martes, 29 de enero de 2013

-- Territorio sin dueño.

Total.

Que nos viene la Inma soltando sartenazos a diestro y siniestro, que no es mujer la Inma que se achante ante nada.

Y nos viene la Inma poniendo a parir a quien se tercie: a quien la toque los bajos o a quien se la presuma o vacile de contra alto. No es mujer, no, la Inma, de medias batutas.  Aquí o hay  Bolero de Ravel o habemos la Novena de Beethoven, lo que le salga a ella de sus reales partituras.
 
Territorio sin Dueño, tiene la japuti la desfachatez de llamar a su blog.
 
Ya hay que ser chula. Porque dueño no tendrá el territorio, pero como te lo tomes al pie de la letra y te descantilles, te endiña la Inma un batutazo que no te reconoce la cara ni la madre que te parió. Porque cortar, se corta menos la Inma que una mayonesa de plastilina. La Inma es al pan pan y al vino vino. Y ojito. Ojito con los pan-pan que dispara la Inma.
 
Cumple la Inma un añito de blog. Cumple Territorio sin dueño (pero cuidado con el perro) un añito de andaduras... Y qué menos, ¿no?, que darle la enhorabuena.
 
No recuerdo cómo leches llegué al blog de Inma... De hecho, no recuerdo ni cómo llegué al mío propio, porque creo que lo inauguré una madrugada de borrachera en que tras dos caídas de camino hacia casa me encontraba psicológicamente bloqueado... Y por un desatino del pulso, mire usted,  quise teclear en Google  "bloqueo y batacazos" y tecleé en su lugar "bloguero en tres pasos..."
 
Pero es otra historia.
 
Sin saber aún cómo arribé al blog de Inma, sí que puedo asegurar que solté anclas en tan sugerente puerto. ¿Por qué? Creo sinceramente que por la misma razón por la que tantos la leemos. Porque es como es. Porque no tiene pelos en la lengua. Porque puedes o no puedes estar de acuerdo con ella (es, precisamente, lo que hace amigos a los amigos) pero no puedes negar el hecho de que no inventa, de que no finge, de que no te  suelta las cosas bordadas de mil rocamboleces académicas. Inma es como es. Te gusta o no te gusta.
 
Territorio sin dueño es como es. Lo lees o no lo lees. Nadie te obliga y nadie te pide que estés de acuerdo... Y el milagro que consigue la japuti de su autora (la Inma) es precisamente éste: que por muy en desacuerdo que estés con cuanto escriba, terminas reconociendo que es una persona legal. No engaña la Inma. No finge la Inma. Dice lo que piensa la Inma y lo dice la Inma sin pretender ser ni mediana ni comedidamente correcta. Si hay que soltar un coño se suelta y si a la polla se le dice polla, ¿pa qué vamos a coger el diccionario de sinónimos y llamarla "apéndice masculino por los arrabales del ombligo"?
 
No veo yo a Inma, en verdad (y no pretendo desanimarla), escribiendo una novela. Si acaso, una autobiografía dentro de 50 años. ¡Y no tendría desperdicio...! Pero Inma no es escritora de novela. Los escritores de novela tienen la capacidad de desconectar del mundo real. Inma no desconecta. Los escritores de novela buscan mundos o los inventan. Inma le saca partido al mundo que pisa. Los escritores de novela crean lo que no hay... Inma se recrea en lo que ya hay y lo que la rodea. Y todavía le sobra.
 
Es un don (para mí, al menos) envidiable. Yo para escribir necesito cerrar los ojos y buscar. Y esta Inma a la que sigo, tiene la virtud de abrir los ojos y elegir: Inma sería y de hecho es, una gran articulista.
 
Conque poco puedo añadir. Si ya conocéis Territorio Sin Dueño, mi enhorabuena: leas lo que leas, no sales con cara de pez globo.
 
Y si no lo conocéis, asomaros. Hay millones de blogs por estos andurriales, pero la mayoría buscan el aplauso, el suscriptor a tiro, el post "a medida" de una talla, el quedar bien con todos...
 
Territorio Sin Dueño cumple un año y hace honor a su nombre: ni se casa con nadie ni mendiga que te cases con él.
 
Lo que hay es lo que hay. Y la Inma es mucha Inma.
 
Felicidades, hermana.


 
 
Quizás le interese:
-- Blog: "Territorio sin dueño".
 

martes, 22 de enero de 2013

-- Nace una madre.

Ser Madre.

¡Toma ya... !, porque lo escribe un padre.

Todo viene a cuento de un post precioso del blog de Ana Azul titulado:  "Madres".

Pretendiendo, como es de recibo, dejar el pertinente comentario en un artículo que te gusta de un blog al que habitualmente sigues, me doy cuenta de que me voy de largo... O sea. Que del comentario que dejo a la compañera Aniazulada voy y le recorto 200 renglones y me sale el post de hoy.

Es lo bueno que tiene comentar. Que te inspira y al grano.

Habla nuestra amiga Ana de las Madres y quiero yo hablar de las madres.

Se habla de lo hermoso que es ver crecer a un hijo, pero se habla poco de lo hermoso que es ver crecer a una madre...

Y no, no me refiero a esa viejita que a mi edad podemos o no gozar de la suerte de tener aún al lado. No me refiero a ella, no.

En mi caso, me quiero referir a esa otra madre... a la madre de nuestros propios hijos.

A la madre a la que he visto crecer a la par que he visto crecer a mi hijo.

A esa madre que no lo era. A esa adolescente loca (no hallo otro diagnóstico más apropiado) que con veinte y pocos años se enamoró de mí (qué valor).

A esa muchacha a la que un día invité a pasear por Triana. A esa chica de apetitosas redondeces a la que lograba arrancar primero diez y después mil sonrisas...

A esa muchacha que soñaba tanto como yo soñaba. Que un día, sin venir a cuento, me cogió de la mano.

Y que sin venir a cuento un día, me besó o dejó que yo la besara.

A esa muchacha. A esa muchacha que estrenaba ropa para mí y se perfumaba para mí, que pasaba las horas buscándome en el minutero de su reloj... tal como yo las mías pasaba acariciando su foto en un pliegue de mi cartera.

A esa muchacha. A esa muchacha con la que compartí el gran letargo de una adolescencia, hace poco, no hace nada, ¡ni siquiera veinte años!, a esa muchacha a la que una noche pasé el brazo por el hombro... y me lo permitió.

A esa muchacha.

A esa muchacha loca (busco y no hallo valoración psicoanalítica) que compartía todo: que mezclando sus desvelos con mis ilusiones, sus deseos con mis niñerías, sus fuerzas con mis nostalgias o sus ganas de vivir con mis ganas de resistir... conseguía, cada tarde y cada noche y cada madrugada, hacer sin hielo el cóctel que hoy disfrutamos.

A esa muchacha que bebía de mi copa o fumaba de mi cigarrillo.

A esa muchacha a la que hice y me hizo hacer el amor en el Parque de María Luisa, en el portal de una calleja o de un callejón cualquiera, en los Jardines de Murillo, en el asiento de un viejo coche, en un ascensor, en una escalera...

Locos, locos, locos... No hallo más diagnóstico que Amor.

A esa muchacha.

A esa muchacha a la que vi minuto a minuto, hora a hora, día a día y mes tras mes convertirse en madre.

Claro que hablamos del orgullo y la ilusión de ver crecer a un hijo.

Pero como hombre, con igual orgullo e igual ilusión agradezco y no olvido cómo he visto ante mis ojos ver nacer a una Madre.

Esa muchacha que un día me besó o se dejó besar, qué importa.

Esa muchacha que en la cama de un hospital me tendió los brazos:

-- ¡Hemos traido a una niña preciosa...!

Y no. No era solamente eso.

Me quedé con las ganas de decir:

-- Ha venido al mundo una Madre preciosa.
 
Y hoy, ¡gran ingrato!, he recordado que olvidé decírselo.
 
Quizás le interese... digo yo:
 

jueves, 17 de enero de 2013

-- La Soledad y sus muertos.

Mi hermana nació cuando yo tenía ocho años. Y la maté ahogándola en la bañera, una mañana en que mamá bajó unos instantes a comprar el pan y la leche.

Fueron días de mucho ajetreo y mucha llantina vana, y lo único en verdad negativo que hoy recuerdo fue la cantidad de familia y gente desconocida que pasaba por casa a dar los pésames, tomar café y compadecer a mis padres, a cualquier hora, sin avisar, como si la casa fuese suya. ¡Y esos ingratos pellizquillos que me daban en la cara...!

A mi padre lo maté a los quince años, una noche de verano en que se acostó borracho en la terraza. No tuve más que girar la butaca. El suelo, quince metros más abajo, colaboró.

A mi madre, la asesiné tres meses después: ni recuerdo cómo.

Me adoptaron unos tíos por parte de la familia de mi difunto padre. Unos tíos que tenían dos hijos (mis queridos primos) a los que asesiné asfixiándolos con una almohada.

Más tarde y conforme pasaron los años, asesiné a mi primera novia, a mi mejor amigo de la mili (los chopos se disparaban con una puteril facilidad), al casero del ático donde me fui a vivir en soledad...

Maté sucesivamente a mi esposa, a mi gata, a mis hijos, a mi jefe, a mi perro, a dos compañeros de trabajo, a mi suegra, al farmacéutico con quien compartía algún mediodía que otro una cervecita y unas olivas en la tasca de Tomás.

Maté a Tomás, por descontado.

Maté al representante del Círculo de Lectores, que me visitaba cada dos meses.

Por entonces me llevó la inquietud a visitar a una Psiquiatra con la que llegué a acostarme, confesarme, dejarme psicoanalizar y aborrecer, por ese orden. Y a ella, que pretendía a ratos exculparme por legar  a la ciencia las surtidísimas disociaciones y psicopatías y tumoraciones rupestres que ornamentaban las paredes de los rincones más obscuros de mi sesera... a ella la maté también.

De los dos policías que vinieron a casa a arrestarme, maté a uno.

En la cárcel y en espera del juicio, maté al compañero de celda.

Me metieron en un cuartucho negro y en sombras, y maté a las dos ratas que aparecían puntualmente cada mañana por debajo del lavabo.

Hace solamente tres semanas que vuelvo a pisar las calles de mi ciudad.

-- ¡Es un asesino! -clamó la ventisca popular.

-- ¡Es un pobre enfermo mental! -arguyó mi abogado defensor, blandiendo en la mano media docena de jeroglíficos psicotécnicos y ocho cartulinas con el test de Rorschach.

-- "A Juicio -proclamaron los periódicos- el autor confeso de más de cien asesinatos".

Pero el Juez, hombre eminentemente sabio y comprensivo, emitió su veredicto tras sumergirse horas y horas en mi amplio historial, que comenzó a los ocho años con el nacimiento de mi hermana:

-- Es un hombre tímido y solitario -argumentó-. Y no se puede condenar a nadie por ser tímido y amar la Soledad -mazazo sobre la mesa- ¡Siguiente caso!

Y aquí me encuentro. En casa. Fumando apaciblemente...

Mirando la lista de suscriptores a mi blog y pensando que voy a tener que seguir luchando duro por lo que siempre he querido: nadie a mi vera y Soledad.

Maldita timidez.

Puedes leer:
 

jueves, 10 de enero de 2013

-- El Gran Regalo.


Adios, queridos Reyes Magos...


 
Gracias por la colonia, por los calcetines, por el reloj, por los caramelos y por la crema de afeitar y el bote de gel del Máximo Dutti.
 
Pero gracias, un año más, por admitirme en Vuestro Selecto Círculo.
 
Gracias por darme la oportunidad, un año más, de ser Rey...  como vosotros.
 
El Rey de Mi hija.
 
El que a las tres de la mañana y en compañía de su madre, despierta lelo, comatoso y amodorrado; tropieza con su propia sombra, choca a oscuras con el pomo de una puerta, infla globos hasta que los ojos le giran en las órbitas, llena de caramelos unos zapatos y coloca regalos por el salón, en el suelo, en el sofá, en la mesilla... unos envueltos, otros fuera de sus cajas...
 
Gracias por esos colores que bañan las mejillas de mi niña, cuando con la delicadeza que la caracteriza salta la mañana del seis de enero a eso de las siete sobre la cama de sus padres, gritando:
 
- ¡Que han  venido lo Reyes! ¡Que han venido los Reyes...! ¡Al salóóón...!
 
Gracias por esa sonrisa perpleja que la hacen guiñar los ojos, cuando atisban con las primeras claridades del día lo que Sus Majestades han dejado este año. 
 
Gracias por esas manos con las palmas abiertas y trémulas, que tiemblan como alas indecisas sin saber muy bien dónde posarse... 
 
Gracias por ver cada año esos ojillos lagañosos, esa boca abierta, esa respiración entrecortada, esas manos ávidas y esos bocaditos anhelantes que se da en el labio de abajo, saltando de un paquete a otro... Abriéndolos a medias y buscando ya el siguiente, mientras sin desayunar pregunta si puede comerse un caramelo...
 
Gracias, queridos Reyes Magos.
 
Gracias un año más...
 
Por recordarme e impedirme olvidar que el mayor regalo que me dísteis una vez fué hacerme Padre.
 
Gracias y hasta pronto.




Quizás le interese:


sábado, 5 de enero de 2013

-- Okupas en un blog.

     Dos palabras tan dispares como multiplicarse y dividirse, son las que definen a quien escribe con más o menos asiduidad... llamémosle Escritor: publique o no, sea famoso o no, viva de ello o no. Escriba bien, escriba mal o escriba medianamente bien o medianamente mal.
    
     Quien cumple con el solo precepto de escribir de higos a brevas, es Escritor.
    
     Y el escritor se divide en mil personajes o se multiplica en mil personajes. Es lo mismo. Escribir es inventar. Inventar es dejar vivir en paz a los okupas de tu fantasía.

-- No está mal. ¿Y las autobiografías?
    
     Peor. O mejor. Cuanto más se escribe sobre uno mismo, más se inventa. Y al revés: cuanto más personajes inventas, más te delatas a ti mismo.

-- ¿Por dónde vas hoy, Tadeo Sila?
    
     Ya ves: ni siquiera son mis apellidos. O sea, que hasta el autor de un blog que inventa un personaje acorde al artículo que quiere escribir... es un autor a su vez inventado.

-- ¿Y eso cómo se come?
    
     Eso no se come. Se lee. Jesús Tadeo Sila, no existe. Jesús Tadeo Sila es un personaje que Yo he creado para que a su vez firme cuanto yo le digo que escriba.

-- ¿Has estado con el champán hasta hoy? Estamos a cinco, te lo advierto.

      Para nada.
    
     Pero mira, ocurre que a veces quien te lee se pierde. Puedes escribir desde cualquier ángulo, desde cualquier perspectiva, exactamente igual que si haces una foto o realizas un dibujo. Tan válido es decir "él la besó" como "ellos se besaron" ó "ella lo besó" ó "yo la besé". ¿Qué tienes? Lo mismo: dos personas y un beso.
    
     Sin embargo, los que solemos escribir utilizando la primera persona del singular parece que estamos más expuestos a parchear la diana de quien nos lee.

     De casi un ciento de artículos que en este blog llevo escritos, la mayoría los he redactado en primera persona. ¿Por qué? Eso no viene a cuento. Eso es el artículo, la historia o el relato el que te lo va pidiendo... Empiezas sin nada concreto, pero al cuarto o quinto párrafo algo te dice que no es la manera, que así no marcha la cosa, que así no sale. Y empiezas de nuevo "enfocando" desde un punto distinto, como quien gradúa  el objetivo de una cámara para tomarle la distancia exacta o el contraste idóneo a la fotografía que quiere hacer.
    
     O empiezas con un "tema serio" (¿hay alguno que no lo sea?) y al final lo que parecía tragedia remata en comedia... O al revés. Empiezas con...

-- Al grano, Tadeo: al grano.
    
     Al grano vamos.
    
     Si en Libros con Polvo alguien se encuentra una carta en un libro de segunda mano, ese libro y esa carta y ese alguien ... no he sido yo.

     Si en El Coloso un niño recuerda a su padre, ese niño no soy ni he sido yo.

     Si en Justicia ando ganduleando entre rejas... tampoco. Tampoco soy yo.

     Y si en Amanecer, como un extraño en casa, un hombre acaba de perder el trabajo...

     Y si en Ella siempre, un sueño erótico coge de la mano a la conciencia... y la saca a bailar...
   
     O si un Rodríguez deja una carta a su santa esposa... No soy yo.
   
     Ni los Extractos de mi Diario Íntimo me pertenecen.

      Ni La Muñeca más turbadora del mundo me poseyó, una tarde de adolescencia.

-- ¿Pero estás cabreado?

     Para nada.
   
     Estoy sencillamente orgulloso.
   
     Porque una de dos: o quien me lee me cree o cuanto escribo parece creíble.
   
     Y en un caso u otro, es para sentirse satisfecho.

-- ¿Orgulloso de engañar a la gente?
   
     Por supuesto. Satisfecho de que no lleguen a saber nunca cuándo escribe Tadeo o cuándo escribe Sila o cuándo escribe Jesús.

-- Pronomen, nomen y cognomen. O sea, tres en uno.
   
     Exactamente. Pregúntale a Dessjuest. O uno en veinte.

-- ¿Y esto quién lo escribe, entonces?
   
     Jaja. Esto es una respuesta personalizada a los comentarios que me llegan por correo electrónico y a los que, por falta de tiempo, no puedo contestar de uno en uno, como hago con los que me dejan directamente en el blog.
   
     Y de esos comentarios entre sombras, que no ven aquí la luz, son muchos los que me etiquetan dependiendo del relato que les haya caido en gracia leer.
   
     Y no es así. Para nada. Ni santo ni diablo. Son los okupas de mi blog quienes se hacen protagonistas merecidos de cada historia.
   
     A veces, mi personaje me permite escribir a mí. Pero son las menos. La mayor parte del contenido de este blog, pertenece a ese desdoblado o multiplicado personajillo que responde al nombre de