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miércoles, 27 de diciembre de 2023

-- Adoptar un Hijo

Vayan ante todo mis respetos a muchas organizaciones de valía. 

¿Pues no resulta que empiezan a resultarme odiosos los programitas de la tele,  diciéndome que mande un euro al quinto coño para que se vacune a un niño? ¿O esas campañas de no sé qué compañas para que adopte virtualmente a un meón por solamente 12 euros al mes?

Si tanta criatura se muere de hambre, ¿por qué leches hay que esperar seis años para poder adoptar una? ¿Qué tipo de negocio negro se esconde detrás de este temita de las adopciones?

¿De veras se quiere acabar con la mortandad infantil? ¿Y por un solo euro la llamada? ¿Por un euro al mes? ¿Por doce euros al año?

 Hay miles de familias esperando a un hijo en adopción. Miles de familias (porque las conozco muy de cerca y cualquiera puede tenerlas a su lado) que no darían solamente un  euro para mantenerlos con vida un año, sino que pagarían alegremente cada día por darles de comer, por darles estudios, por cantarles  una nana, por abrazarlos o por besarlos en cuanto abren sus ojos. 

Miles de familias. Miles de parejas, sean del sexo que sean, que se miran a los ojos cuando ven estos anuncios en la tele... y se dicen sin hablar: "¿un euro?,  ¿un euro... ? Nuestra vida le damos a una criatura de éstas si la tuviéramos aquí ya, en casa, en esta cuna vacía que solamente se ha ido llenando de ilusiones".

No sé quién maneja este tema de las adopciones. 

No sé quién lleva las riendas, quién decide a un buen padre o a una ejemplar madre... No lo sé.  

Pero sea quien sea, no merece estar ahí. 

Si hay tanto niño que muere (no me refiero a quienes tienen a su familia, porque al menos morirán juntos y ya es algo); pero si tanto niño hay solo por estos mundos, ¿a qué viene pedir limosna por televisión? Casi, casi, como la matrona gitana que pide por las calles con un bebé en brazos. Porque me suena a lo mismo.

Dad ejemplo. Dad esas criaturas moribundas a quienes en verdad las quieren... y deben de aguantar seis años de espera y de pesquisas, como si fueran unos padres delincuentes en potencia a los que hay que cachear y vigilar continuamente. Y además, pedirle una especie de fianza de más de 12 o 15 mil euros. Puedo repetirlo: 12.000 ó 15.000 euros... Como si en vez de padres, fueran ellos los delincuentes. O como si debieran de pagar un rescate por dar amor... ¿en qué mundo vivo? ¿En qué mundo vivimos?

Agilizad las adopciones. Habrá menos niños muertos. Menos tráfico de niños. Menos negocio, menos prostitución, menos hijos de puta ganando dinero con todo este tema.

No quiero mandar un euro ni poner un SMS a tal número, para que un niño dure 24 horas más.

Mándadmelo a mi casa. Aseguro que no le faltará de nada. 

Y el euro, para piruletas y chuches.






jueves, 13 de octubre de 2016

-- Carta dentro de un libro.

Transcribo, sin añadir ni quitar coma, una carta que encontré entre las páginas de una novela policíaca, adquirida días atrás en una vieja librería del centro de Sevilla, más exactamente en un conocido mercadillo de libros usados. La carta tiene fecha de hace ya muchos años y tan sólo he cambiado los nombres propios.
    
     Ver la cara de tu amante, me ha hecho reparar por primera vez en la tuya, Ángela. Esto que lees, no se parece en nada a una novela policíaca de las que tanto gustas. Y como puedes observar, si en verdad lo fuera, pocos la leerían, porque la intriga ha quedado desvelada en la primera línea que he escrito: debes entender que lo sé todo. Y a partir de aquí, o seguir leyendo o conformarte con saber que se acabó el cuento: el de hadas de tu joven amante, el de terror de éste tu indeciso esposo. O el de viajes y aventuras donde has sido tú la intrépida protagonista durante no sé ni me importa cuánto tiempo.
    
     Ramón Conde -¿te suena?, ¿te sorprendes?- me ha parecido un jovencito de lo más encantador, así, visto a lo lejos, jaja. Si es un crío, Ángela, si es un crío, ¿cómo has podido...? Le doblas la edad. Es un crío a tu vera y ni siquiera he tenido valor para arrastrarlo por las calles, porque sé que lo engañas a él tanto como a mí.
    
     Los ojos de tu amante y los ojos de nuestros hijos, como los de cualquier niño,  son tan parecidos... Gastan miradas que no temen al desengaño, porque ni siquiera imaginan que exista nada en otras miradas que pueda no ser tan noble como en las que en ellos centellea. Los ojos de ese Ramón y los ojos de nuestros hijos, ¿lo has pensado alguna vez?, son ojos condenados a deshoras a conocer el brillo de la perfidia, a perder por un ruin capricho ajeno (el tuyo) la facultad mágica del asombro, a no parpadear más delante de la cara de quien más confianza les mereció: tú. Tú, Ángela. ¿De veras que nunca te has dado cuenta?
    
     Me ha costado trabajo, pero no ha sido un trauma desolador dejar de amarte. Quiero decir, que parece cierto que tememos más a los sentimientos que a los hechos que los motivan. Que suele dar más miedo pasar miedo que plantar cara a la causa que lo provoca. Y eso debe de ser lo que me ha llevado últimamente a esquivar o a pretender eclipsar la certeza inexcusable de que algún día tendría que escribirte una carta como ésta, para decirte simple y llanamente que he dejado de quererte.
    
     Que ya no te quiero, Ángela. Y que ver la cara de tu amante me ha hecho reparar por primera vez en la tuya. Me ha hecho fijarme con más detenimiento en la de nuestros hijos, para preguntarme lleno de dolor que quién osa burlarse, que quién se atreve, que quién puede tomarse a guasas o desbaratar de una bofetada sin mano la inocencia mágica que irradian sus miradas... Porque atiende, escucha. Que la vida aseste palos, me parece normal y hasta edificante: pero que los palos los aseste gratuitamente la misma madre que nos parió, me parece imperdonable, perverso por no decir una verdadera cabronada, digna de cobardes que ni merecen el desquite a que obliga el insulto.
    
     Y mira que te he querido... ¡cuánto te he querido! No temas, porque nada enturbiará mi memoria. Nada de esta Ángela reflejada hoy en los ojillos claros de un jovencito imberbe, ensombrecerá nunca a la Ángela a la que amé. Que te he querido y que ya no te quiero, eso es lo único que va a revelarte esta carta.
    
     Antes de ponerme a escribir, he estado hurgando en la caja de lata donde guardamos las fotos. En una aparecemos tú yo, de recién casados. Hay otras en que aparecemos de novios, hace más de veinte años, sentados en un columpio de un parque, yo afeitado y tú todavía con el pelo hasta la cintura. Después, fotos de colores más vivos en que aparecen ya nuestros hijos, Tere con apenas cinco añitos, Tere en su primera comunión mostrando en la muñeca su reloj blanco. En otra estampa muy bonita estás tú, de medio cuerpo y desnuda de la cintura para arriba, dando el pecho a Manuel, que se aferra con sus manitas a tu cuello. Las últimas, de hace un año, todos en la playa, formando una escalera sobre la arena, hincando la sombrilla, retozando o bañándonos... Y en una de ellas, tú y yo besándonos. Me he pasado horas con esta foto en la mano, observando tu cara. Supongo que ya salías con Ramón entonces. Que esas llamadas que ibas de vez en cuando a hacer a la cabina próxima, para preguntar por tu hermana o por tu madre, eran tan falsas como tu pretendida placidez o tu desbordada sonrisa ante la cámara. Supongo que cuando desfilábamos cada mañana camino de la playa, o cuando sesteábamos en el apartamento, o cuando salíamos a cenar a un velador por las noches, supongo que ya tú pensabas en él. Tus dedos, supongo, ya guardaban entonces el tacto de su piel. Y tus labios...
    
     ¿Pero sabes qué es lo que más me asombra de todo esto? ¿Sabes el sentimiento más extraño que ha propiciado en mí esta caja de lata repleta de fotografías? Te lo diré. La sensación de que no podré ya prescindir de ella. De que ahora más que nunca, vendré a perder la vista por aquí: cualquier mañana como hoy mismo en la soledad de esta salita, o cualquier noche en el mar sin horizontes de mi cama. La sensación de que necesito hoy, ¡y no me duele!, recordar día tras día que he sido feliz a tu vera. Que te he amado sin contemplaciones y que mi memoria por siempre estará impregnada de ti.
    
     Lo que tú haces y lo que tú hagas ya, a mí va a importarme un carajo. Y te lo digo así de drástico y de bárbaro, como quien arroja una palada de cemento que presta contundencia a este muro de acero: porque a aquél lado te quedas tú y a éste otro me quedo yo, con mi caja de lata cargada de instantes... Y de cada instante, ¿no lo sabes?, es menester recordar el sentimiento que cada uno nos propició y no tanto el instante reflejado en la imagen. Recordar risas pero no el chiste. Recordar cosquilleos de placer, pero no la mano que los propició. Recordar la ilusión de una cita sin necesidad de tener que recordar quién debía de acudir a ella... Eso me quedo. Sólo de esta forma se vive mirando al frente, sin hacerle el juego a la añoranza y sin desear nunca, para nada, volver atrás.
    
    Tú te perderás, Ángela, serás para siempre pura química impregnando papel kodac. De ti sólo me restarán sensaciones. Evocaré amor sin evocarte a ti. Miedo sin evocar monstruos. Será difícil pero aprenderé a hacerlo cada día un poco mejor, en la soledad temprana de esta salita o en el mar sin horizontes de mi cama; al principio, con la caja de lata sobre mis rodillas, después sin otra cosa que mi antojo... Y mi bella Tere y mi travieso Manuel.
    
     Te dejo, Ángela. Y no es una coletilla más para rematar una carta cualquiera: te dejo en el sentido más amplio de la palabra. ¿Lo coges? Te dejo porque en los ojos de tu amante he podido asomarme a los tuyos y he visto también reflejados los de mis hijos. Ramón Conde está, al fin y al cabo, en esa edad en que los azares de la vida asestan, tarde o temprano, sus primeras estocadas, casi siempre bajo el disfraz luminoso del Amor.
    
     Pero mi Tere y mi Manuel, no. Todavía no. Tanto más si el disfraz que para la ocasión ha elegido el azar, es el disfraz de su mismísima madre.
    
     Te quise un día: Julio.


Esta es la carta, tal cual la encontré, muy arrugada pero cuidadosamente doblada en el interior de una novela policíaca. El papel es viejo y presenta en su superficie a modo de unos como oasis aislados y blanquecinos, que he intuído perfectamente fueron un día huellas de lágrimas. No puede discernirse, claro está, de lágrimas de quién. Si de quien la redactó o de quien fué su destinataria. Eso quedará, aunque no tenga mayor importancia, a la imaginación de cada cual.







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miércoles, 3 de junio de 2015

-- Cómo se responde a un hijo.

     Es lo que más quiero del mundo, y que el resto del mundo me perdone.


     Ha llegado del colegio, me ha besado, ha guardado su mochila en un rincón con solamente una patada. Se ha cambiado, se ha lavado las manitas y se ha sentado en un extremo del sofá.


     No ha puesto la tele. Yo en un extremo del sofá y ella en el otro.


     Ha ido deslizando su culete sobre los cojines, hasta arrimarse contra mi cuerpo. Me ha cogido la mano. Me ha mirado. He pensado, "¡ay, ay...!"


     Y efectivamente. Estaba escrito. Hoy era el día...


-- Papá.


-- Mi cielo.


-- Papá. A ver. ¿Los Reyes existen o no?


     Confieso que me pilló leyendo el periódico, con lo que en principio respondí:


-- Pues claro, mi cielo. Existen. Se caen, se operan, cazan elefantes, se operan, tropiezan, se operan, estrenan muletas con claxon incorporado, se operan, chocan con los abetos de palacio, se...


-- ¡Papá! ¡Los Reyes Magooooosss....! ¡Digo los Reyes Magos!


     Hoy era el día, ya lo he dicho. Ese día que sabemos que llega tarde o temprano, pero llega.


     Dejé el periódico a un lado, respiré hondo, encendí un cigarrillo y me dispuse a enfrentarme a lo inevitable con la entereza que me caracteriza.


-- ¡Cariño...!


     Pero mi santa esposa estaba en la cocina. Siempre desaparecen cuando más se las necesita. Almorzar, al fin y al cabo, se puede almorzar a otra hora, pero...


-- Es que dicen mis amigas que los reyes sois los padres. Y yo creo que es verdad. Es que no puedo creerme que... Bueno, dime... Papá...


-- ¿Y vas a creer a tus amigas antes que a mí? -la sonrío.


-- Es que ya el año pasado te oí a las cinco de la madrugada gritándole a mamá que dónde había que ponerle las pilas al Nenuco Cagoncete... No os dije nada para no disgustaros, papá.


-- Bien, bien, mi reina. Bien. ¿Nenuco Cagoncete...? Sí. Ya. El año pasado... Sí. Bien. Bueno. Los Reyes Magos... Tal y como la tradición o la cultura cristiana explican que...


-- ¡Papá! ¡Que sois vosotros, los padres! ¡Ya está! Si yo ya lo suponía...


-- Sí, pero no quiero que pienses que... En fin... Se dice los Reyes pero en verdad... ¿Nenuco Cagoncete era? Bueno... Bien...


-- Vale, papá.


-- Pues eso, cielo, lo que te he explicado. ¿Te pongo la tele?


-- No. Quiero hacerte otra pregunta, papá.


-- ¡Cariño...!


     No entiendo que haya que encerrarse en la cocina para cocinar, la verdad. No me explico que...


-- ¿Entonces Dios tampoco existe?


-- Bueno... Dios, Dios... Tú te refieres a Dios. Bueno. Dios es... ¡Dios! Dios es Dios. Que no existan los Reyes o que tú -¡porque lo has dicho tú y tu pandilla de amigas!- nieguen la existencia de los Reyes Magos, no significa que Dios... Dios... Vamos, que Dios existe. ¿O es que no puede existir tampoco? ¡Claro! ¡Vais de listillas... tú y esa amiga de las trenzas que tiene un padre con cara de tomate! Pues Dios existe.


-- Pero yo nunca lo he visto.


-- ¡Jaja! ¿Es que tiene que bajar Dios también a ponerle pilas al Nenuco Cagoncete para demostrarte que existe? ¡Eh? ¡Eh? Ya se las ponen los... Se las pongo yo. Dios existe y punto. No se ve. No se nota. No se siente. Es como ...


-- ¿Como una compresa?


-- ¡Dios...! ¿Pero ya tú...? ¡Cariño! ¡Cariño!


-- Mamá está en la cocina, papi.


-- ¡Exactamente! ¡Pero que esté en la cocina no significa que no me escuche! ¡Cariño...!


-- Vale, papá. Te he entendido. Quieres decirme que es como Dios... No se ve, pero se sabe que está ahí. No te oye, pero puedes llamarla, ¿no?


-- ¡O gritarle! ¡Cariño...! ¡Puedes gritarle y no te contesta pero sabes que está ahí! ¡Cariño! ¡En la cocina!


-- En el cielo, ¿no?


-- ¡En la cocina! ¡En el cielo...! Dios está en el cielo si... ¡Cariño...!


-- Papá. Papá. Que ya te he entendido.


-- Pues eso... Lo que te estoy explicando. ¿Te has lavado las manos?


-- Yo ya me di cuenta sola de que el Ratón Pérez no existía. De que mamá me dejaba un regalo debajo de la almohada cuando yo...


-- ¡Hemos estado en casa del Ratón Pérez! ¡En Madrid! ¡Lo has visto con tus propios ojos! ¿Cómo me dices ahora que...?


-- ¿Te estás enfadando, papá?


-- ¡No!


-- Y entonces por qué...


-- ¡Cariño! ¡Cariñooo...!


-- Está en la cocina, papá.


-- Sí, sí... Bien. Los Reyes Magos... Nenuco Cagoncete. Dios... Compresas. Ratón Pérez... Hace pocos siglos que quemaban por herejes a gente como tú, mi niña. Bueno. Ya vale, ¿no?


-- Y cuando la abuela me decía que la cigüeña traía...


-- Para nada. Pura relación sexual.


-- Ya. Lo de los genitales y los espermatozoides y los óvulos y...


-- ¡Cariñoooo...!


-- ¿Sabes que solamente un espermatozoide de entre cientos de millones...?


-- ¡Cariño...!


    Pero en ese momento me vuelvo y la cojo de la mano y la miro a los ojos.


-- ¿Qué dices, niña? ¿Qué me hablas? ¿Que solamente uno...?


-- Solamente uno llega a fecundar el óvulo, papá.


-- ¡Venga ya!


-- ¡Sí...! ¡Lo dimos el año pasado!


-- Pero.... ¿y los demás? ¿Y...? ¿Cómo...?


-- ¡Mamá....!


-- ¡No te escucha! ¡Mamá está en la cocina! ¡¿Cómo quieres que te escuche?! Pero dime. ¿Quieres hacerme creer que de cientos de millones de espermatozoides solamente uno fecun... fecunda...el óvulo?


-- Exactamente.


-- Espera, espera. Entonces me estás diciendo que...


-- ¡Mamá....!


-- ¡Quiero saber la verdad!


-- ¡Mamá...!


-- ¡Está en la cocina! ¡No te oye! ¡Exactamente igual que si fuera un  espermatozoide de esos que no...!


-- ¡Mamá...! ¡Papá no me dejaaaa! ¡Mamiii...!


     No me lo podía creer. Cientos de millones de espermatozoides pugnando por un mismo objetivo. Y yo que creía que era solamente uno. O dos, a lo sumo. O sea, que cualquiera de ellos... O sea, que el único que alcanzó la meta... O sea, que los restantes... ¿Y si yo no...? ¿Y si el esperma que me dio forma no hubiera llegado a... ? Entonces yo...


     De pronto sentí que la vista se me nublaba. Me entró un vértigo grande por el cuerpo. Y antes de desmayarme, aborrecí a mis padres que me criaron entre mentiras y cuentos, sin explicarme nunca nada, entre fábulas y nanas de ensueño, dándome a entender que me esperaban exactamente a Mí.


-- Se ha desmayado de pronto, mami -escuché la voz de mi hija, muy lejana.


-- ¿De pronto?


-- Le dije que los Reyes Magos no existen.


-- Ay, mi cielo. Déjalo estar. Cuando despierte, ni se te ocurra decirle que la mula y el buey tampoco anduvieron por allí. Tu padre se impresiona por nada.
 
    
 
    
 
    

jueves, 29 de enero de 2015

-- Justicia.




Somos de la misma edad pero él acopió canas desde los veinticinco; dicen que es cosa de genética en muchos casos, a saber.


Él con treinta, ya tenía la cabeza totalmente gris, lo que le daba un toque bragado y atractivo del que siempre fue consciente.


Gran trabajador, persona de confianza, íntegro y juicioso.


Ahora, rozando los cincuenta, había cambiado poco.


Y por tanto, no fueron sus canas lo que me sorprendieron al verlo de nuevo. O no sus canas de la cabeza, por mejor decir. Era la barba. Era su barba blanca... porque siempre fue un maniático en eso del afeitarse diariamente. Y ahora, por vez primera en tantos años de amistad, era la primera vez que lo veía con barbas, espesas barbas, luenga barba; blancas barbas... desmadejadas y observé que amarillentas en la zona que le enmarcaba la boca.


Volvía a fumar.


-- Jesús, Jesús... mi buen Jesús -susurró, sonriendo.


Arrimé la silla hasta lo que me permitía el cristal que nos separaba.


-- En dos meses, Juanca, vas a salir de aquí -le dije, desplegando una banderola de optimismo.


Asintió con la cabeza y me sonrió. Asintió repetidas veces. Lo que yo pensaba era una gran noticia, a él no le hizo más que asentir y sonreírme.


-- Siempre has escrito bien -me dijo-. ¿Cómo fué lo que dijiste de ella... ya sabes, cuando nació? No. No me lo digas. Lo recuerdo perfectamente yo: "unos ojos tan negros, que nunca se sabe con certeza hacia dónde miran".


No respondí y él permaneció callado unos instantes. Mirando hacia abajo y sin dejar de asentir ni de sonreír.


Sus ojos, también, eran negros, negros. Genética, dicen.


-- En dos meses sales, Juanca -le repetì-. Todo trámites, todo papeleos. Ha quedado claro que te lo encontraste y que...


-- ¡Una mierda! -soltó y me miró-. Una mierda, Jesús. Tú sabes que no me lo encontré. Tú sabes de sobras que en cuanto supe que lo soltaban me fuí a por él.


-- Yo lo sé, yo lo sé -y acerqué más mis labios al cristal, a la par que bajaba la voz-. ¡Yo lo sé, cabezón! Pero a estos bichos hay que decirles que os encontrásteis casualmente y...


-- Sus ojos, mi niña. Sus ojos tan negros, sus ojos tan negros que nunca se sabía con certeza hacia dónde miraban.


Ahora fué él quien acercó sus labios al cristal, por el otro lado:


-- No me lo encontré, Jesús. ¡Tú sabes de sobras cómo soy! Tú me conoces. ¡No me lo encontré! Díselo al fiscal, al juez, a la prensa, a la familia, a tu esposa, a tu hija o a quien tengas que sentirte obligado, ¡de corazón!, a decirles la verdad. ¡Que no me lo encontré! ¡Que lo busqué yo! Que lo busqué como un viejo lobo, tarde tras tarde y noche tras noche, siguiendo un rastro de sangre. Que la sangre de mi niña estaba fresca en mi nariz. ¡Que lo busqué yo! ¡Dilo, maldita sea...! ¡No sigas el juego tú también! ¡Dilo! ¡Dilo! Dí que me notificaron que no había pruebas suficientes. ¡Dí que el cadáver de mi niña apareció maniatado, vejado y desnudo y roto, como una muñeca vieja, como una nancy de ésas que te encuentras en un contenedor de la basura! Dí, Jesús... ¡Dí todo esto! ¡Para qué leches escribes tan bien, coño!


Miré hacia otro lado, pero simplemente por tragar saliva.


-- ¡Mírame! Dí que no tuve valor para ir a reconocer su cuerpo... Que sus ojos eran tan negros... Tan negros que nunca se sabía con certeza hacia dónde miraban. Fué su madre la que entró. Fué su madre y fuiste tú quienes la pudísteis identificar... Yo siempre he sido un cobarde...


-- Juanca...


-- Pero un cobarde que apecha con sus actos. ¡No me lo encontré, Jesús! ¡Lo busqué yo! Lo busqué en cuanto supe, ¡por la tele, macho, por la tele!, que lo dejaban libre por falta...


-- Me lo has contado mil veces, ¡vale!


-- Como un lobo, macho, como un lobo con la sangre de mi niña en los labios. Husmeando. Siguiendo el rastro. Preguntando. Inquiriendo. Metiendo los hocicos en mil madrigueras. Afeitado y pulcro unos días. Maloliente y desastrado, algunas noches. Pero oliendo. Oliendo. Acercándome...


-- Juan Carlos, por favor.


-- ¡Acercándome! -se echó a reír, tirándose hacia atrás en la silla y volviendo de pronto a arrimar su cara al cristal-. Acercándome cada día más, cada noche un poco más, cada hora más... Escucha, Jesús, escucha.


-- Ya me lo has ...


-- No, no. Escucha. Lo ví en el parquecillo de Amate. Estaba encima de una motito, junto a un banco donde dos o tres chavales más se pasaban una litrona. Y dos o tres chicas (mayorcitas que mi niña, sin los ojos negros de mi niña), reían y celebraban mil payasadas. Pero él era el que estaba en la motito, repeinado, las piernas abiertas, el cigarrito en la mano derecha, la sonrisa fresca y la carcajada fácil... Era él. Solamente me lo crucé un par de veces en los juzgados. Y mil veces en las noticias de la tele. Y mil veces en las portadas de los periódicos. Y mil veces en cada sueño que podía conciliar...


Yo sabía de sobras lo que iba a contarme ahora. Y como un acto reflejo, como ese perro de Pavlov que cuando presentía comida salivaba, mis ojos se empañaron de nuevo.


Él lo sabía de sobras. A él le gustaba repetírmelo. Yo fuí un tiempo su amigo.


Yo era, ahora, su eco, su confidente o su confesor.


-- ¿Tendrás un cigarro por ahí?, le pregunté. Se lo pregunté, Jesús, poniéndole la mano izquierda encima de un hombro mientras que con la derecha cogía de mi bolsillo del chaquetón...


-- Juanca, por favor.


--... la navaja de las cachas de nácar, la que nos regalamos mutuamente tú y yo, porque las dos llevaban la letra J grabadas en la empuñadura, ¿recuerdas esa tarde, Jesús?


Asentí, asentí mecánicamente, asentí pretendiendo cambiar de tema:


-- Fué en Córdoba, ¿no, Juanca? En las maniobras que hicimos...


-- La mano izquierda la pasé de su hombro a su nuca. Le hice girar la cabeza y mirarme. ¡Se quedó pasmado, amigo! Y cuando se encontró mi mirada con la suya... o la suya con la mía, ¡Jesús!, sé de sobras que a pesar de la barba de dos días me reconoció. ¡Me reconoció, palabra! ¡Jaja! ¿Pues no se había él cruzado tres veces conmigo en los juzgados? ¿No había él visto mi imagen en los noticiarios o en los periódicos tanto como yo la suya? ¡Jaja! ¿No reconoció él, por unos instantes, mis ojos negros, Jesús? ¡Tan negros que nunca se saben con certeza hacia dónde...!


-- Juanca, por favor.


-- Se la clavé después de escupirle. ¡Palabra, amigo! Y mira. ¡Te lo juro! ¡No sabía dónde metérsela! Por un lado llevaba pensado que en el vientre o en la entrepierna, más que nada porque sufriera la mitad de lo que mi niña sufrió. Por verlo retorcerse, ya sabes. ¡Pero qué va! ¿Y si al final salía vivo? ¿Vivo? ¿Mi niña muerta y él vivo? ¡Y se la metí por la espalda, Jesús, por la misma espina que hasta la hoja sentí cómo se partía dentro y...!


Me puse en pié de un salto y dejé caer la silla.


-- ¡La moto se cayó con él debajo! ¡Las chicas gritaron! ¡La litrona de sus amigos se rompió en el suelo! Y ellos se levantaron. ¡Creí por unos momentos que iban a venir a por mí, jaja...! Se fueron, Jesús, se fueron y yo me senté en el banquito que habían dejado libre de sopetón... Mirando al bicho éste, que se retorcía en el suelo delante de mí... con media hoja de acero metida en la espina... y la moto encima de las piernas... ¡Jesús! ¡Jesús!


Su hija, con catorce años y desde que nació y llegué a ser su padrino, tenía unos ojos tan negros, tan negros, tan negros, que nunca se sabía con certeza adónde miraban.


No sé, lo juro, por quién lloraba yo en esos instantes.


El tiempo se acababa y volví a poner la silla en pié, a sentarme y a acercar mi cara al cristal.


Juanca me miraba hacer, como si fuera consciente por anticipado de cada uno de mis gestos, de mis movimientos o de mis palabras... Con esa sonrisilla que le conocía desde que éramos amigotes de porrito y litrona, hace ya más de veintitantos años.


-- No tengo más tiempo, Juanca. Sólo he venido a decirte una cosa.


-- Me lo imagino. Suéltala.


-- En dos meses, semana de más o semana de menos, vas a salir de aquí. La gente se ha volcado contigo. Hay manifestaciones en Madrid, en Barcelona, aquí en Sevilla... en toda España, Juanca. ¡No te rías, cabrón! Las noticias, los periódicos, revistas, el you tube, las redes sociales, todo el mundo está contigo. ¡Juanca! ¿Te enteras...? ¡Todo el mundo está contigo, joder!


No dejó de sonreír, pero sacudió la cabeza a un lado y a otro.


-- Me alegro -dijo- De veras que me da alegría que la gente pueda llegar a entenderme. Pero no te equivoques, amigo.


-- Te digo que en unos dos meses vas a...


-- No te equivoques, Jesús. El que ahora está aquí y el que de aquí a dos meses puede salir a la calle... ya no es Juanca.


Y sonrió, nunca dejó de sonreír:


-- El que sale de aquí, ya no soy yo.



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martes, 5 de febrero de 2013

-- Tics nerviosos de mi niño.

 
-- ¿Ya estamos, Rafa? -suelo empezar, agitando un guante deshilachado delante de sus ojillos.

Y él, mi niño, a veces se defiende, inventa excusas o profiere con toda la caradura del mundo que él no ha sido; y a veces, como hoy, asume la culpa con dos grandes sorbidos nasales.
 
Tiene siete años, a fin de cuentas.

Los guantes le vienen durando entre dos o tres semanas; a la que hace tres, por lo general, los guantes amanecen o vienen del colegio maltrechos, deshilachados en las puntas de los diez dedos por mor de los nervios, de esta ansia maligna que lleva al niño a comer uñas como quien come piñones pelados, sin importarle un huevo que entre su dentadura y su dedo indefenso se halle por medio una porción de lana virgen, cotton inglés cien por cien, o al menos eso refería la etiqueta antes de que el niño también se la comiera... por mor de los nervios. 
 
La psicóloga del colegio, doña Francisca Fuentes, dice que eso no es un gran problema, que eso acaba por pasarse.
 
Para la psicóloga del colegio, tener con siete años incisivos de rata y dedos de labriega es lo más normal del mundo. También debe de estar dentro de la normalidad guiñar los ojos como los guiña mi Rafa, hacerlos girar vertiginosamente en sus cuencas hasta que le dan mareos, morderse la carne interna de los pómulos, los nudillos, los cuellos de las camisas; torcer el labio de abajo hacia un lado y arrugar la cara como un bandoneón: este niño de usted, Julio, es que es muy nervioso...
 
Cuidado con el diagnóstico. Esto me lo dice ella mientras ojea unos apuntes, después de haberle hecho al niño seis test infantiles y tenérmelo dos horas descifrando manchas en una cartulina, después de devolvérmelo con las yemas de los dedos pringocheadas de acuarela: que el niño lo que tiene, que es muy nervioso.

-- Mi niño no tiene uno, ni dos ni tres tics, doña Francisca. Mi niño por sí solo es un grande y desmesurado tic. Que eso termine por pasar, no digo que no. Pero que a mí, esta criatura se me encaja en la pubertad con la cara hecha una castaña; no más que verlo, señora Fuentes, que gasta mi Rafa frunces y compulsiones para dar agujetas a quince caras como la suya.

-- Estas cosas pueden venir de familia, Julio.

La licenciada doña Francisca Fuentes tutea a todo el mundo. Más que una libertad tomada, es un derecho que otorga, a quien la ejerce, la ciencia psicológica y la medicina en general: conocer y trabajar con circuitos humanos convierte al paciente en poco menos que una lavadora, un cuchillo eléctrico o un wolkitolki averiado.

Yo he sido la mar de nervioso toda la vida, mi padre también y a mi abuelo, que en paz descanse y según me cuentan, lo llevaba y lo traía por las rúas de su pueblo un llamativo tic que le ganó para los restos el sobrenombre de: "el caballito leré", porque le impelía y azuzaba a ir siempre como al medio galope jerezano, a darse con el talón del pié izquierdo en la nalga del mismo lado mientras caminaba, una cosa así; que se conoce fuera resabio de los tiempos en que corría delante de mi abuela o detrás del trolebús, vayamos ahora a saber.

-- Botica, doña Francisca, botica o tratamiento.

-- Sólo paciencia, Julio. Estas cosas se pasan. No recriminarle. No prestarle atención a los tics. No provocarle tensiones inútiles. Que coma mucha fruta.

-- Le mojaré los guantes en mermelada, si le parece.

Esto último no se lo digo, pero me quedo con las ganas.
 
(extracto de la novela "La soledad, es cosa de dos" , cuyos  últimos capítulos me tienen estos días un tanto enredado. Por ser fiel a mi blog y porque escribir una novela siempre me absorve de cuanto me rodea, no he querido desligarme ni del uno ni de la otra, por lo que he entresacado este texto de uno de los primeros capítulos y lo he colgado aquí con toda la desfachatez que me proporciona ser el dueño y señor de ambos: del blog y de la novela.
La tendré terminada en un par de semanas y todo volverá a girar según está establecido. "La soledad, es cosa de dos" empezará su andadura por editoriales, certámenes y concursos. Y Jesús Tadeo Sila,  una vez la pierda de vista, volverá a centrar su atención en este blog... que es lo que en verdad le da satisfacciones palpables.
"La soledad, es cosas de dos" , será -es mi décima novela- un nuevo tocho de 300 páginas que cogerá polvo en cualquier rincón de una editorial cualquiera.
Pero es así. Si le diera más vueltas, haría años que no hubiera vuelto a escribir... Y sin embargo, cada vez me gusta más. Y llegar a esa meta que son los capítulos finales de una obra que has creado tú, es el mayor orgasmo que puede tenerse en la vida...
Conque disculpa, mi querido blog "de mil humores", si te he estado poniendo los cuernos durante cinco meses).
 
 

 


martes, 22 de enero de 2013

-- Nace una madre.

Ser Madre.

¡Toma ya... !, porque lo escribe un padre.

Se habla de lo hermoso que es ver crecer a un hijo, pero se habla poco de lo hermoso que es ver crecer a una madre...

Y no, no me refiero a esa viejita que a mi edad podemos o no gozar de la suerte de tener aún al lado. No me refiero a ella, no.

En mi caso, me quiero referir a esa otra madre... a la madre de nuestros propios hijos.

A la madre a la que he visto crecer a la par que he visto crecer a mi hijo.

A esa madre que no lo era. A esa adolescente loca (no hallo otro diagnóstico más apropiado) que con veinte y pocos años se enamoró de mí (qué valor).

A esa muchacha a la que un día invité a pasear por Triana. A esa chica de apetitosas redondeces a la que lograba arrancar primero diez y después mil sonrisas...

A esa muchacha que soñaba tanto como yo soñaba. Que un día, sin venir a cuento, me cogió de la mano.

Y que sin venir a cuento un día, me besó o dejó que yo la besara.

A esa muchacha. A esa muchacha que estrenaba ropa para mí y se perfumaba para mí, que pasaba las horas buscándome en el minutero de su reloj... tal como yo las mías pasaba acariciando su foto en un pliegue de mi cartera.

A esa muchacha. A esa muchacha con la que compartí el gran letargo de una adolescencia, hace poco, no hace nada, ¡ni siquiera veinte años!, a esa muchacha a la que una noche pasé el brazo por el hombro... y me lo permitió.

A esa muchacha.

A esa muchacha loca (busco y no hallo valoración psicoanalítica) que compartía todo: que mezclando sus desvelos con mis ilusiones, sus deseos con mis niñerías, sus fuerzas con mis nostalgias o sus ganas de vivir con mis ganas de resistir... conseguía, cada tarde y cada noche y cada madrugada, hacer sin hielo el cóctel que hoy disfrutamos.

A esa muchacha que bebía de mi copa o fumaba de mi cigarrillo.

A esa muchacha a la que hice y me hizo hacer el amor en el Parque de María Luisa, en el portal de una calleja o de un callejón cualquiera, en los Jardines de Murillo, en el asiento de un viejo coche, en un ascensor, en una escalera...

Locos, locos, locos... No hallo más diagnóstico que Amor.

A esa muchacha.

A esa muchacha a la que vi minuto a minuto, hora a hora, día a día y mes tras mes convertirse en madre.

Claro que hablamos del orgullo y la ilusión de ver crecer a un hijo.

Pero como hombre, con igual orgullo e igual ilusión agradezco y no olvido cómo he visto ante mis ojos ver nacer a una Madre.

Esa muchacha que un día me besó o se dejó besar, qué importa.

Esa muchacha que en la cama de un hospital me tendió los brazos:

-- ¡Hemos traído a una niña preciosa...!

Y no. No era solamente eso.

Me quedé con las ganas de decir:

-- Ha venido al mundo una Madre preciosa.
 
Y hoy, ¡gran ingrato!, he recordado que olvidé decírselo.
 
Quizás le interese... digo yo:
 

jueves, 10 de enero de 2013

-- El Gran Regalo.


Adios, queridos Reyes Magos...


 
Gracias por la colonia, por los calcetines, por el reloj, por los caramelos y por la crema de afeitar y el bote de gel del Máximo Dutti.
 
Pero gracias, un año más, por admitirme en Vuestro Selecto Círculo.
 
Gracias por darme la oportunidad, un año más, de ser Rey...  como vosotros.
 
El Rey de Mi hija.
 
El que a las tres de la mañana y en compañía de su madre, despierta lelo, comatoso y amodorrado; tropieza con su propia sombra, choca a oscuras con el pomo de una puerta, infla globos hasta que los ojos le giran en las órbitas, llena de caramelos unos zapatos y coloca regalos por el salón, en el suelo, en el sofá, en la mesilla... unos envueltos, otros fuera de sus cajas...
 
Gracias por esos colores que bañan las mejillas de mi niña, cuando con la delicadeza que la caracteriza salta la mañana del seis de enero a eso de las siete sobre la cama de sus padres, gritando:
 
- ¡Que han  venido lo Reyes! ¡Que han venido los Reyes...! ¡Al salóóón...!
 
Gracias por esa sonrisa perpleja que la hacen guiñar los ojos, cuando atisban con las primeras claridades del día lo que Sus Majestades han dejado este año. 
 
Gracias por esas manos con las palmas abiertas y trémulas, que tiemblan como alas indecisas sin saber muy bien dónde posarse... 
 
Gracias por ver cada año esos ojillos lagañosos, esa boca abierta, esa respiración entrecortada, esas manos ávidas y esos bocaditos anhelantes que se da en el labio de abajo, saltando de un paquete a otro... Abriéndolos a medias y buscando ya el siguiente, mientras sin desayunar pregunta si puede comerse un caramelo...
 
Gracias, queridos Reyes Magos.
 
Gracias un año más...
 
Por recordarme e impedirme olvidar que el mayor regalo que me dísteis una vez fué hacerme Padre.
 
Gracias y hasta pronto.




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martes, 2 de octubre de 2012

-- A mis niños calvos.

         (A Paco Morales González, porque es difícil dar una mano cuando ni tú mismo la tienes.
         Porque hay gente que es inexplicable. Porque me jode no saber qué decirle a unas personas que tienen mucha más fuerza de la que yo tendré en mi vida. Porque a estas alturas de mi vida, me coge ya quemado del todo. Y solamente puedo donar palabras... A Paco, a Paco Morales... Porque no hace falta llegar al cielo para hablarle de tú a tú a los angeles. Y porque me da la gana).
¡Llegan los tres a la par, Mario!
Y mira que hay un letrero que dice que no pueden pasar más de dos a la vez.
Pues para nada, Mario. Que entran los tres del tirón: papá, mamá y el abuelo.
Porque a mi hermana no la dejan entrar... Aunque ella, de vez en cuando, me mande cartas con dibujos. Y taco de chulos, Mario. Ya te los enseñaré.
Mi abuelo, ¡tú ya lo has visto en la puerta del cole...! Como es el más grande es el primero que entra y que me da dos besos. ¡ Siempre en la cabeza, siempre en la cabeza! ¡La tengo toda calva, Mario...! ¡Parezco un huevo! ¡Y mi abuelo venga a darme besos en la cabeza...!
Entonces papá se sienta en la silla y me tapa las piernas y mamá se sienta en una esquina de la cama, mirándome a mí y mirando a una especie de ordenador con la pantalla llena de rayitas que tengo en la mesilla de al lado.
-- El pelo es lo que más rápido crece -me dice mi padre-. A mí... Vamos, a nosotros, en el cuartel, la Legión, ¡como a ti nos dejaban! Decían que al uno, pero qué vá. Menos que al uno.¡ Al cero pelado! Debajo de unos olivos nos pelaban. ¡Cá! Ni sabían pelar ni nada. Que te diga tu madre. Que ya éramos novios entonces...
Mi madre me mira, apretándome la mano, y me sonríe:
-- Qué cosa más fea era tu padre. Cuando le daban permiso, me daba vergüenza salir con él. Ay, por Dios, si parecía un...
-- Eso era cuando me cambiaba el uniforme en el bar de Chema y entonces me ponía los vaqueros y la camisa por fuera. ¡Jaja! Pero cuando me daban permiso para solamente dos horas, ¡vamos!, me veía llegar tu madre con el uniforme y la boina de caballería y el galón de cabo... Vamos, que se enamoró.
-- También te enamorarías tú, digo yo -suelta mi madre-. Que para veinte años que tenías, me parece que el uniforme era de lo poquito que podías lucir.
Mi padre sacude la cabeza y la contesta:
-- ¡Ya ves tú! -se ríe-. Con esas pintas que tú llevabas, ¡já! ¡Quién te ha visto y quién te vé!
Mi padre me coge la mano y añade, susurrando:
-- Llevaba tu madre el pelo a lo Afro. Lo Afro es así como muy rizado. Y pantalones de campana. ¿Cómo te lo explico? El culo muy apretado y los tobillos...
-- Pero te gusté -replica mi madre.
-- ¡Pues claro que me gustaste! Igual que yo te gusté a ti.
Papá me vuelve a apretar un brazo, me guiña un ojo y suelta:
--¡ Un metro setenta y cinco, chiquillo! Sin barriga, ojo. Me acababa de sacar mi primer coche, un seat ritmo blanco con un águila dibujada en el capó, que cogía...
-- El ritmo lo compraste después -dice mamá-. Aquéllos días, me recogías con el seat de tu padre.
-- ¡Qué hablas...! -se sulfura papá-. Yo ya tenía el ritmo, otra cosa es que a ti te recogiera con el seat de mi padre.
Papá y mamá se miran. Y no sé por qué, Mario, pero me da la sensación de que tengo que intervenir.
-- Bueno, pero os hicísteis novios y os casásteis y vine yo, ¿no?
Papá y mamá se ríen, ¡anda!, los dos a la vez.
-- Yo quería un niño -dice papá-. Desde el primer momento. Yo quería un niño. Tu madre no. A ella le daba igual.
-- Niño o niña, hubiera querido a los dos lo mismo -y mi madre me aprieta la mano...
-- ¡Pero yo sabía...! No sé por qué. Yo sabía que sería... Que iba a ser un niño. ¡Un hombre! Otro hombre. Y acerté. Acerté. Un niño quería yo...
-- Un hijo quería yo -dice mamá-. Te llevaba dentro. Sin sexo. Estabas aquí, mira, en la tripita. Me daba igual niño que niña.
-- ¡Pero ha sido niño! MI niño, mi niño, mi niño...
Y mamá me aprieta la mano y dice:
-- MI niño, mi niño, mi niño...
Y papá suelta:
-- Vas a decir ahora que yo pelado al cero no te gustaba, vamos...
Y mamá:
-- ¿Quién ha dicho eso? ¿Por qué te inventas cosas que no son...?
Y papá, acariciándome la frente:
-- Los hombres, hijo, siempre andamos, por lo visto, imaginando cosas que no son.
Y mamá:
-- Lo mismo, hijo, las personas cambian a lo largo de la vida y no se acuerdan ya de...
-- Como tu amigo, tu compi de trabajo, el calvo con la perilla, cielo... -suelta mi padre con una risita de esas que nunca entiendes a qué vienen, Mario, y mirando fijamente a mi madre.
-- ¿Qué tiene que ver...? ¿De qué me estás hablando ahora...?
-- Lo sabes de sobras.
-- ¡Ah, sí...! Si ya me acuerdo. Eran los tiempos en que yo me veía sola tantas noches, sola, sin nadie a mi vera que... -mamá saca un pañolillo del bolso, Mario.
-- Y yo curraba, hijo, yo curraba esas noches para poder comprarte un...
-- Y estar en casa no es currar, ¡nooo...! -mamá ha arrugado el pañolito en un puño- Pasar noches con un hijo que llora, que tiene hambre, que tiene pesadillas, que...
-- ¿Pesadillas? ¿Pesadillas? ¡Las que yo tengo pasadas fuera de mi casa...! ¿Me hablas de pesadillas...? Noches eternas que...
-- ¿Tú? ¡Já! ¿Pesadillas tú...? Dime cuándo... Noches eternas en que solamente...
En ese momento, Mario, te lo juro, mis ojos se cerraron y el ordenador que tengo al lado de mi mesilla empezó a pitar. Palabra. Así:
-- ¡Piiiiiiii....! ¡Piiiiii....! ¡Piiiii.....! ¡Piiiii....!
-- ¡Enfermera! ¡Enfermera! -gritó mi madre.
-- ¡Un médico! ¡Un médico! -gritó papá.
Y entró la enfermera. Y empujó a mis padres -que seguían discutiendo- fuera de la habitación.
¡Fuera, fuera, fuera...!
-- Ya se han ido, ya se han ido... -me dijo la enfermera, en el oído.
Me tomó el pulso, me puso un aparatito en el pecho y escuchó un rato.
Creo que se quedó extrañada, amigo. Porque abrí los ojos de repente, la sonreí y la pregunté:
-- ¿Te importa contarme un cuento...?
¡Jajaja!
Y el abuelo, que todo el tiempo había estado en la ventana, la guiñó un ojo antes de salir, la puso entre los dedos un cable que había desconectado y me besó en la calva, diciendo:
-- Vuelva a enchufar este chisme, señorita. Y cuéntele un cuento, por favor. De los de verdad.
¡Jaja, Mario!
Y el abuelo no me besó esta vez.
Pero salió por la puerta guiñando un ojo a la enfermera...
¿Tú crees que mi abuelo a estas alturas...?

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lunes, 2 de julio de 2012

-- Cuando tenías cuatro años, hija.

    Hoy, cielo, recupero unas notas escritas hace siete años, cuando tú tenías solamente cuatro. Están redactadas en un cuaderno que he encontrado buscando otro cuaderno que no era éste (suele pasar), y las transcribo aquí sin quitar ni poner coma. La fecha es de agosto del 2004.

"Hoy se ha pelado mamá. Tú y yo, mientras, ahí en la plazoleta, la hemos esperado, con las espaldas guardadas por la abuela, por esta abuela inquieta e incolora que, con el bolso de mami en el regazo, a ratos nos mira y a ratos se mira. O mira hacia atrás. O mira ya, con recelos, hacia adelante.
"Te quiero, mi niña.
"Mamá tarda en pelarse y tú y tus catorce amiguitos de la plazuela (cuyos respectivos padres, evidentemente, miran al cielo soslayando el marrón) me zarandeáis y me lleváis hacia allá y me traéis de vueltas acá. Tú le robas la bicicleta a otra nena. Alicia se apodera de tu muñeco. Álvaro te quita tu patinete. Lidia me pellizca un brazo, a rosca. Javier me patea una espinilla. Sufro. Tú te me escapas como una flecha, ahora con la pelota de un niño cabezón al que no conozco de nada; debe de ser nuevo. Alicia quiere agua. Busco a su madre con la mirada. Lidia quiere pipí. La abuela se cambia de banco porque el sol le da en la cara, mamá no aparece, no tengo tabaco, Alicia me tira ahora de los pelos y otro niño -un delincuente en potencia- me da en la cabeza con un balón de reglamento.
"Corro tras de ti, porque te atisbo a lo lejos comiéndote los gusanitos de una nicha rubia que no debe entender aún las sutilezas culinarias de la Ley del Más Fuerte. La niña no es que llore simplemente: la niña berrea como un ovino y la madre, con faz angustiada, me mira con desprecio, sacudiendo la cabeza. Cuando consigues al fin que la niña rubia tenga un acceso cardiorespiratorio motivado por la ansiedad de verte engullir a puñados sus gusanitos, das un salto y media vuelta en el aire, chocas con un naranjo y te diriges con decisión a patear al perro viejo de un viejo hombre que desde entonces, creo, ha decidido dejar de tomar el sol en la plazuela.
"Te quiero, mi cielo, pero tengo que reñirte cuando te veo meter dos dedos en la oreja derecha de Álvaro y otros dos en la izquierda de Alicia. Lucía llega de la mano de su papá y tú, contenta de verla, no digo que no, le asestas dos collejas en la frente que la hacen tambalear y dar de culo en el suelo. El padre de Lucía reanima a su hija, comentando algo entre dientes sobre los padres criminales que sacan a sus hijos psicópatas a la calle con tanta calor. La abuela, que ha vuelto a cambiar de banco, entrabla conversación con el drogadicto soñoliento que se ha encontrado a la vera. El drogata, ni lo dudes, se plantea por primera vez en treinta años lo duro que es vivir. ¿Pero dónde leches está tu madre...?
"¿Dónde estás tú?
"No te veo. No te veo y se me para el pulso. No te veo.. Alicia aquí, Álvaro allí, Lucía allá, la niña rubia sin gusanitos berrea aún, pero no te veo, a ti no te veo.
"De veinte bestezuelas que desgastan y atronan la plazoleta, me falta una: tú. ¿Dónde te has metido? ¿Dónde estás, mi amor? Me desespero y cien imágenes se me pasan por la cabeza. Miro a mi alrededor. Me planto, con los brazos en jarras, en el centro de la plazuela. Giro. Miro. Sudo. Te busco y no te veo.
"Un miedo que ni en sueños existe, me hace tambalear. No te veo. La pelota de reglamento del niño delincuente me vuelve a dar en la cabeza. Ahora no le sonrío. Se la quito y se la embarco en un tercero de una patada. Que llore. Que se joda. Que le compren otra. Yo a ti, no te veo.
"--¡Mateo, Mateo! -le tomo el brazo al buelo de Alicia, que viene caminando con su siempre atenta sonrisilla-. Mateo, que no veo a mi niña.
"Mateo me sonríe -siempre sonríe- y señala a mis espaldas.
"-- Viene ahí con su madre, Jesús -me dice.
"Y os veo de la mano. Mamá, preciosa con el pelo corto. Siempre preciosa tú.
"Y aunque el salvaje pigmeo intente de nuevo volarme la cabeza con su balón de reglamento, yo me siento -en un segundo eterno- el hombre más dichoso de la Tierra.
  Sevilla, agosto de 2004.

(Entiendes ahora, mi linda princesa, por qué me busqué otro trabajo para los sábados por la mañana).

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