vestí. Y me marché. Ni siquiera la dije adios, que yo recuerde.
   Mil noches....
   ¡Ya quisiera yo! Nueve o diez noches fueron las que volví con ella. Nueve o diez y era siempre el mismo ritual.
   Hasta unas semanas después:
-- Alexandra.
-- No hay Alexandra.
-- Alexandra.
-- Alexandra no está.
-- Alexandra.
-- O te vas o te abro la cabeza, gilipollas.
   Y efectivamente, Alexandra nunca existió.
 
   Hoy sé que eres profe en un Instituto de Sevilla. Profesora de Filología y Literatura.
   Pero -¡que conste!-, durmamos los dos tranquilos... porque nunca existimos ninguno de los dos.
   Alexandra, mi dulce Alexandra... Te hecho de menos, niña.
   Hablar de lecturas a cien euros la hora.... Y con los calcetines quitados.


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lunes, 8 de octubre de 2012

-- Boda beoda.




     Hace ya unos veinte años y Ángela (no recuerdo por cuánto tiempo llegó a ser novia mía) era una más de mis... Una más de tantas...¡Ah, juventud!

     El caso es que se casaba una amiga de su trabajo (unos grandes almacenes de variados productos y ropas de ciertas hechuras clásicas y de inconfundible corte inglés, cuyo nombre he de obviar) e íbamos invitados a la boda.

-- ¡Podías haberte afeitado, por Dios! -me recriminó ella, camino de la Iglesia, sin fijarse siquiera en que por segunda vez en mi vida me ponía corbata.

-- Lo he intentado -le respondí-. Pero los coches que estaban detrás empezaron a pitarme.

     Aparqué (es un decir) y cogidos de la mano nos encaminamos hacia la Iglesia. La ceremonia estaba en sus inicios.

-- ¡Está preciosa! -comentó Ángela en voz baja, refiriéndose sin dudas a una forma oronda y abestializada vestida de blanco y plantada frente al altar.

     El novio, no obstante, embutido en un traje gris, era un tipo diminuto y ridículo, al que seguramente (siempre a mi modesto parecer) habían instigado a casarse medio minuto antes.

     Acabó la ceremonia, tediosa como todas, justamente cuando lograba yo hacer flotar un tercer barquito de papel en la pila bautismal que tenía al lado.

¡Vivan los novios! ¡Vivan los novios!

     Y risas y empujones y arroces zurcando el aire. Ángela me presentó a algunas compañeras de trabajo. Hola. Hola. Hola. ¿Qué tal? Encantado. Encantada. Hola. Hola.

     El salón de celebraciones estaba lejos. Habíamos de dividirnos entre los coches disponibles. Ángela me presentó a Manolito.

-- Manolito -dijo-. Nuestro Manolito.  Es nuestro enncargado de personal, ja...ah.

      Manolito me sacaba tres cuartas. Un tipo a lo Bertín Osborne, alto, risueño, encantador, ¡oh!

      Hola, Manolito, encantado, Manolito, qué tal, Manol...

-- ¿Tienes coche? -me espeta.

-- Claro. Tengo...

-- ¿Dónde?

-- Pues justamen...

-- Ok. Estas cuatro se vienen en el mío y estas tres que se vayan en el tuyo.

¡Vamos! Y todos contentos. Lo bien que organiza las cosas Manolito.

     Manolito tiene un BMW, ¡qué guay! Y es precisamente el que está aparcado detrás del Simca de mi padre, que hoy me ha prestado.

-- ¿Pero dónde hay que ir? -pregunta alguna.

-- ¡Seguidme a mí! -dice Manolito.

-- ¡Manolito sabe! ¡Hay que seguir a Manolito!

-- ¡Vamos detrás de Manolito...!

     Los huevos de Manolito y la madre que...

-- Saco yo el BMW -me dice Manolito-. Y tú sacas eso y te vienes detrás -añade indicando a mi Simca-. Ten cuidado con la farola esa.

     Ten cuidado tú, me callo yo, se te vaya a meter por... Partimos. Ángela charla con sus tres compañeras, lujuria de muslos desnudos y tetas saltarinas en el asiento trasero de mi coche. Inclino un poquito el espejo retrovisor, así... Manolito frena delante de mí. Yo freno, detrás de él. Una chica grita, otra ríe. Escuchamos la música que escapa del coche de Manolito. ¡Pum, capúm, capúm! El coche de mi padre no tiene radio. Silbo.

     Llegamos al salón donde ha de celebrarse el bodorrio. Aparco junto al coche de Manolito. Las chicas corren a abrazar a Manolito, como si hiciera meses que no lo ven. Manolito sonríe con suficiencia, como un melón empezado, y cuando está a dos metros de su coche vuelve el cuerpo, manipula con misterio en el bosillo de su pantalón y el coche hace ¡piú-piú! ¡piú-piú!, y parpadea dócilmente sus lucecillas. Las chicas abrazan a Manolito, encantadas. Ángela aprieta mi mano, emocionada y feliz. Yo miro al viejo Simca, con tristeza pero con apego.

     A las puertas del salón, haciendo tiempo mientras llegan los novios, un tipo con dos patillas como dos rebanadas de pan bimbo pegadas bajo las orejas pasea entre los asistentes una bandeja con copitas llenas de manzanilla fresca. Tomo una. Manolito toma otra y la observa al trasluz, con pintas de enterado. Las chicas toman otra. Brindamos. ¡Por los novios! Por nosotros, que se jodan los novios. El sol, embravecido en un día azul, altera la graduación de la manzanilla. Manolito cuenta un chiste. Yo me río divertido, pero todavía no ha acabado. Me callo y busco con la mirada al tipo de las patillas. Me evado del grupo y cambio mi copa vacía por otra llena. Me la bebo de un trago. Está fresquita. El estómago, tan vacío como desagradecido, da un bote de escozor. Tomo otra copa y vuelvo al grupo. Hablan del trabajo. Ríen. Ángela está sonrosada. Todas las chicas están sonrosadas. Por efecto del sol. O de la manzanilla. O de las risas que Manolito con tanta facilidad arranca, vayamos a saber.

     El coche nupcial aparece al fin, ¡vivan los novios...! Se abre una puerta y sale descorchada la novia, como la cría de un dinosaurio envuelta en papel de celofán. El bastidor del vehículo se lamenta. El novio aparece por la otra puerta, poquilla cosa, insustancial, apenas unos ojillos grises que asoman del interior de un traje gris. Me trae recuerdos remotos de algún personaje de los desiertos de la guerra de las galaxias. La cola del traje que arrastra la novia traza en la tierra el sendero por el que nos abrimos paso hacia el interior de la sala: mesas por doquier, sillas enfundadas de blanco con lacitos albero, albas mantelerías, reflejos de cristal en las formaciones marciales de botellas, vasos y copas. La gente se sienta, se levanta, se agita, se desplaza. Parientes de primer grado se abrazan con efusión, aunque vivan en la misma barriada y se vean sólo en las bodas y en los entierros. Tíos lejanos, primos remotos, sobrinos inverosímiles, se reconocen entre la multitud.

     Los que no compartimos la misma sangre que la familia de los desposados nos sentamos en la mesa más alejada, reafirmando nuestra condición de advenedizos. Formamos una unidad amplia pero compacta de conocidos, compañeros, amigos o amigas del novio o la novia. Nos sentamos los primeros y aguardamos a que lo hagan los demás. Dudamos si empezamos a picar o aguardamos a que los novios lo hagan primero. Manolito se decide y abre una botella de manzanilla. Intentamos recriminarle, pero casualmente tenemos todos la boca ocupada de aceitunas, canapés y taquitos de queso. Yo abro otra botella. Corre la manzanilla, en nubes de cristal. Ángela ataca el plato de las brochetitas. Una de las chicas inicia una incursión por la bandeja de los langostinos. Manolito rellena las copas, ¡vivan los novios! Brindamos. Los novios siguen de pié. Desde mesas próximas a la nuestra, dedos trémulos y acusadores nos señalan. Pero la consigna que lanzamos es recogida con prontitud. Comienzan a descorcharse botellas de Rioja. El jamón vuela, los dados de tortilla italiana se resienten. Las gambas se entregan, dejándose desnudar. Los novios se sientan, qué le importa a nadie. Alguien alza su copa, vacía. Abro una botella más. Y Manolito abre otra. Y alguien que no conozco, otra. Bebemos. Reímos, sudamos. Una chica se atraganta con la anchoa de un canapé. Manolito cuenta un chiste sobre anchoas. Carcajeamos. El tiempo corre dislocado. Una orquesta en un ala extrema del gran salón irrumpe con un cóctel salvaje de salsas, boleros, merengues y rumbas. ¡Vivan los novios!, grita una voz. ¡Vivan!, gritamos nosotros y destapamos un par de botellas para brindar. Manolito tose, pero se aferra con fuerzas a la bandeja de pescado adobado, mientras la manzanilla le brota por la nariz. Ángela se ríe sola. Alguien se ahoga con un trozo de queso. Manolito se sobrepone y cuenta un chiste sobre ahogados. Nos reímos todos, aunque el final del chiste no se ha oído porque Manolito se cae debajo de la mesa. Lleno las copas. Brindamos por Manolito.

     Saco a Ángela a bailar. Otras parejas nos imitan. Hay aplausos, jaleos, vítores. Manolito me quita a Ángela y deja entre mis brazos el cuerpo electrizado de María José, otra compañera. La chica agita sus caderas, con frenesí. Da un giro por el aire, como una bailarina profesional, y no la vuelvo a ver. Oigo un golpe, sí, pero muy lejano. Salto al frente y me apodero de Ángela. Ángela ríe. Un viejo lagañoso de nariz colorada me la quita. Vuelvo a la mesa y rebaño entre jadeos los culos de todas las copas de manzanilla a mi alcance. ¡Vivan los novios!, grito, pero no se me escucha. Me acerco babeando a la pista de baile. Diviso a Pilar, otra amiga, y la arrastro a mi lado. La orquesta ataca ahora los sones de Macarena -¡aaig!- y todo el mundo salta de sus sillas. Todo el mundo baila. La novia aparece en el centro de la pista, descocada y epiléptica, -aaig-, abiertas las piernas y alzados al aire los gruesos brazos ajamonados. La orquesta toca Macarena seis veces seguidas -¡aaig!- y la gente la vuelve a pedir. Busco a Ángela y no la veo. Bailo solo hasta que una señora entrada en años, creo que la madre del novio, me toma de la cintura. Acompaso a ella mis movimientos pendulares. La abandono y me siento en una mesa que no es la mía, pero que conserva botellas de vino aún intactas. Me sirvo gentilmente. Un anciano enfermizo me abraza emocionado cuando le cuento, entre sorbo y sorbo, que soy su nieto que ha vuelto de unas minas de plomo de Berlín. Lo dejo llorando y me lanzo a la pista, saltando hábilmente sobre la punta de un pié hasta que derribo dos percheros y aparezco en una de las fachadas exteriores del gran salón, donde el sol pega de plano y un tipo mea y se ríe de su propia corbata.

     Meo yo también. Vuelvo adentro y busco a Ángela, pero no la hallo. Tomo asiento junto a un tipo gris, melancólico, con cara de aburrido.

-- Vaya mierda de boda, amigo -le comento, con la lengua estropajosa-. ¿Una copa, compañero...?

-- No bebo, gracias.

-- ¡Jaja! Pues si no bebes, mejor estás en tu casa, macho, porque aquí...

-- Ya lo he pensado, no te creas -me responde el tipo, suspirando-. Pero me temo que tengo que quedarme hasta el final.

     Entonces me fijé en sus ojillos grises, que me recordaban a los de unos personajillos de los desiertos de la guerra de las galaxias.