miércoles, 3 de junio de 2015

-- Cómo se responde a un hijo.

     Es lo que más quiero del mundo, y que el resto del mundo me perdone.


     Ha llegado del colegio, me ha besado, ha aparcado la mochila en un rincón con solamente una patada, se ha cambiado, se ha lavado las manitas y se ha sentado en un extremo del sofá.


     No ha puesto la tele. Yo en un extremo del sofá y ella en el otro.


     Ha ido deslizando su culete sobre los cojines, hasta arrimarse contra mi cuerpo. Me ha cogido la mano. Me ha mirado. He pensado, "¡ay, ay...!"


     Y efectivamente. Estaba escrito. Hoy era el día...


-- Papá.


-- Mi cielo.


-- Papá. A ver. ¿Los Reyes existen o no?


     Confieso que me pilló leyendo el periódico, con lo que en principio respondí:


-- Pues claro, mi cielo. Existen. Se caen, se operan, cazan elefantes, se operan, tropiezan, se operan, estrenan muletas con claxon incorporado, se operan, chocan con los abetos de palacio, se...


-- ¡Papá! ¡Los Reyes Magooooosss....! ¡Digo los Reyes Magos!


     Hoy era el día, ya lo he dicho. Ese día que sabemos que llega tarde o temprano, pero llega.


     Dejé el periódico a un lado, respiré hondo, encendí un cigarrillo y me dispuse a enfrentarme a lo inevitable con la entereza que me caracteriza.


-- ¡Cariño...!


     Pero mi santa esposa estaba en la cocina. Siempre desaparecen cuando más se las necesita. Almorzar, al fin y al cabo, se puede almorzar a otra hora, pero...


-- Es que dicen mis amigas que los reyes sois los padres. Y yo creo que es verdad. Es que no puedo creerme que... Bueno, dime... Papá...


-- ¿Y vas a creer a tus amigas antes que a mí? -la sonrío.


-- Es que ya el año pasado te oí a las cinco de la madrugada gritándole a mamá que dónde había que ponerle las pilas al Nenuco Cagoncete... No os dije nada para no disgustaros, papá.


-- Bien, bien, mi reina. Bien. ¿Nenuco Cagoncete...? Sí. Ya. El año pasado... Sí. Bien. Bueno. Los Reyes Magos... Tal y como la tradición o la cultura cristiana explican que...


-- ¡Papá! ¡Que sois vosotros, los padres! ¡Ya está! Si yo ya lo suponía...


-- Sí, pero no quiero que pienses que... En fin... Se dice los Reyes pero en verdad... ¿Nenuco Cagoncete era? Bueno... Bien...


-- Vale, papá.


-- Pues eso, cielo, lo que te he explicado. ¿Te pongo la tele?


-- No. Quiero hacerte otra pregunta, papá.


-- ¡Cariño...!


     No entiendo que haya que encerrarse en la cocina para cocinar, la verdad. No me explico que...


-- ¿Entonces Dios tampoco existe?


-- Bueno... Dios, Dios... Tú te refieres a Dios. Bueno. Dios es... ¡Dios! Dios es Dios. Que no existan los Reyes o que tú -¡porque lo has dicho tú y tu pandilla de amigas!- nieguen la existencia de los Reyes Magos, no significa que Dios... Dios... Vamos, que Dios existe. ¿O es que no puede existir tampoco? ¡Claro! ¡Vais de listillas... tú y esa amiga de las trenzas que tiene un padre con cara de tomate! Pues Dios existe.


-- Pero yo nunca lo he visto.


-- ¡Jaja! ¿Es que tiene que bajar Dios también a ponerle pilas al Nenuco Cagoncete para demostrarte que existe? ¡Eh? ¡Eh? Ya se las ponen los... Se las pongo yo. Dios existe y punto. No se ve. No se nota. No se siente. Es como ...


-- ¿Como una compresa?


-- ¡Dios...! ¿Pero ya tú...? ¡Cariño! ¡Cariño!


-- Mamá está en la cocina, papi.


-- ¡Exactamente! ¡Pero que esté en la cocina no significa que no me escuche! ¡Cariño...!


-- Vale, papá. Te he entendido. Quieres decirme que es como Dios... No se ve, pero se sabe que está ahí. No te oye, pero puedes llamarle, ¿no?


-- ¡O gritarle! ¡Cariño...! ¡Puedes gritarle y no te contesta pero sabes que está ahí! ¡Cariño! ¡En la cocina!


-- En el cielo, ¿no?


-- ¡En la cocina! ¡En el cielo...! Dios está en el cielo si... ¡Cariño...!


-- Papá. Papá. Que ya te he entendido.


-- Pues eso... Lo que te estoy explicando. ¿Te has lavado las manos?


-- Yo ya me di cuenta sola de que el Ratón Pérez no existía. De que mamá me dejaba un regalo debajo de la almohada cuando yo...


-- ¡Hemos estado en casa del Ratón Pérez! ¡En Madrid! ¡Lo has visto con tus propios ojos! ¿Cómo me dices ahora que...?


-- ¿Te estás enfadando, papá?


-- ¡No!


-- Y entonces por qué...


-- ¡Cariño! ¡Cariñooo...!


-- Está en la cocina, papá.


-- Sí, sí... Bien. Los Reyes Magos... Nenuco Cagoncete. Dios... Compresas. Ratón Pérez... Hace pocos siglos que quemaban por herejes a gente como tú, mi niña. Bueno. Ya vale, ¿no?


-- Y cuando la abuela me decía que la cigüeña traía...


-- Para nada. Pura relación sexual.


-- Ya. Lo de los genitales y los espermatozoides y los óvulos y...


-- ¡Cariñoooo...!


-- ¿Sabes que solamente un espermatozoide de entre cientos de millones...?


-- ¡Cariño...!


    Pero en ese momento me vuelvo y la cojo de la mano y la miro a los ojos.


-- ¿Qué dices, niña? ¿Qué me hablas? ¿Que solamente uno...?


-- Solamente uno llega a fecundar el óvulo, papá.


-- ¡Venga ya!


-- ¡Sí...! ¡Lo dimos el año pasado!


-- Pero.... ¿y los demás? ¿Y...? ¿Cómo...?


-- ¡Mamá....!


-- ¡No te escucha! ¡Mamá está en la cocina! ¡¿Cómo quieres que te escuche?! Pero dime. ¿Quieres hacerme creer que de cientos de millones de espermatozoides solamente uno fecun... fecunda...el óvulo?


-- Exactamente.


-- Espera, espera. Entonces me estás diciendo que...


-- ¡Mamá....!


-- ¡Quiero saber la verdad!


-- ¡Mamá...!


-- ¡Está en la cocina! ¡No te oye! ¡Exactamente igual que si fuera un  espermatozoide de esos que no...!


-- ¡Mamá...! ¡Papá no me dejaaaa! ¡Mamiii...!


     No me lo podía creer. Cientos de millones de espermatozoides pugnando por un mismo objetivo. Y yo que creía que era solamente uno. O dos, a lo sumo. O sea, que cualquiera de ellos... O sea, que el único que alcanzó la meta... O sea, que los restantes... ¿Y si yo no...? ¿Y si el esperma que me dio forma no hubiera llegado a... ? Entonces yo...


     De pronto sentí que la vista se me nublaba. Me entró un vértigo grande por el cuerpo. Y antes de desmayarme, aborrecí a mis padres que me criaron entre mentiras y cuentos, sin explicarme nunca nada, entre fábulas y nanas de ensueño, dándome a entender que me esperaban exactamente a Mí.


-- Se ha desmayado de pronto, mami -escuché la voz de mi hija, muy lejana.


-- ¿De pronto?


-- Le dije que los Reyes Magos no existen.


-- Ay, mi cielo. Déjalo estar. Cuando despierte, ni se te ocurra decirle que la mula y el buey tampoco anduvieron por allí. Tu padre se impresiona por nada.