domingo, 29 de diciembre de 2013

-- Soy Sombra.

¡Quiero ser Sombra...!
 Si existe la Reencarnación y puedo elegir, déjame, Dios, ser Sombra.
 Un poco de blanco, un poco de negro y algo de gris.
Sin color: que lo que quiero yo es ser Sombra.
 La Sombra de quien seré, de quien soy o de quien fuí.
Yo quiero ser Sombra.
 La carne tiene fin, polvo acaba siendo la carne bajo tierra...
 Pero a una Sombra, y cualquiera lo sabe, ¡a una Sombra no se entierra!
 Anda y déjame elegir.
 Que si me dejas quiero ser Sombra.
¡Sombra en una pared, Sombra en la hierba!
 O Sombra que se escurre sobre unas soleadas balsodas...
  La Sombra no se va de aquí. Las Sombras son Eternas.
Las Sombras que en mi vida he dejado, son la más gruesa raíz que ha echado mi persona.
¡Déjame ser Sombra! Toda mi vida han sido Sombras.
El camino que recorro y el camino que recorrí.
El camino donde hoy ando, el camino conque aún me honras...
Si puedo elegir, déjame ser Sombra.
Para que quien quiera saber de mí, no tenga que remover la tierra:
me encuentre sobre la hierba, fijado a una pared...
¡o clavado en unas soleadas baldosas!
 Déjame, por favor, ¡yo quiero ser sombra!

jueves, 19 de diciembre de 2013

-- Los Reyes Magos, existen.

La vida empieza con engaños y acaba en desengaños... Eso dicen y me niego a creerlo.

Ya hoy sé con certeza que sabes quiénes son los Reyes Magos. Aunque no digas nada, aunque finjas no oír o mirar hacia otro lado cuando los anuncios de la tele proclaman a los cuatro vientos (¡qué poco tacto!) lo baratos que valen los juguetes aquí y las facilidades para pagarlos allá.

Es curioso y yo también lo viví. Curioso que seas tú ahora quien pretenda engañarme aparentando que no lo sabes, como si te diera cierta lástima partirme la ilusión de pensar que creo que sigues creyendo en ellos, en los Reyes Magos de Oriente.

Curioso es, que cada año de puntillas y sin respirar penetrara en tu dormitorio a las tantas de la noche para llenar de caramelos tus zapatos. Ssss.... Y ese "ssss..." es ahora el mismo silencio que tú guardas, lo sé, cuando te haces la dormida y me dejas hacer; como no queriendo darme la mala noticia de que sabes que los Reyes somos mamá y yo.

Ahora, te toca fingir a ti, mi vida, mi cielo, mi niña guapa que se hace mayor.

No dejes de creer en Ellos, María Jesús. No dejes de creer en Melchor, Gaspar y Baltasar. Porque no hay nada de falso en ellos. No hay engaño. No hay truco: existen como existen las Ilusiones. Existen como existieron para mí y antes de mí para mis padres y antes de mis padres para mis abuelos. Existen, mi reina.

No digo que sean ellos quienes llenan tu dormitorio de caramelos y el salón de casa de globos y juguetes.

Pero sí puedo asegurarte que son ellos los que guían las manos de tus padres a hacerlo cada año. Y las seguirán guiando año tras año y año tras año, hasta que te convenzas de que verdaderamente existen. De que no te fallan. De que son puntuales, tanto o más que el paso del tiempo y el ir cumpliendo años.

Las Ilusiones se hacen realidad, María Jesús. Tú misma, hace casi trece años, eras una Ilusión en la mente o en los sueños de tus padres: y aquí estás, hecha ya una mozuela a la que no puedo querer más de lo que quiero.

No sé qué mano te trajo, no sé qué dedos dejaron hace casi trece años mis zapatillas repletas con un sólo caramelo: Tú.

Pero sí sé que mi Ilusión se hizo Realidad y que esa Realidad eres hoy Tú.

Cree siempre en tus Reyes Magos, mi vida, sin importarte demasiado quiénes son. Están ahí y ahí siempre los tendrás. La Realidad tiene nombres y apellidos: la Ilusión se basta sola.

Y si este año me oyes tropezar con la puerta cuando vaya a llenar tus zapatos de caramelos, sssssssssssssssssss.... cierra los ojos y piensa que mi larga barba se ha enredado en mis babuchas orientales.

No soy tu padre: soy el instrumento de tus Reyes Magos.

Te quiero.


martes, 15 de octubre de 2013

-- Para mi socio


A ver, socio cabezota, qué quieres o qué crees que puedo decirte yo. 



Me lo comunicó el otro socio, el poli, que ya sabes tú que en el Turno de Noche teníamos entonces de todo. Que vas y te mueres, eso me dijo el 9 de agosto pasado. Con 35 tacos. Siempre has sido, socio, exagerado para todo. Siempre has sido demasiado retador, demasiado ansioso, demasiado fuerte, demasiado confiado... Y solamente a ti, claro, se le ocurriría echarse un pulso con la muerte.
Tu problema es que has sido, o fuiste, demasiado grande en todo. En tamaño, en fuerza, en ilusiones, en ganas y hambre de vida, en corazón...
No sabes lo que me jode escribirte ahora. No sabes lo que me ha costado no hacerlo antes. Pero no podía. No podía. Sencillamente no podía, Juanma.
No imaginas, macho, desde el mes de agosto, lo que me he acordado de ti. La de veces que apareces en mis sueños, en mis pensamientos o en mis recuerdos. Y para colmo (no te rías, que te imagino partirte de risa) la única fotografía que tenía de ti y que casi a diario miraba era la de ese famoso almanaque medio desnudos que hicimos...
Hay que joderse. Pero es cierto. Llevo desde agosto pillando el almanaque, pasando sus hojas hasta llegar a tu fotografía y deteniéndome en ella. Para recordar aquélla noche. Para partirme de risa. Para evocar cada instante, macho, viejo socio, y terminar al final con lágrimas en los ojos que no son ya, por desgracia, lágrimas de risa como las que aquélla noche compartimos...
Qué duro, socio, qué duro. Tú me entiendes y sabes que te lo digo con cariño: qué cabrón eres.
Nadie se va así porque sí, socio. Y menos la gente como tú.
-- ¡Juanma! Mañana es sábado, hay curro y vamos a entrar a las cinco de la mañana.
-- Lo que digas, socio.
Y cuando yo llegaba a las cinco de la mañana, ya llevabas tú media hora en la puerta de la nave, metido en el coche, con la radio a toda voz envolviendo a medio polígono en esos sones sudamericanos que tanto te gustaban.
-- ¡Juanma! Mañana entramos a las cinco de la mañana.
-- Tú mismo, socio. Aquí estaré.
Y llegaba a la nave y abría sus puertas y allí veía yo a todo el mundo menos a ti.
-- ¿Y el Juanma? ¿No ha llegado?
-- ¿El Juanma? -me decía cualquiera, el Kiko, el Mono o el poli.- El Juanma ha entrado hace media hora por la cocina y está cargando el camión él solo.
Y ahí que estabas, sí... Cabrón, cabrón, cabrón... ¡metiendo mesas de 1´60 de diámetro en el camión, con los brazos abiertos en aspas, alzándolas del suelo y lanzándolas rodando al fondo del mismo, como si metieras galletas en una caja...!
Qué grande eras, coño, qué loco y qué lanzado.
Un día le dije al Gran Jefe que me sentía sólo, que tenía mucha gente en mi almacén pero ninguna en quien pudiera confiar: yo era, entonces, Jefe de Día, Jefe, de Tarde, Jefe de Noche y Jefe de Madrugada.
-- Dime qué te hace falta -respondió el Jefe.
-- Quiero a Juanma.
Y te llamó. Pero tú entonces trabajabas no sé si en unas canteras o repartiendo chacina con otra empresa, no lo recuerdo.
Y no pedí a nadie más.
No encontraría a nadie como tú y lo sabía: ni por tu fortaleza, ni por tu complicidad en el trabajo ni por la responsabilidad que sabía de sobras podía delegar en ti.
Recuerdos, macho, recuerdos a cientos es lo que me dejas.
Uno de esos Mayos en que se juntaban 5 bodas y 12 comuniones en dos días (¡qué tiempos!), llegamos a batir (no solamente tú y yo, sino casi la totalidad de nuestro Gran Turno de Noche) el récord de horas al que nadie llegó, al que nadie llegaría y al que nadie va a llegar.
¿Lo recuerdas, socio...? Entramos a trabajar un viernes por la noche y terminamos, sin interrupción, el domingo a eso de las dos de la tarde: unas treinta y tantas horas cubriendo mañanas, tardes y noches.
Nos llamaban de acá y de allá, de un salón y de otro: subsanar olvidos, recoger, fregar, cargar, preparar, llevar, traer, volver a cargar, volver a descargar, fregar, cargar de nuevo, llevar, asistir, aparecer en un salón, desaparecer en otro, volver a la nave, descargar, fregar, cargar, conducir, reponer, cargar, descargar, fregar... ¡Treinta y tantas horas, socio...! Treinta y tantas horas así...
Recuerdo la mañana en que a eso de la una o las dos de la tarde del domingo (desde el viernes por la noche) acabábamos nuestra faena en el salón Mendietta. Tú venías conmigo, socio. Descargamos en el office y la cocina el último material necesario para la última boda. Deseábamos volver a casa de una vez... Treinta y tantas horas...
Estabas en el camión, de copiloto y adormilado mientras yo le decía al Gran Jefe que "misión cumplida". Que adiós. Que ya nos tocaba descansar.
-- ¿Adiós? - graznó el jefe, bien peinado, bien arreglado, bienoliente, recién despierto o recién desayunado o recién almorzado-. ¿Adiós? ¡Y dejáis estas cajas de platos aquí, sin ordenar, donde os sale de los huevos y...!
Me volví al camión, socio, a tu lado. Y cerré los seguros de las puertas... Porque las palabras del Gran Jefe te despabilaron el sueño y si no cierro las puertas del camión sé que te lo hubieras comido en ese instante.
Así eras, Juanma. Así has sido. Un currante nato al que nada ni nadie asustaba. Un tipo que sabía cuál era y defendía su sitio.
Cuando la Junta de Andalucía celebraba sus cenas de Empresa para más de 1000 personas en el Pabellón de la Navegación de La Isla de la Cartuja, había que andar con mil ojos a eso de las seis de la mañana, a la hora de decir al personal: ¡se acabó la fiesta y no se sirven más copas!
¿Recuerdas? Mientras íbamos y volvíamos del salón recogiendo material para llevarlo a las furgonetas, algún grupito de achispados funcionarios con ganas de más fiesta nos metían las manos en el camión para llevarse las botellas de alcohol que íbamos ya recogiendo de la barra libre.
Su mala suerte fué que tú los pillaste. Eran más de treinta, borrachos y envalentonados... Les quitaste las botellas de uno en uno, con una tranquilidad pasmosa.
-- Voy a seguir cargando el camión -les dijiste a todos-. Lo dejo como está, con las puertas abiertas. Si vuelvo y me falta una sola botella, os jodo a hostias. Vosotros mismos.
No faltó, socio, una sola botella.
Tenías dotes de orador, jajaja. Y aunque quizás poca gente lo percibía, yo sé de sobras que ese nuestro Turno de Noche, del primero al último de los que en el almanaque aparecemos, miraba y luchaba y defendía a La Empresa: del más humilde al más gallo, del más débil al más fuerte, del más desengañado al más ilusionado.
Una mañana te volviste a casa. Tenías la mano en el pecho y jadeabas:
-- Es ansiedad, socio -me dijiste-. Me pasa a veces.
Un año y pico después, tuve yo mi primera crisis y me acordé de ti.
Te dejo, socio. Quería decirte solamente adiós o hasta pronto... Pero ya ves, se me ha inundado la mente de recuerdos y sin poderlo evitar los he dejado derramar en estas líneas.
También hubo algún domingo en que terminábamos de currar a eso de las diez de la mañana, después de toda una noche de sábado machacándonos... y nos íbamos al Parque Amate, comprábamos dos litronas y nos las bebiamos tumbados en el césped, agotados pero felices, los ojos cerrados y un cigarro entre los dedos, paladeando lo bella que es la vida después de una paliza de darle al tajo, la cara hacia el cielo y las botas llenas de sudor y fango arrojadas lejos...
¿Qué más decirte, Juanma?
Ha sido un placer conocerte, tratarte, a ti y a parte de tu familia; un placer haberte tenido de compañero, un placer haberme sabido tu amigo...
Y un nudo en la garganta (lo siento, no soy tan duro como tú pretendías ser) recordar ese palmetazo en la espalda y esa voz bronca diciéndome, a las tantas de la madrugada:
-- ¡Socioooooooooooo....! ¿Por dónde empezamos?
Y mirarte como te miro ahora en sueños o en cada recuerdo: intuyendo que yo era el vehículo, pero sabiendo que el motor eras tú.
Un abrazo, mi socio. Imposible olvidarme de ti.
Imposible.

jueves, 3 de octubre de 2013

-- Atrapa un millón.

Conque como mi menda anda con las tardes libres, coge y se traga el ATRAPA UN MILLÓN.

El Millón no hay quien lo atrape ya, pero el cabreo sano te lo llevas.

Un profesor de Bachillerato, no elige el tema de Historia... "porque si fallo, se reirán de mí mis alumnos".

Un estudiante de Derecho Y Ciencias Políticas, elige el tema de "FÜTBOL", porque según dice: "de eso entiendo más..."

Una señora muy digna que, ya jubilada, lleva más de media vida dando clases en colegios... no elige literatura, porque es que "la moda se me da mejor".

Y lo dejo ahí. Porque por esa regla de tres, cualquier día aparece Rafa Nadal y en vez de "Tenis", opta por elegir "Clásicos Rusos"... Ya sabéis, por no quedar mal.

El programa me encanta. Pero es por morbo. Puro morbo. Por ver cómo la gente no tiene la mínima confianza en lo que sabe ... y mañana, eso sí: aparecen por las aulas, por el congreso o por el gimnasio pretendiendo ser maestros de tal o cual menester.

Maestros de mierda. Porque les falta lo principal: si no confías en tus conocimientos, no vales para enseñar nada a mi hijo ni al hijo de nadie.

So tonto.

¿Un millón?

Dos hostias, por presumir de títulos y acojonarte para defenderlos.

martes, 24 de septiembre de 2013

-- Viejos tiempos, amigo Raimundo.

Mi viejo amigo Raimundo entró en mi vida a los dieciésis o dicesiete años, creo recordar. Yo era entonces un chaval acnésico y empajillado, que leía mucho y soñaba que un día sería un gran escritor.

Yo era golfo por naturaleza, por descontado. Pero por contra era tímido, tímido, tímido. De hecho, no compartía ni mis golferías con nadie.

Raimundo entró en mi clase (Formación Profesional) por deformación del destino. En dos meses, me cambió. Nadie cambia a nadie en tan poco tiempo y Raimundo me dió la vuelta de los tobillos a la cabeza.

Entre otras perlas, me dió a leer a Nietzche, a Hermann Hesse, a Erich Fromm. Y entre perla y perla, me enganchó con los ducados, me enseñó a mirar de frente a una mujer o a golpear en la frente a un gachó.

Raimundo era belga. Hablaba francés. Guardaba sus hechuras en un largo abrigo como de marinero descolocado. Lucía barba tirando a pelirroja y ojillos claros e irónicos que acojonaban a compañeros o profesores. Ojillos sonrientes. Ojillos rientes. Ojillos que no te daban opción a elegir: o te recitaba un poema o te partía la cara y medio espinazo. Y tenías que joderte.

Mas mañana, tan amigos como siempre.

Hoy que me lo encuentro por facebook, me alegra un hartón saludarlo. Quisiera tomarme dos copas con él y recordar tantos disparos, al aire o al centro de la diana...

Pero Raimundo está en Haití.

Y como no coincidimos como antes (siempre fuera de clases y paseando por mi Sevilla), aprovecho esta ocasión para recordarlo y recordarle los buenos ratos que juntos pasamos.

Que te sigo recordando, viejo belga... Y que no cayeron en saco roto tus enseñanzas.

Raimundo. Mi amigo Raimundo: y todavía, con Marsella a la vista, ¿o no?

Ha sido un placer volver a encontrarte. Te lo dice un Jesús que te conocía... que es hoy un Jesús a quien ya no podrías reconocer tú.

Un abrazo, machote.

Mon petit, cher grand ami... ¿se decía así?

jueves, 19 de septiembre de 2013

-- Tonto me siento.

Quizás lo que estamos es acojonados. Me explico, me explico.

Noto a mi alrededor a la gente ciertamente colgada... Atontada, agilipollada, enajenada, insegura en fin. Noto a la gente rebuscando recetas de la abuela. Noto a la gente pretendiendo salvar al planeta a base de reciclar (como si la naturaleza fuera tonta, oye...) Noto a la gente más preocupada de Marte que de su puta casa. Noto a la gente buscando líderes donde no hay sino embaucabobos: léase lo que quiera leerse y que se sienta señalado quien señalado se sienta.

Yo noto a la gente tonta. Yo noto a la gente en un pleno revivir la Edad Media o la Edad Jurásica: falta de dioses, falta de líderes, falta de todo. Yo noto a la gente ciertamente colgada.

No se bebe. No se fuma. No se corre por las calles. No se juega en la playa. No se folla.

Nadie sabe exactamente por qué... Por eso noto a la gente ciertamente agilipollada. Atontada. Acojonada. Asustada.

Si el ser humano tuviera (¡jajá!) la capacidad de cargarse el mundo, sería precisamente ahora. Pero no por listo, sino por gilipollas. Noto a la gente idiotizada.

Y facebook es el baremo donde lo mido. Tantos mensajes para compartir. Tanta frase bonita de escritores bonitos a quien nunca se ha leído. Tantos cursos, tantas conferencias, tanta charla de quien ni siquiera sabe unir dos vocales con un poquito de tino.

Yo noto a la gente tonta. Hablar por hablar (que casi siempre es copiar), responder por responder, colgar frases que ni siquiera se sabe de quién vienen, dar al me gusta, querer guiar, querer aconsejar, comenta, comparte...

Yo noto a la gente tonta.

Dinosaurios conectados desde que se levantan, antes incluso de desayunar, ducharse y hacerse dos buenas macocas... Talmente como si les dieras un trozo de tiza y les hicieras pintar bisontes en una pared (o en un muro).

Noto a la gente tonta...

Me siento tonto... entre tanto dinosaurio. Y por respeto, por reciclar y por tanta mamandurria, la primera piedra me pensaré a quién tirarla.

Si no me la tiro a mí.

jueves, 12 de septiembre de 2013

-- Beethoven y yo.

Cuentan las anécdotas -no sé ni me importa que sea cierto o no-, que Beethoven tocaba el piano dando la espalda al público...

 Nada del otro mundo, si no fuera porque Beethoven era tenaz además de sordo. Quiero decir, que tanto la sordera como la tenacidad le llevaron a veces a girarse cara al respetable y observar con estupor -quizás con encanto- que el público hacía horas que se había marchado a su casa... mientras él tocaba y tocaba, aporreaba su teclado ajeno a todo.

A veces debiéramos hacer lo mismo.

 Por desgracia -para quien me trata con cierta asiduidad- yo suelo hacerlo. Cuando algo me apasiona o me emociona, siento -sinónimo de percepción pero no de sentimiento- que estoy dando la espalda a mucha gente. No puedo evitarlo. Me basta una canción, una musiquilla, un relato, un libro, una mirada, un recuerdo, un buen culo, un beso o una gota de agua en las gafas para enajenarme y soltarme de la mano, como un crío travieso o soñador, e irme lejos y perderme.

No es grato... Al menos, para quienes te rodean o quien te acompaña. Pero es inevitable. No necesito un móvil para mirarte a los ojos, escucharte, rozarte y -sin embargo- no estar a tu lado.

Y no tengo la excusa de ser ni sordo ni tenaz. Solamente soñador.

jueves, 29 de agosto de 2013

-- Gitano Manué.

Se marcha, poquito a poco, con andares cofradieros, mi amigo Manué. Mi amigo Manué ya se drogaba cuando tú o yo -de la misma edad- empezábamos a perseguir muchachas. Mi amigo Manué ya cantaba y tocaba la guitarra cuando tú y yo -por las mismas fechas- no nos tocábamos otra cosa que no fuera el badajo o la mandolina. Ya mi amigo Manué se ganaba las perras con una mano, mientras nosotros la metíamos debajo del grifo... pretendiendo borrar las huellas de un pecado mortal.

Se me muere, digo, mi amigo Manué. Harto de chutes, harto de hartarse. Lo recordarás, porque has podido verlo en cualquier esquina, en cualquier bar, pidiéndote un euro que la mayoría de las veces le has negado. Tocando unas veces una guitarra con dos cuerdas o acompasándose a la par de los Calis, los Chichos, Manzanita o los Chunguitos... con la sola ayuda de un bote vacío de lejía (cuando vendió o le quitaron la guitarra, qué más da) sobre el que tamborileaba con sus uñas negras.

Se marcha. Te marchas, Manué. Gitano de mi barrio. El que a las puertas del Hospital (la de veces que vamos a un hospital) no me aceptabas una moneda por aparcarme el coche... "porque con la salú no se trafica, padre".

Qué gran maestro. Sin más título que la calle. La puta, puñetera, dura y saboría calle.

Se marcha mi Manué... porque lleva años fumándose a mil cabrones sin boquilla. Porque de cada hermosa palabra, de cada promesa, de cada sueño y de cada hueco palabrerío de listillos gilipollas que hablan por hablar y viven por vivir, de cada uno de ellos sacó las hebras para un nuevo porro. Y así se marcha mi Manué. Con mucho respeto y sin miedo...

Y yo (porque sé que a él ni se le pasaría por la cabeza), aprovecho para cagarme en todos los muertos que le hicieron dar tantos bandazos.

jueves, 6 de junio de 2013

-- Hay días....

     Hay días que uno piensa, que nunca pasa nada.  Lo cantaba mi tocayo Jesús Silva, aunque la letra no fuera de él ni falta que le hacía... que bastaba simplemente su voz para convertir un trueno en una llovizna de abril.
     Hay días que uno piensa, que nunca pasa nada.
     Te levantas sin saber por qué, abrazado a la almohada.
     Hay días en que no se sabe qué duele más, si seguir acostado o saltar de la cama.
     Hay días en que no sabes el precio de un sueño... y ni mucho menos, si te conviene hacerlo efectivo cuando abra el banco por la mañana.
     Hay días que uno piensa, que nunca pasa ni pasará nada.
     A torpes pasos si llegas al baño. Milagro si encuentras la luz a la primera. Te preguntas si sales de un mal o buen sueño... o si de una mala resaca.
     Y lo peor de todo, es no preguntarte siquiera. No preguntarte nada y seguir tanteando la pared, en busca del interruptor.
     Hay días que uno piensa, que nunca pasa nada.
     Un día, sin saber por qué, dejas de afeitarte porque odias ese feo espejo que no te devuelve otra cosa que una fea mirada.
     Si las cejas crecieran como la barba, si a las cejas llegara la barba...
     Si el espejo, ¡por un día!, no reflejara mi mirada...
     Y es que hay días... que parece que no pasa nada.
     Y mientras me visto, te recuerdo: a ti, a ti, a ti...
     Me hiciste, amigo, emborrachar ayer.
     Me hiciste, ¿quién eres?, humillarme, mujer.
     Me hiciste, amiga, ir de tu mano por Granada.
     Hay días, en que parece que no pasa nada...
     Y sin embargo, cabalgan a mis lomos mil fantasmas.
     Y mientras bajo a la calle, mudo, sordo, soñoliento y sin mirada;
     algo que arrastro desde que salí de la cama
     viene a decirme al oído, como un viento del sur:
     que hay días que no pasa nada...
     Si con el día, no vienes Tú.
    
    
    
    
    
    
   

jueves, 16 de mayo de 2013

-- Un año de Bloguero.

Se cumple hoy un año que inicié este blog: "de mil humores".
El de hoy es mi artículo número 100... Una media de un artículo cada tres y pico de días, que es poco más o menos lo que pretendía. Bien.
¿Borradores? ¿Artículos no publicados? Unos 150: porque no les hallaba hueco, porque precisan una corrección, porque no me satisfacían o porque (como un padre con su hijo) no confío demasiado en que aún puedan valerse por sí solos.
Un año, un año hace que inicié el blog. 100 artículos, 129 seguidores, cerca de 2000 comentarios y rozando las 162.000 visitas.
Son solamente números y yo soy de letras.
La satisfacción de escribir, ya la conocía. El Blog, en ese sentido, no me ha aportado nada nuevo. Hubiera seguido escribiendo igual y así lo he seguido haciendo, aunque no haya salido nada a la luz.
Me ha aportado el blog, eso sí, muchas satisfacciones...
Un año de compartir mis escritos, me ha reportado un año de leer muchos escritos de mucha gente. En ese sentido, creo que he salido ganando. Porque si he ofrecido 100 historias, he recibido casi mil. Todo un tesoro.
Y todo un tesoro no es cuanto he leído de otros blogs. Todo un Tesoro, con mayúsculas, es haber conocido y entablado una relación (a veces lejana y a veces demasiado cercana) con la gente a la que he leído, seguido y con la que me he sentido cómplice día tras día, buscándoles o dejándome encontrar.
Un año de blog, a fin de cuentas, es un año de vida. Parece una gilipollez: pero quienes escribimos asiduamente, ya sabemos de sobras que vivimos el doble que el resto de los mortales.
Vivimos como seres vivos y vivimos como Escritores. La diferencia está en que quien no escribe muere un poco cada vez que se va a la cama. Y quienes escribimos, disfrutamos del milagro de la Resurreción cada día... Porque somos dioses delante de una página en blanco.
Me ha dado muchas satisfacciones mi blog. Muchas.
He sido un fabricante de historias. Un fabricante de personajes. Un fabricante de personajes que a mi antojo se han movido... o a su antojo han cobrado vida propia.
¿Cómo explicarlo?
Cómo decirle a quien por aquí se pase, que Escribir es como vivir sin saber lo que es un preservativo. Que las historias son las que te buscan, que los personajes -a las tantas de la noche- te piden que les des una oportunidad. Que los bolígrafos tienen  erecciones a las tres de la madrugada y te hacen saltar de la cama en busca de un trozo de papel o una esquinilla blanca del paquete de tabaco... para que no los olvides...
Un año de blog. Un año ya.
Y releo cada escrito, cada artículo, cada relato, cada poema, cada cuento: y hallo de todo en solamente un año. Odio, ternura, rencor, amistad, indignación, amor, indiferencia, sexo, tristeza, humor, nostalgias, risas, melancolía, besos, añoranzas, ilusiones... Abrazos que no di y abrazos que he dado. Muros de hormigón y mil fantasmas que sin dificultad los atraviesan...
Y todo ello, Soy Yo.
Detrás de todo, este Tadeo Sila inconformista, puñetero, enamoradizo y sonriente siempre.
Un Tadeo Sila que recuerda a cada instante, como Oscar Wilde llegó a decir, que "la Vida se vive, no se escribe..."
Vaya el presente artículo, el número 100, para todo el que me sigue o me ha seguido; el que me lee o me ha leído; el que comentó, el que no quiso comentar e incluso el que con nombre o sin nombre contribuyó con dos insultos a darme tema para un nuevo relato.
Todos, absolutamente todos, sois parte del blog. Ya he dicho alguna vez que un artículo no tiene punto y final hasta que no llega el último comentario.
Gracias, por supuesto, a los más cercanos. Sobran nombres porque sabéis reconoceros en este modesto silencio...
Y nada más.
Disculpas por esta tardanza en escribir que ha ido a la vez unida a la misma tardanza en leeros.
Un año de blog que os dedico.
Y damos comienzo al segundo, ¿o qué os pensáis?
Ni que Oscar Wilde fuera un Oráculo: la Vida, Wilde, se vive y se escribe.
Y cuanto más tiempo callas (porque vives), más temas tienes para escribir.

domingo, 17 de febrero de 2013

La Soledad, es cosa de dos.

Bueno, pues acabada la novela que tantos días me ha quitado de andar por el blog, os regalo en primicia su primer capítulo (los veinte y tantos restantes, Dios dirá).
Es una novela, como entenderá quien tenga la paciencia de sumergirse en estas sus primeras líneas, que transcurre en un mundo algo "atípico" o quizás, mejor, podría decirse un mundo futurista no muy lejano.
No me enrollo, que demasiado larga resultará ya esta entrada. Estaré gustoso de recibir vuestros comentarios y sugerencias, por descontado. 
Conque... ¡ve la luz, amada mía!
 
                                                           
LA SOLEDAD, ES COSA DE DOS.  CAPÍTULO I.
 

La niña, como es la mayor, entra pronto, arracimándose sin remilgos al primer grupito de amigas que encuentra; ni un beso me dá la puñetera cuando ya se aleja. Mi Rafa, no. Mi Rafa me aprieta con fuerzas la mano y se me echa a temblar como un pajarillo. Con ojos de pajarito se me queda mirando, a medio camino del llanto, de nada vale que le compre donuts para el recreo y le prometa chucherías para cuando salga; mi niño tiembla. Todo es arrancar y después se le olvida, pero mi Rafalín al punto me suplica con la mirada y al cabo, cuando eche a andar, lo hará mohino y cabizbajo, con un cabrilleo de agua en los ojitos y girando de vez en vez la cabeza por encima de la mochila mientras me dice con la manita que adios, adios, ¡adios, papá!


Desayuno en la cafetería nueva, descafeinado de máquina y media tostada con aceite y jamón, sentado a una mesa con el padre de Mirian, con el padre de Juanjo, con el padre de Javi y con el padre de Sandra. El padre de Elvirita no ha venido. Hablamos de nuestras cosas, cosas de hombres, ya se entiende, con el entusiasmo preciso, adormilados todavía, cada cual a su aire y sin prestar mucha atención a lo que dicen los demás, cinco monólogos inciertos que alguna vez, de puro azar, se entreveran. Hoy acabo pronto, he despertado con el ánimo cuajado, me levanto, me sacudo de las migas el pantalón.


-- ¿Ya te vas? -me pregunta el padre de Juanjo- ¿Y el cigarrito?

El cigarrito me lo fumo hoy camino de la plaza. El padre de Juanjo se sonríe, con la boca torcida, en ademán de querer bendecirme con un que te den, tú te lo pierdes, huye pues. Si por él fuera, se pasaba toda la mañana en la cafetería nueva -me consta, de hecho, que más de una vez lo logra sin proponérselo-, hablando memeces, desflorando dimes y diretes, arrepanchigado como una diosa sobre la silla, con la copita del coñac en la mano, nunca tiene nada que hacer, nunca lo lleva la prisa, nunca se le ha visto un sólo día salir pitando que es como salgo yo la mayoría de las mañanas, que cuanto más corro más ligero parece que me adelanta el tiempo, que cuanto más quiero abarcar tanto menos acaparo, él no, él de cuándo, él puede pasarse las horas muertas en la cafetería nueva, venga cafetito, venga copichuela con cigarrito, cuenta tú que te cuento yo ahora; cuántas veces no hay que vuelva yo con mi plaza ya hecha, mi carro cargado para toda la semana, y pase por delante de las vidrieras de la cafetería y todavía lo distinga ahí, al fondo, azorrado y como en adobo, en la misma mesa con la misma copa y la misma cara de pavo satisfecho y si me vé pasar agita la mano con ademán quiere que efusivo y me dice que entre y yo con una floritura de dedos y sin mirarlo a los ojos le digo que no, que de qué voy yo a desayunar otra vez, que ya vengo con mi plaza hecha y tú todavía ahí, mira cómo llevo el carro, mira cómo tengo que tirar con los dos brazos, después nos quejaremos, mucho decir después que no tengo tiempo, que esto no es vida, ay las piernas, ay la espalda, ay la leche, un carajo para ti. No quiero imaginar, y confieso que sufro apneas por no saberlo, cómo tendrá la casa este cabrón.

Joaquín -el padre de Sandra- se viene conmigo, siempre vamos juntos a la plaza. Es un hombre serio, ojiprieto, que canea en los aladares y camina encorvado, regostado en una especie de tristeza venerable; y siendo más joven que yo, parece mayor. Todo el mundo lo dice. Tiene un algo patético que le deja querer; es, o debiera serlo, buena persona.

Caminamos en silencio, como si nos conociéramos de toda la vida.

Fumamos de nuestros cigarrillos y arrastramos con indolencia nuestros carritos, los dos de tela a cuadros, así como escocesa. El mío chirría un poco y no tiene la dirección muy acá; además hoy, con cada bache o cada piedra del acerado, deja oír un compás que es como un entrechocar de cristalitos rotos o como un sordo ritmo de maraca caribeña, chis, quichis, chis, quichis, algo por el estilo. El padre de Sandra me mira, intrigado. Es un quilo de almejas que le compré ayer a la niña de la pescadería, le explico sin que me pregunte: las hice con fideos, que me salen muy bien, ¿te puedes creer que no se ha abierto ni una sola? ¡Ni una!, no te miento.

El padre de Sandra encoge un hombro, no se extraña por nada, sonríe, mira al suelo. Pues yo las devuelvo, le digo mirándole al cogote, verás lo que tardo en devolverlas: conste que no lo hago por la mierda que me han costado, pero que me dá mucho coraje callarme las cosas, sabes, y que me tomen por tonto, entiendes, como si uno fuera un idiota, ¡imagina! Con esto y poco más llegamos a la plaza, mosquerío con olor a pescado de azarosos padres de familia.
 
De pequeño me atraía el olor a podrido y a hierba mojada y a verdura fresca que tienen las plazas, pero ya no. El padre de Sandra se vá a la carnicería, cómprame medio quilo de filetes de ternera de los más jugositos, le digo, ¿vas a querer tú algo de la pescadería? La pescadería está a rebosar, ¿quién es el último? El último es un señor muy atildado y diría que abatido, con bigote tricolor, que me dá la vez y me la guarda mientras yo salto a la frutería, a por manzanas, manzanas para mis niños y, ya que estoy, seis plátanos, una piña, medio de mandarinas y cuarto y mitad de picotas para Angela que hoy viene a almorzar y dice que lleva como tres semanas pidiéndome picotas, exagerada, pues venga, ahora que las tengo delante, cuarto y mitad, de las de abajo si no es molestia. Un vistazo profesional a la pescadería: el del bigote sigue disecado y abatido en el mismo sitio, mira al infinito, la cola no avanza porque un tipo con chandal y con perilla teñida no deja de acaparar género, acedías de éstas, boquerones de aquéllos, pijotas de las de más allá, huevas, ahora chipirones, cigalas, ocho cangrejos, patas rusas un sarmiento, se ha vuelto loco, anda tarumba, está criando pirañas en cautividad, no lo sé ni me importa un carajo, así que meto tercera y me encajo con mi carro en el quiosco del Chico que no tiene más que a un tipo avinagrado que ya rehurga por la cartera: Chico, hijo, cuando tú puedas, a ver, recomiéndame un riojita que sea bueno. A Angela le gusta, almuerce donde almuerce, ensopar el condumio con un riojita bueno, como dice ella aunque no entienda demasiado bien ni de vinos ni de retóricas. Y ya que estoy, compro también vino blanco y una garrafita de aceite de oliva y una botella de coca cola de las nuevas de dos litros y medio, que se me antoja un extintor, no sé, tan gorda y colorada que la veo.
 
Brinco a la pescadería, el del bigote de colorines está siendo atendido. Allí me encuentro al padre de Mirian, aburridito con la comida de los niños, me confiesa, que no sé ya qué ponerles, que no les gusta nada de lo que les hago, que no me salen del huevo con las patatas fritas y las hamburguesas de pollo con las patatas chip, que a ver si hoy me los camelo con unos calamares y unas empanadillitas de atún y, por cierto, que esta noche tenemos Boda en la tele. ¿Que hoy tenemos Boda?, me escandalizo y palidezco. El padre de la Mirian asiente, con contundencia de acero. Boda, sí señor, lo reafirma con muy mala leche. Hoy retransmiten en diferido la del sábado, la de Estefanía Fuentebrava con el niñato putón ese de Cádiz.
 
¡Claro...! Claro, me digo, barrunto y me reconcomo por dentro, claro, mordiéndome un trozo de lengua, por eso Angela sale hoy del trabajo al mediodía, por eso es. Si todas son iguales, no se salva una, no se extravió el patrón. Que no se las vé la trenza en todo el santo día, que si los muchos quehaceres, que si las insalvables necesidades de la empresa, que si los compromisos, que si las inspecciones y los balances a última hora, de todo, de todo, pero en cuantito ponen Boda en la tele, ¡milagro!, se dejan caer por casa como avecillas migratorias, qué cucas, qué cucas, pero qué cucas salieron. Ya no basta con la Boda de los domingos, que nos la ponen, encima, cuando están echando el fútbol por la otra cadena; ahora también bodas en diferido los días de entresemana, mierda de país, qué cucas, qué cucas.
 
¡El siguiente...!
 
El siguiente soy yo, caldeado ya del todo. Saco la bolsa con las almejas. La pongo encima del mármol y miro a la pescadera a los ojos. Supongo que mi mirada hiela. Toma, niña, aquí están las almejas que me llevé ayer. ¿Y qué les pasa?, inquiere ella deshaciendo el nudo de la bolsa. Pues nada hija, le digo, si pasar no les pasa nada, pero que a lo que se vé me dejé aquí el cascanueces que debéis regalar con ellas, porque en la bolsa no viene.

La pescadera suelta una risita putesca y me lanza una mirada muy picarona a los pelos del escote, que yo tengo castaños y muy rizados; me los mira con desvergüenza y me afirma que los clientes como yo siempre tienen la razón, que una almeja como debe de bien estar es abierta para poder meter la lengua con holgura y agarrar con mucho tacto el bichito entre los dientes, que debe de deshacerse en el paladar....
 
Y yo que tengo un espasmo de tos y me sonrojo, mira qué tonto, y la pido choquitos, sardinas no porque me dejan la cocina hecha un polvorín, y la pido un lenguado y me descuentas lo que me cobraste de las almejas, guapita de cara, que apañado vá tu marido con tanto bichito loco de almeja fresca que anda suelto por aquí. Esto último me lo callo. Todavía compro algo de verdura en casa Sole, algunas chucherías en el puesto de Juan, pastelitos para el desayuno de Rafa, dos tabletas de chocolate suizo para mí. Ya el padre de Sandra me anda esperando y nos marchamos juntos. Las doce menos cuarto ya, joder, ya vamos de carreras. ¿Un cigarrito? Venga. ¿Una cervecita? Venga también, vamos a echarla, total. Bebemos en silencio, ninguno toca el platito de las aceitunas...
 
Y hoy tenemos Boda, digo yo, por decir algo. Y el padre de Sandra sonríe, encoge un hombro, asiente levemente, mira al suelo. Es un hombre resignado, pero ignoro todavía lo que la vida le hizo primero, si cansarlo o si resignarlo. Sonríe como si un calambre o una embolia le hiciera torcer los labios, sin querer, sin saber o sin poner empeño. Qué hartura de bodas, insisto, ¿es que no se cansan? El padre de Sandra encoge ahora el otro hombro, sonríe. Le dejo pronto. Las doce y cinco. Pago yo. No, hombre. Pues paga tú.

Todavía brujuleo un rato, antes de arribar a casa. En la tienda de Rica compro el pan, dos barras, dos chuscos, seis molletes, los picos, la bolsa de regañá; y vamos, dame pan rallado, dame sal, dos latitas de mejillones, dos latitas de atún, una docena de huevos, colacao, una bandejita de esas con las seis palmeritas de chocolate, dame yogures blancos, dame natillas y flanes, arroz con leche no me des que me sale a mí muy bueno, dame canela y un paquete de arroz. Llevarse chucheos para casa, dice la Rica, que esta noche tenemos Boda. ¿Hoy tenemos Boda?, pregunta un tipo con unas patillas que parecen croasanes recién hechos, con el rostro desencajado por la impresión. Otro más. Y Rica se relame, aplaude satisfecha, es feliz: la Estefanía Fuentebrava con uno de Cádiz que está buénisimo, gorgorita, soñando ya seguramente con la hora de cerrar la tienda y repantigarse frente al televisor, para no coscarse en toda la larga tarde. Así sea.
 
Al Ciruela, de paso, le compro perejil, dos limones, dos zanahorias para mi niño, mi Rafa, que gasta lentes del grosor de dos cazuelas de barro, qué lástima, con lo pequeño que es aún; y un coco, y una lechuga que me encalomo debajo del brazo porque en el carro ya no me cabe nada más. Trastabilleo como un tuareg envuelto en celofán azul. Me vuelvo. Asomo la cabeza a la imprenta, ¡que si están encuadernados ya los fascículos de algo que había de encuadernarse!, que no, pues mañana me paso. En la ferretería compro un tubo fluorescente para el cuarto de baño, que se me orina el personal por la tabla y los aledaños de la tapadera, que no es el tubo que eso va a ser del cebador, arrea, dame un tubo y dame un cebador no vaya a ser que al final demos dos viajes. La ferretera quiere explicarme cómo hay que colocar el tubo, se explaya melosa en consejos que no le pido y se arrima y me roza y me atisba por entre los botones de la camisa, ocho euros cincuenta, huyo raudo, todas pensando las veinticuatro horas del día en lo mismo, salidas, el cebador lo meto en la cartera y el tubo fluorescente me lo encajo en el otro brazo. Al quiosco ya, a por el tabaco, rubio ligh americano para mí, negro canario para Angela, y el Bodas'life, y la Liga Universal, para nada, que después ni la leo, siempre digo después a la tarde le echo un vistazo pero no, nunca puede ser. ¿No se me olvida nada?
 
Vuelvo a casa, cabizbajo, con un zancajeo incierto y torpe, dándole vueltas a la cabeza. Algo se te olvida, Julio. La una ya. En las escaleras me cruzo con Juan, el de Conchita. Estás echando barriga, tío, ¿eh?, me dice socarrón. Y tu puta madre también, me callo yo. Pues no será porque no sudo, Juan, le contesto, que mira cómo vengo. Y tiro del carrito escaleras arriba, resoplando celestialmente. Pues yo te veo más gordito, insiste. Adios, Juan, anda, adios.... le sonrío y lo miro irse, mira quién va a venir a hablar, él, precisamente él, zaborro, morcilloso, atortugado que se relame hasta del aire que sopla, que tiene un culo que es la carcasa de una tómbola, ¿gordo yo? Gordo tú, cabrón, no yo. Es él, y no yo, el que pidió hace tres meses a teletienda el artefacto de los abdominales, el "changerfisic-esport" o como quiera que se llame, que ví el camión sin querer desde la ventana de la cocina y fueron y llamaron a su puerta; desde el patinillo lo oí sin querer, el "changerfisic-sport-man" ese, para la barriga, para el culo y para el cuello, que falta le hace a él y a sus cinco críos, que parecen sacados de antiguas postales de Adena.

A veces no sé cómo no reviento.

Hoy puchero.

Los garbanzos los tengo desde anoche en remojo. Hago la cama de los niños. Rafa, la verdad, no miento, se hace la suya nada más levantarse. Les recojo el dormitorio un poco, un dado, una pistola de júpiter por lo menos, unos calzoncillos de muñeco, un cubo con piezas de colores. Me meto en las babuchas, me cuelgo el delantal, muy lindo por cierto, a rayas blancas y azules, con un tenedor dibujado en un bolsillo y un puro cubano en el otro. Monto en la escoba y jineteo por los dormitorios, por el pasillo, por la salita y por el comedor, poseído de no sé qué espíritu desinfectador. A bayetazo limpio me abro paso de una punta hasta la otra de la casa. Pareciera que disfruto. Y eso que es un pisito pequeño. Y eso que somos cuatro gatos. Y eso que llaman a la puerta. Llaman a la puerta muy flojito, así, tó-tó-tó....Tó-tó.

Ese es Fernando. Abro la puerta.

Es Fernando, el vecino de al lado. Trae una sonrisita de complicidad en los labios. ¿Tendré, por casualidad, una mijita de tomillo? Por casualidad no, Fernando, porque lo compro. Es en realidad, lo suyo, una excusa como otra cualquiera. Un día es la sal, otro el perejil, otro que si medio limón, yo lo sé, yo lo conozco, sólo aspira, pobre hombre, a colarse y hablar un poco, partir en dos grandes trozos su inconmensurable, eterno aburrimiento.

Fernando está solo, no tiene hijos, ni siquiera un canario o una tortuga que me lo entretengan, vive con una mujer que se pasa los días y las noches fuera de casa, dándosela con un cabroncete de Antequera, todos lo sospechamos, todos los hombres del bloque lo sabemos, en fin. Èl no se preocupa de silenciarlo. Sus confidencias personales se diferencian de un parte radiado en que él las vá depositando pacientemente en los oidos de quien le escucha, de uno en uno pero a todos, aunque asegure que "esto nada más que te lo cuento a tí".

Tengo tomillo, sí, Fernando, me queda tomillo.

Él me sigue a la cocina sin que yo lo invite a pasar, que minucias semejantes a este hombre no le arredran el ánimo. ¿Sabes lo de Enrique?, me pregunta, Enrique el de las uñas, en un susurrito destemplado y menesteroso. Empieza la tocata y fuga en do menor, me digo mientras echo un vistazo al reloj de la pared. Lo de fuga es un deseo íntimo, con el que habré de batallar cada dos por tres. Desembucha, Fernando, desembucha te vayas a atorar. Pues que su mujer se ha quedado sin trabajo, la Encarna, la de la ceja. La han despedido. ¡Y no tiene paro ni ayuda familiar! Con los tres niños pequeños, los de los flequillos. La vida, Fernando, la vida, hijo. Y me lo voy llevando hasta el descansillo de las escaleras, donde lo deposito gentilmente.

A las dos menos cinco ya estoy de nuevo a la puerta del colegio. Rafa es el primero que sale, la mochila a las volandas, discerniendo quizás la altura que alcanzaría si atinara a darle una coz sin depender de las gafas. Mi Rafa corre como una mona miope y me salta al cuello en cuanto logra distinguirme entre la caterva de padres, con cuidado que me caes, chiquillo, no seas burro. La niña hace su aparición triunfante a los diez minutos, sin prisas, con todo el sosiego del mundo, arracimada esta vez a cinco zangones que hacen equilibrios estresantes sobre botas de astronauta, cinco nada menos, mira qué bien. Es bonita mi Tere. A pesar de los granos que la escarpan la cara, es bonita. Y comienza a darse cuenta, comienza ya a saberlo. Y sabe, aunque parezca que lo ignora, sabe de sobras que ellos lo saben también... Es bonita mi Tere y yo me siento, hay que ver, un poco más viejo.

Cuando llegamos a casa, dejan el matatolaje colegial en cualquier sitio, donde la gravedad lo deposita; se derrumban en el sofá como si dos bolas de goma perdidas en una redada policial les hubiesen alcanzado mortalmente por allá por la mitad del cráneo; la niña enchufa y picotea de la tele. El niño hojea la Liga Universal.

-- Rafa, hijo, ¿ayudas a papá? -le recrimino , desde la cocina.

-- ¡Que te ayude Tere! -rezonga él, desde el sofá.

-- ¡Tere es una mujer! ¡Anda, ven!

No es mal chico. Es la edad. Se lleva al dormitorio las dos mochilas alpineras, pone la mesa, me saca un fregado aunque las burbujas que suelta el lavavajillas concentrado lleguen a acorralarlo contra el rincón del frigorífico, mientras yo barro el patio y el puchero se calienta. A las dos y media, y cuando los garbanzos están aporreando la tapadera de la olla, más o menos, suena la llave en la puerta. Es Angela. Los niños saltan al cuello de su madre, alborozados y locos como los garbanzos. Angela también deja el maletín de su ordenador en cualquier sitio, donde cae, pero Rafa se encarga de recogérselo.

Angela entra en la cocina, desanudándose la camisa y arrascándose con un dedo por debajo de un pezón, como si le picara. Me rescata la cabeza de una nube de vapor, me besa, me pellizca el trasero, se asoma a la olla, se sonríe...

-- Muy descotado andas -susurra, propinando un tironcito al moño de pelo castaño y rizado que me asoma bajo la nuez.

-- Estoy en casa, cielo -contesto, besándola.

Se vá al baño. Se ducha. La oigo gritar que el agua sale fría, que no hay toallas, que no encuentra el gel, que ya lo ha encontrado pero que no parece ser el suyo, que el champú se ha acabado, que una horquilla está dilatada por efecto de la humedad, que le mande unas bragas limpias... Envío a Rafa en su auxilio, antes de que pueda aparecer su cadáver descompuesto sobre la tapa del retrete. Angela, sana y salva, vuelve a asomar por la cocina a los doce minutos, enfundada en la bata, sembrada en unas babuchas de tercipelo azul, el pelo chorreando y bienoliente... Hurga en el frigorífico, ¡picotas hostias!, exclama, y se hace con un puñado en la palma de la mano.

-- No veo cervezas -comenta.

-- Riojita te he traído - la miro de reojo- Y del bueno.

Aguardo un beso que no llega.

-- Vienen unas amigas esta noche. A ver la Boda. Por eso te lo digo. Alguna cerveza habrá de haber, eh.

-- ¿Hoy hay Boda? -me hago el nuevo, poniendo cara de desconcierto.

-- Estefanía Fuentebrava y el Pimiento de Cádiz, tócate la teta -dice arrebolada, extática, frotándose las manos y ametrallando el cubo de la basura con una ráfaga de huesos de picota- ¡Y en el pueblo de ella...! Aunque en diferido, sabes. Uuuuuuh, Boda de las buenas.

La miro, no sé si embobado como cuando se mira un cuadro o idiotizado como cuando no sabes qué carajo andas mirando.

En diferido, viniendo de los labios de Angela, quiere más o menos decir que la Boda podría muy bien importarle una mierda, pero que en verdad ni debe ni puede ni quiere perdérsela, porque a ver si no de qué chochos hablamos mañana en el trabajo. Y me lo refiere encima así, muy parca, muy dulce, muy sin complejos, oye. Lo que me importa a mí si es en directo o es en diferida. Como si el ser en diferida fuera un atenuante, como si ser en diferida fuera a quitarme a mí de pasarme toda la tarde noche en la cocina, cortando taquitos de queso, pelando papas para las tortillas, vistiendo platitos con rodajitas de mortadela y de jamón york, recogiendo y llenando vasos, yendo y viniendo, desplatillando botellines de cerveza y vaciando ceniceros, de la cocina al comedor y vuelta la cabalgada del comedor a la cocina, a quién lleno, qué os falta, qué más queréis.... todo ello con la más ancha de mis sonrisas.

Callo.

Almorzamos.

Angela escucha el televisor, los niños se lanzan migas de pan a la cabeza, vengo y voy, que si traigo la sal, que si más servilletas, que me llevo el vino, que viene el segundo, agua se pide antes; y de vez en cuando puedo alcanzar dos cucharadas seguidas que llevarme a la boca, oteo, pico de aquí y pico por allá.

-- No me empieces ya a apartar a un lado los garbanzos, Tere, que te estoy viendo - recrimino a la niña.

-- Están duros y a Rafa no le has echado tantos, papá -argumenta la niña, metiendo media nariz en el plato de su hermano.

-- ¡Mennnnntiiiiiraaaaaa! -grita Rafa, empujando a su hermana.

-- ¡Verrrrrrrrrrrdaaaaad! -replica Tere.

-- ¡Mentiraaa!- remata Rafa, apuntalándose las gafas por la nariz.

Tomo la mano de Tere y la miro a los ojos.

-- A Rafa no le quedan garbanzos porque ya se los ha comido. Conque empieza tú con los tuyos.

-- ¡ Prrrfghh! -hace Rafa, sin mirar a nadie en particular, bajándose las gafas de la frente.

-- ¡Pero están duros! ¡Duros, papá! -resopla Tere.

Ahora me exalto:

-- ¡Y un carajo van a estar duros los garbanzos!

-- ¡Julio, virgen santa! -se rebota Angela-. ¡Esa boca!

-- ¡Rafasapo, Rafasapo! -relincha la niña.

-- ¡La última vez que le dices a tu hermano sapo! -grito.

-- ¡Tiene tetas, tiene tetas! -grita Rafa- ¡Tere tiene tetas!

-- ¡Sapo, sapo, sapo, sapo!

-- ¡Tetas como las vacas! ¡Tienes tetas!

A estas alturas reviento.

-- ¡Tere! ¿Quieres hacerme el favor de comerte los garbanzos ya? ¿Quieres o no quieres? ¿Quieres?

Tere arremete con una cucharada de garbanzos, traga, erupta, suspira y dos lágrimas le empañan los ojos. Mocos como flanes de huevo hacen pompitas en la punta de su nariz.

-- ¡Santa virgen! -grita Angela, estampando la servilleta contra el plato, parca como siempre en vocabulario- ¡Pero es que no se puede comer en silencio en esta puta casa? ¿Nunca?

Silencio.

Silencio. Los niños callan. Agachan la cabeza en sus platos y miran de reojos. Mas hoy el silencio dura el tiempo que yo quiero. Porque yo, hoy, no me callo. Hoy no. ¿Hoy? No. ¿Por què habría de callarme?

-- Nunca puede almorzarse sin ruídos y sin trifulcas en esta casa. Nunca. Claro que eso lo sé yo mucho mejor que tu.

Angela no es que se atragante, precisamente, pero si se hubiera atragantado me hubiera demostrado un algo de algo, un sentimiento al menos, aunque fuera abstracto.

-- ¿Insinuas algo? -me dice, primero alzando la copa de Rioja y después mirándome sobre el cristal, antes de beber.

-- ¿Yo? Nada, mujer. Nada, por supuesto. ¿De qué iba yo a insinuarte nada, cariño?

Y me callo solemnemente.

Estalla una carcajada y la barbilla de Angela apunta al techo, con tanta prepotencia y tanta fuerza que me hace buscar, institivamente, un cojín que encasquetarle bajo la séptima vértebra cervical. Un día hice un curso de esos. Sonríe. Noto cómo se me queda mirando, de una manera muy desagradable. Presiento que me sonrojo, pero tengo barba de tres días y el rubor no trasciende:

-- Dime -la miro.

-- Me andarás echando en cara las veces que no vengo a comer a casa, supongo. Te conozco, Julio.

Me sonrío y agito la cabeza, mientras me paso una servilleta por los labios.

¿Yo? Já. Anda mujer, qué cosas tienes. Comamos.

-- Qué más quisiera yo que comer cada día en mi casa -añade ella, jugando con la copa entre los dedos. Y es el caso que ella misma se lo cree.

-- Tanto y tanto trabajo, ¿verdad, cariño?

Angela asiente. Sin dejar de trepanarme la cabeza con su mirada fría.

-- Demasiado trabajo -arguye.- Más del que imaginas.

Asiento yo, con media risita, no puedo evitarlo, dándole un pellizco al bollo y apartando a un lado del plato una hojita de laurel, intrascendente mas saporífera como un pellizco en una rodilla.

-- De todas maneras, cielo -digo- reconocerás que no deja de ser una extraordinaria suerte que los días que puedes escaparte a almorzar a tu casa... sean precisamente los días que ponen Boda por la tele, aunque sean diferidas. ¿El Pimiento de Jerez, era hoy...?

Ya está. Lo he soltado. Ahora, a agarrarse bien. Porque Angela suelta una gran carcajada, una risotada fea que me duele por detrás de las tripas.

-- ¡Acabáramos! ¿Era eso? ¿Es la Boda lo que te mata, Julio? Si ya notaba yo que algo te pasaba, criatura, desde que te comenté hace un rato lo de las cervezas.

-- No me pasa nada, te lo aseguro. Compré Rioja.

-- Lo que más te enrabia es que vengan mis amigas, ¿a que sí?

-- No me enrabia ni me deja de enrabiar nada.  De hecho, compré Rioja, mi amor.

-- ¿Es que me molesto yo cuando te pasas las horas en casa de Baltasar, el del cuarto, hablando de tonterías?

-- ¿Yo? ¿Con Baltasar? -no me lo puedo creer- Compré Rioja y...

-- ¿O cuando viene Fernando y os metéis en la cocina a rajar por los codos?

-- ¿Yo? ¿Con Fernando?

-- ¿Te digo yo algo porque te pases las mañanas en la cafetería nueva? ¿O porque te vayas a la plaza con el padre ese de la niña esa y os metáis después en la bodeguita aquélla?

Golpeo con el bollo sobre la mesa.

-- ¡En la cafetería no estoy más que el tiempo de desayunar! Y en la bodeguita...

-- Cállate la boca entonces, hombre. Respeta, cojones. Me paso cada día doce horas fuera de mi casa, para vestiros y daros de comer. ¿Vas a tener el valor de echarme en cara que vea una Boda con mis amigas?

-- ¡Yo nunca...! ¡Mira...!

-- Calla entonces. Cállate y deja escuchar las noticias. Tengamos el almuerzo en paz, Julio. Hazme el favor.

Las lágrimas anegan mis ojos. Siempre me pasa lo mismo; pienso que aguantaré, que guardo resuello suficiente para soportar su embite, pero estas estúpidas lágrimas vienen siempre cuando nadie las ha llamado ni nadie las necesita. La faz de Angela se me torna borrosa, distante. Miro a mis hijos, que inclinan la cabeza. Siento un nudo en la garganta y arrastro hacia atrás la silla. Una cuchara cae al suelo; me levanto, tropiezo y corro al dormitorio. Un portazo pretende ser un punto y final.
 
Me arrojo sobre la cama y enjuago con silencio este llanto, las lágrimas que rindo a la incomprensión, al desconsuelo amargo de la soledad en compañía, a la impotencia triste de una ira que cuando aflora he de atajar: a la duda acerba del desamor.

La puerta se entorna y entra alguien, sigilosamente. Miro por debajo del codo. Es mi Rafa, mi niño, que ve llorar a su padre y se marcha. Viene después Tere, mi niña linda, me abraza, me da un beso donde pueden alcanzarme sus labios: me he comido todos los garbanzos, papá; no estaban tan duros, me dice.

A los pocos minutos, entra Angela. Toma asiento a mi vera, sin apenas mover la cama.

-- ¡No me toques! -grito.

-- No te he tocado, Julio -dice ella.

Gimo.

-- Perdóname, por favor -murmura.

Gimo más alto, aunque la funda de la almohada aferrada entre los dientes apague mis lamentos.

-- Siento haberte hablado así, de verdad -susurra ella, pasando una mano arriba y abajo de mi espalda.

-- ¡Que no me toques!

Retira la mano.

-- Eres muy cruel, Angela -la recrimino, sorbiéndome los mocos.

-- No me digas eso, Julio. Tú sabes que te quiero; que a veces el genio que tengo, me pierde. Pero te quiero.

Hipé, desembosqué la cabeza, me sequé con un brazo la barba húmeda. Busqué pañolillos de papel en un cajón de la mesilla.

-- Me dices cosas muy groseras, Angela. Yo no te doy motivos. ¿Qué es lo que te he dicho, a ver? Que me gusta que almuerces en casa, ¿te molesta que te confiese algo así? Y compré Rioja que sé... que sé...

Ella calla, sacude la cabeza, aferra mi mano.

-- No te das cuenta, Angela, de que me paso todo el día solo, deseando que vuelvas, preparándolo todo para que lo encontréis todo a vuestro gusto. Ni siquiera me has dicho nada de las picotas que te he comprado, ni de la botella de Rioja, que me ha costado un huevo. Ni de la tableta de chocolate suizo.

-- Perdóname, Julio. Soy una grosera. No mereces estos desmanes, bien lo sé. Bien lo sé yo, mi vida...

Angela me besa los párpados. Me estrecha en sus brazos.

-- Te quiero, Angela; te quiero mucho -lloro ahora en su hombro- Pero eres tan, tan...

Ella corre mis párpados con dos dedos, mientras se levanta. Se dirige a la puerta, la cierra y echa el pestillo.

Vuelve para besar mis ojos húmedos. Besa la piel rasposa de mi cara, me besa en los labios, en un hombro, en el cuello, mientras esos mismos dedos corretean por mi cuerpo, impacientes o arrebatados. Me baja las tirantas del delantal, desabotona a mordiscos torpes mi camisa a cuadros, hm... Y yo me dejo llevar, enloquecido, tendido y extendido sobre la cama. Ella salta sobre mi cuerpo, a horcajadas. Hurga y rehurga y me hace el amor con sabia dulzura y sin embargo, como viene ocurriendo últimamente, con justa precisión, con movimientos medidos, como quien se pone un supositorio para superar un catarro pasajero. Todo acaba en unos minutos. Angela se echa a mi lado, enciende un cigarrillo, lanza volutas trémulas contra la lamparita del techo. Mujeres, pienso... Afuera, Rafa empieza a llorar, Tere ríe, me lo enrabia.

Angela fuma con la mirada perdida, silente y reconcentrada...
 
Y yo me acurruco entre sus pechos, disimulando con tristeza mi erección impávida.


martes, 5 de febrero de 2013

-- Tics nerviosos de mi niño.

 
-- ¿Ya estamos, Rafa? -suelo empezar, agitando un guante deshilachado delante de sus ojillos.

Y él, mi niño, a veces se defiende, inventa excusas o profiere con toda la caradura del mundo que él no ha sido; y a veces, como hoy, asume la culpa con dos grandes sorbidos nasales.
 
Tiene siete años, a fin de cuentas.

Los guantes le vienen durando entre dos o tres semanas; a la que hace tres, por lo general, los guantes amanecen o vienen del colegio maltrechos, deshilachados en las puntas de los diez dedos por mor de los nervios, de esta ansia maligna que lleva al niño a comer uñas como quien come piñones pelados, sin importarle un huevo que entre su dentadura y su dedo indefenso se halle por medio una porción de lana virgen, cotton inglés cien por cien, o al menos eso refería la etiqueta antes de que el niño también se la comiera... por mor de los nervios. 
 
La psicóloga del colegio, doña Francisca Fuentes, dice que eso no es un gran problema, que eso acaba por pasarse.
 
Para la psicóloga del colegio, tener con siete años incisivos de rata y dedos de labriega es lo más normal del mundo. También debe de estar dentro de la normalidad guiñar los ojos como los guiña mi Rafa, hacerlos girar vertiginosamente en sus cuencas hasta que le dan mareos, morderse la carne interna de los pómulos, los nudillos, los cuellos de las camisas; torcer el labio de abajo hacia un lado y arrugar la cara como un bandoneón: este niño de usted, Julio, es que es muy nervioso...
 
Cuidado con el diagnóstico. Esto me lo dice ella mientras ojea unos apuntes, después de haberle hecho al niño seis test infantiles y tenérmelo dos horas descifrando manchas en una cartulina, después de devolvérmelo con las yemas de los dedos pringocheadas de acuarela: que el niño lo que tiene, que es muy nervioso.

-- Mi niño no tiene uno, ni dos ni tres tics, doña Francisca. Mi niño por sí solo es un grande y desmesurado tic. Que eso termine por pasar, no digo que no. Pero que a mí, esta criatura se me encaja en la pubertad con la cara hecha una castaña; no más que verlo, señora Fuentes, que gasta mi Rafa frunces y compulsiones para dar agujetas a quince caras como la suya.

-- Estas cosas pueden venir de familia, Julio.

La licenciada doña Francisca Fuentes tutea a todo el mundo. Más que una libertad tomada, es un derecho que otorga, a quien la ejerce, la ciencia psicológica y la medicina en general: conocer y trabajar con circuitos humanos convierte al paciente en poco menos que una lavadora, un cuchillo eléctrico o un wolkitolki averiado.

Yo he sido la mar de nervioso toda la vida, mi padre también y a mi abuelo, que en paz descanse y según me cuentan, lo llevaba y lo traía por las rúas de su pueblo un llamativo tic que le ganó para los restos el sobrenombre de: "el caballito leré", porque le impelía y azuzaba a ir siempre como al medio galope jerezano, a darse con el talón del pié izquierdo en la nalga del mismo lado mientras caminaba, una cosa así; que se conoce fuera resabio de los tiempos en que corría delante de mi abuela o detrás del trolebús, vayamos ahora a saber.

-- Botica, doña Francisca, botica o tratamiento.

-- Sólo paciencia, Julio. Estas cosas se pasan. No recriminarle. No prestarle atención a los tics. No provocarle tensiones inútiles. Que coma mucha fruta.

-- Le mojaré los guantes en mermelada, si le parece.

Esto último no se lo digo, pero me quedo con las ganas.
 
(extracto de la novela "La soledad, es cosa de dos" , cuyos  últimos capítulos me tienen estos días un tanto enredado. Por ser fiel a mi blog y porque escribir una novela siempre me absorve de cuanto me rodea, no he querido desligarme ni del uno ni de la otra, por lo que he entresacado este texto de uno de los primeros capítulos y lo he colgado aquí con toda la desfachatez que me proporciona ser el dueño y señor de ambos: del blog y de la novela.
La tendré terminada en un par de semanas y todo volverá a girar según está establecido. "La soledad, es cosa de dos" empezará su andadura por editoriales, certámenes y concursos. Y Jesús Tadeo Sila,  una vez la pierda de vista, volverá a centrar su atención en este blog... que es lo que en verdad le da satisfacciones palpables.
"La soledad, es cosas de dos" , será -es mi décima novela- un nuevo tocho de 300 páginas que cogerá polvo en cualquier rincón de una editorial cualquiera.
Pero es así. Si le diera más vueltas, haría años que no hubiera vuelto a escribir... Y sin embargo, cada vez me gusta más. Y llegar a esa meta que son los capítulos finales de una obra que has creado tú, es el mayor orgasmo que puede tenerse en la vida...
Conque disculpa, mi querido blog "de mil humores", si te he estado poniendo los cuernos durante cinco meses).
 
 

 


martes, 29 de enero de 2013

-- Territorio sin dueño.

Total.

Que nos viene la Inma soltando sartenazos a diestro y siniestro, que no es mujer la Inma que se achante ante nada.

Y nos viene la Inma poniendo a parir a quien se tercie: a quien la toque los bajos o a quien se la presuma o vacile de contra alto. No es mujer, no, la Inma, de medias batutas.  Aquí o hay  Bolero de Ravel o habemos la Novena de Beethoven, lo que le salga a ella de sus reales partituras.
 
Territorio sin Dueño, tiene la japuti la desfachatez de llamar a su blog.
 
Ya hay que ser chula. Porque dueño no tendrá el territorio, pero como te lo tomes al pie de la letra y te descantilles, te endiña la Inma un batutazo que no te reconoce la cara ni la madre que te parió. Porque cortar, se corta menos la Inma que una mayonesa de plastilina. La Inma es al pan pan y al vino vino. Y ojito. Ojito con los pan-pan que dispara la Inma.
 
Cumple la Inma un añito de blog. Cumple Territorio sin dueño (pero cuidado con el perro) un añito de andaduras... Y qué menos, ¿no?, que darle la enhorabuena.
 
No recuerdo cómo leches llegué al blog de Inma... De hecho, no recuerdo ni cómo llegué al mío propio, porque creo que lo inauguré una madrugada de borrachera en que tras dos caídas de camino hacia casa me encontraba psicológicamente bloqueado... Y por un desatino del pulso, mire usted,  quise teclear en Google  "bloqueo y batacazos" y tecleé en su lugar "bloguero en tres pasos..."
 
Pero es otra historia.
 
Sin saber aún cómo arribé al blog de Inma, sí que puedo asegurar que solté anclas en tan sugerente puerto. ¿Por qué? Creo sinceramente que por la misma razón por la que tantos la leemos. Porque es como es. Porque no tiene pelos en la lengua. Porque puedes o no puedes estar de acuerdo con ella (es, precisamente, lo que hace amigos a los amigos) pero no puedes negar el hecho de que no inventa, de que no finge, de que no te  suelta las cosas bordadas de mil rocamboleces académicas. Inma es como es. Te gusta o no te gusta.
 
Territorio sin dueño es como es. Lo lees o no lo lees. Nadie te obliga y nadie te pide que estés de acuerdo... Y el milagro que consigue la japuti de su autora (la Inma) es precisamente éste: que por muy en desacuerdo que estés con cuanto escriba, terminas reconociendo que es una persona legal. No engaña la Inma. No finge la Inma. Dice lo que piensa la Inma y lo dice la Inma sin pretender ser ni mediana ni comedidamente correcta. Si hay que soltar un coño se suelta y si a la polla se le dice polla, ¿pa qué vamos a coger el diccionario de sinónimos y llamarla "apéndice masculino por los arrabales del ombligo"?
 
No veo yo a Inma, en verdad (y no pretendo desanimarla), escribiendo una novela. Si acaso, una autobiografía dentro de 50 años. ¡Y no tendría desperdicio...! Pero Inma no es escritora de novela. Los escritores de novela tienen la capacidad de desconectar del mundo real. Inma no desconecta. Los escritores de novela buscan mundos o los inventan. Inma le saca partido al mundo que pisa. Los escritores de novela crean lo que no hay... Inma se recrea en lo que ya hay y lo que la rodea. Y todavía le sobra.
 
Es un don (para mí, al menos) envidiable. Yo para escribir necesito cerrar los ojos y buscar. Y esta Inma a la que sigo, tiene la virtud de abrir los ojos y elegir: Inma sería y de hecho es, una gran articulista.
 
Conque poco puedo añadir. Si ya conocéis Territorio Sin Dueño, mi enhorabuena: leas lo que leas, no sales con cara de pez globo.
 
Y si no lo conocéis, asomaros. Hay millones de blogs por estos andurriales, pero la mayoría buscan el aplauso, el suscriptor a tiro, el post "a medida" de una talla, el quedar bien con todos...
 
Territorio Sin Dueño cumple un año y hace honor a su nombre: ni se casa con nadie ni mendiga que te cases con él.
 
Lo que hay es lo que hay. Y la Inma es mucha Inma.
 
Felicidades, hermana.


 
 
Quizás le interese:
-- Blog: "Territorio sin dueño".
 

martes, 22 de enero de 2013

-- Nace una madre.

Ser Madre.

¡Toma ya... !, porque lo escribe un padre.

Todo viene a cuento de un post precioso del blog de Ana Azul titulado:  "Madres".

Pretendiendo, como es de recibo, dejar el pertinente comentario en un artículo que te gusta de un blog al que habitualmente sigues, me doy cuenta de que me voy de largo... O sea. Que del comentario que dejo a la compañera Aniazulada voy y le recorto 200 renglones y me sale el post de hoy.

Es lo bueno que tiene comentar. Que te inspira y al grano.

Habla nuestra amiga Ana de las Madres y quiero yo hablar de las madres.

Se habla de lo hermoso que es ver crecer a un hijo, pero se habla poco de lo hermoso que es ver crecer a una madre...

Y no, no me refiero a esa viejita que a mi edad podemos o no gozar de la suerte de tener aún al lado. No me refiero a ella, no.

En mi caso, me quiero referir a esa otra madre... a la madre de nuestros propios hijos.

A la madre a la que he visto crecer a la par que he visto crecer a mi hijo.

A esa madre que no lo era. A esa adolescente loca (no hallo otro diagnóstico más apropiado) que con veinte y pocos años se enamoró de mí (qué valor).

A esa muchacha a la que un día invité a pasear por Triana. A esa chica de apetitosas redondeces a la que lograba arrancar primero diez y después mil sonrisas...

A esa muchacha que soñaba tanto como yo soñaba. Que un día, sin venir a cuento, me cogió de la mano.

Y que sin venir a cuento un día, me besó o dejó que yo la besara.

A esa muchacha. A esa muchacha que estrenaba ropa para mí y se perfumaba para mí, que pasaba las horas buscándome en el minutero de su reloj... tal como yo las mías pasaba acariciando su foto en un pliegue de mi cartera.

A esa muchacha. A esa muchacha con la que compartí el gran letargo de una adolescencia, hace poco, no hace nada, ¡ni siquiera veinte años!, a esa muchacha a la que una noche pasé el brazo por el hombro... y me lo permitió.

A esa muchacha.

A esa muchacha loca (busco y no hallo valoración psicoanalítica) que compartía todo: que mezclando sus desvelos con mis ilusiones, sus deseos con mis niñerías, sus fuerzas con mis nostalgias o sus ganas de vivir con mis ganas de resistir... conseguía, cada tarde y cada noche y cada madrugada, hacer sin hielo el cóctel que hoy disfrutamos.

A esa muchacha que bebía de mi copa o fumaba de mi cigarrillo.

A esa muchacha a la que hice y me hizo hacer el amor en el Parque de María Luisa, en el portal de una calleja o de un callejón cualquiera, en los Jardines de Murillo, en el asiento de un viejo coche, en un ascensor, en una escalera...

Locos, locos, locos... No hallo más diagnóstico que Amor.

A esa muchacha.

A esa muchacha a la que vi minuto a minuto, hora a hora, día a día y mes tras mes convertirse en madre.

Claro que hablamos del orgullo y la ilusión de ver crecer a un hijo.

Pero como hombre, con igual orgullo e igual ilusión agradezco y no olvido cómo he visto ante mis ojos ver nacer a una Madre.

Esa muchacha que un día me besó o se dejó besar, qué importa.

Esa muchacha que en la cama de un hospital me tendió los brazos:

-- ¡Hemos traido a una niña preciosa...!

Y no. No era solamente eso.

Me quedé con las ganas de decir:

-- Ha venido al mundo una Madre preciosa.
 
Y hoy, ¡gran ingrato!, he recordado que olvidé decírselo.
 
Quizás le interese... digo yo:
 

jueves, 17 de enero de 2013

-- La Soledad y sus muertos.

Mi hermana nació cuando yo tenía ocho años. Y la maté ahogándola en la bañera, una mañana en que mamá bajó unos instantes a comprar el pan y la leche.

Fueron días de mucho ajetreo y mucha llantina vana, y lo único en verdad negativo que hoy recuerdo fue la cantidad de familia y gente desconocida que pasaba por casa a dar los pésames, tomar café y compadecer a mis padres, a cualquier hora, sin avisar, como si la casa fuese suya. ¡Y esos ingratos pellizquillos que me daban en la cara...!

A mi padre lo maté a los quince años, una noche de verano en que se acostó borracho en la terraza. No tuve más que girar la butaca. El suelo, quince metros más abajo, colaboró.

A mi madre, la asesiné tres meses después: ni recuerdo cómo.

Me adoptaron unos tíos por parte de la familia de mi difunto padre. Unos tíos que tenían dos hijos (mis queridos primos) a los que asesiné asfixiándolos con una almohada.

Más tarde y conforme pasaron los años, asesiné a mi primera novia, a mi mejor amigo de la mili (los chopos se disparaban con una puteril facilidad), al casero del ático donde me fui a vivir en soledad...

Maté sucesivamente a mi esposa, a mi gata, a mis hijos, a mi jefe, a mi perro, a dos compañeros de trabajo, a mi suegra, al farmacéutico con quien compartía algún mediodía que otro una cervecita y unas olivas en la tasca de Tomás.

Maté a Tomás, por descontado.

Maté al representante del Círculo de Lectores, que me visitaba cada dos meses.

Por entonces me llevó la inquietud a visitar a una Psiquiatra con la que llegué a acostarme, confesarme, dejarme psicoanalizar y aborrecer, por ese orden. Y a ella, que pretendía a ratos exculparme por legar  a la ciencia las surtidísimas disociaciones y psicopatías y tumoraciones rupestres que ornamentaban las paredes de los rincones más obscuros de mi sesera... a ella la maté también.

De los dos policías que vinieron a casa a arrestarme, maté a uno.

En la cárcel y en espera del juicio, maté al compañero de celda.

Me metieron en un cuartucho negro y en sombras, y maté a las dos ratas que aparecían puntualmente cada mañana por debajo del lavabo.

Hace solamente tres semanas que vuelvo a pisar las calles de mi ciudad.

-- ¡Es un asesino! -clamó la ventisca popular.

-- ¡Es un pobre enfermo mental! -arguyó mi abogado defensor, blandiendo en la mano media docena de jeroglíficos psicotécnicos y ocho cartulinas con el test de Rorschach.

-- "A Juicio -proclamaron los periódicos- el autor confeso de más de cien asesinatos".

Pero el Juez, hombre eminentemente sabio y comprensivo, emitió su veredicto tras sumergirse horas y horas en mi amplio historial, que comenzó a los ocho años con el nacimiento de mi hermana:

-- Es un hombre tímido y solitario -argumentó-. Y no se puede condenar a nadie por ser tímido y amar la Soledad -mazazo sobre la mesa- ¡Siguiente caso!

Y aquí me encuentro. En casa. Fumando apaciblemente...

Mirando la lista de suscriptores a mi blog y pensando que voy a tener que seguir luchando duro por lo que siempre he querido: nadie a mi vera y Soledad.

Maldita timidez.

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