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lunes, 17 de diciembre de 2012

-- Catering: fin de semana inolvidable.

     ¿Por qué la gente se pone contenta cuando oye hablar de caterings?
     ¿Es, de verdad, tan hermoso un fin de semana?
     Jefe de Cocina y Jefe de Almacén, hemos decidido que había que entrar hoy dos horas antes.
     A las cinco de la mañana en vez de a las siete. ¡Brrr! Niebla, frío, llovizna. Llegamos al polígono y dan ganas de rodar la novena parte del Señor de los Anillos, si no fuera porque tenemos los dedos congelados.
    Cada uno con su cuadrilla. Ya no es, claro está (puñetera crisis), la cuadrilla que cada cual tenía hace dos años. El Jefe de Cocina tiene a cinco elementos y yo a tres.
     Él antes tenía a siete.  Y yo, a cinco de día y a doce de noche... Pero han cambiado las cosas. El Gran Gerente Cabezón gana lo mismo y nosotros trabajamos el doble. Ley de vida. Pura supervivencia.
     Miguel  (Jefe de Cocina) manda a los suyos a sus menesteres. Uno a la sección de frío, dos a caliente, otro a envasados y otro a chacinas. Hay que mantener la cadena. Yo mando a los míos a fregar lo que quedó ayer por fregar, a acular camiones y furgonetas en las puertas de la nave y a ir cargando en cada uno la orden de trabajo que ayer (en casa y mientras cenaba) fuí adelantando.
    Mientras los demás tienen su quehacer, Miguel y yo organizamos la jornada, arriba, en las oficinas, con decenas de folios y cuadrantes delante de las constipadas narices.
-- Sacamos las comidas diarias de las guarderías y de los ancianos -me dice Miguel-. Eso no cambia, eso es como todos los días.
-- No. Para nada.  Intenta hoy sacarlas antes de las nueve -le sugiero.
-- ¿Antes de las nueve...?  Hoy he hecho arroz con guisantes, Jesús. Cuando den las dos, será como comer kikos metidos en plastilina.
-- Es su problema. Que compren microhondas. Lo recalientan. No somos tontos. Tú no eres tonto. ¡Yo no soy tonto!
-- Hmm. ¿Cuántos vehículos tenemos para el reparto?
-- Las tres furgonetas, el camión y mi coche si hace falta -le respondo.
-- ¿Tu coche también? -se me ríe Miguel.
-- Ya ves. Si no pongo mi coche, nos coge el toro. Y quiero a mis chicos a las once aquí en almacén, con el reparto hecho.
-- Y a las once...
-- A las once, Miguel, debemos de empezar a cargar las comidas de Navidad.
-- Hay seis.
-- Un viaje para cada una. A la una menos cuarto, mis chavales están de vuelta y cargamos las restantes.
-- Mucha tela, ¿no, Jesús?
-- Ya he hablado con el Gran Gerente Cabezón.. Ha dado órdenes a los camareros para que ayuden a descargar. Les pagará las horas extra a seis pavos.
-- Tenemos además una boda por la noche, Jesús.
-- Llevaremos el material de almacén a las seis de la tarde y a la vuelta aprovecharemos para ir recogiendo las comidas de Navidad, de modo que te vayamos preparando y llevando al otro salón el material de cocina que necesites después.
-- Pero la comida de la boda no puedo llevarla antes de las siete.
-- Hoy hace frío. 14 grados de faringitis. O Como se llame.  Con este tiempo, tienes que tener el menú de la boda listo para las seis y media. Aguantará.
-- Pero una de las comidas del mediodía es de 500 personas y se lleva los dos carros calientes y los dos congeladores para el marisco y el postre.
-- Ya lo he pensado. Pero esa será la primera que recojamos y simplemente adelantaremos el menú.
-- ¿Adelantar el menú? ¡Estás loco, Jesús!
-- Para nada. Les metemos mucho alcohol con el cóctel y los entrantes y te aseguro que no se dan cuenta de nada. Querían almorzar a las tres y lo harán a las dos sin darse cuenta. He hecho un pedido de Pedro Ximénez que le abre el apetito a un reloj de pared.
-- Qué hijo de...
-- Venga Miguel. Los fines de semana, nosotros somos la Empresa. Por eso estamos aquí. Para pensar y hacer y deshacer. Descuida. Todos salen contentos. Hasta el Gran Jefe Cabezón.
-- ¿Viene hoy el Gran Jefe Cabezón?
-- Se pasará por cada salón, ya sabes. Sonrisas y felicitaciones por todos lados.
--¡ Mientras nosotros corremos!
-- Eso es.
-- Uno de los almuerzos es al aire libre, Jesús.
-- Lo sé. El tiempo no es de fiar. He mandado en la orden de trabajo las dos carpas y las sombrillas. Y un toldo para cocina por si tenéis que trabajar en la calle.
-- ¿Y si en vez de llover sale el sol? -se me ríe Miguel.
-- Te he mandado dos botelleros congelados, para que no se te estropeen tus postres. Los dejé anoche cargados de bolsas de hielo. Como ha hecho frío, los aprovecharemos para la barra libre. Mejor. Serán cubitos de hielo amazacotados y eso llena antes el vaso. Ahorramos en whisky una tela.
-- Estás en todo, loco.
-- Estamos en todo, Miguel. Somos los Jefes.
-- Somos los Jefes si algo sale mal, Jesús.
-- Y si sale bien.... -me río. No puedo evitarlo y acabo la frase-: si sale todo bien, aparecerá el Gran Jefe Cabezón con su gran sonrisa y tal tal tal.
   Miguel no fuma y yo enciendo el sexto cigarro en cuarenta minutos.
-- ¿Vamos? -me dice Miguel.
-- Todo saldrá bien, tranquilo. Siempre salimos bien.
-- ¿Quién recoge la boda?
-- Yo y mis chavales.
-- Te vas a hartar de ganar dinero, cabrón. ¿Vas a echar las treinta horas?
-- No sé cuántas. Pero sé que no acabo hasta mañana cuando salga el sol.
-- Yo también. La barra libre lleva montaditos y después, a eso de las cuatro o las cinco de la mañana, churros con chocolate...
-- Nos vamos a forrar, ¿eh, Miguel?
-- Por los cojones, Jesús. Por los cojones.
     Bajamos las escaleras. Miguel tuerce a la derecha, hacia la cocina. Yo tuerzo a la izquierda, hacia el almacén. Mis muchachos se han dejado ir (normal) y los vehículos andan a medio cargar.
     Con el cigarro en la boca, pego un salto a la caja del camión:
-- ¡Venga, pandilla de mariquitas! Tengo 46 tacos y me fumo tres paquetes de tabaco al día. ¿Os mando a casa y cargo el camión yo solito?
     Surte efecto. En menos que tardo en teclearlo, el camión está atiborrado con el material necesario para dar de comer a mil quinientas personas: mesas, sillas, mantelería, salvaplatos, platos trincheros, platos de postre, platos de pan,  platos de café, bandejas, copas de Cóctel, copas de Gran Vino, copas de Agua, copas de Vino, copas para Sorbetes, copas de Champán, Catavinos, tazas, Vasos de tubo, mesas de trabajo para cocina, mesas de apoyo para camareros, cubiertos, centros de flores, material de cocina, ocho bombonas, ciento diez cajas de refrescos, cuarenta cajas de botellas de agua, seis serpentines de cerveza, seis botellas de ácido, quince barriles de cerveza, dos carros calientes, "roscos" para el fuego de cocina, freidoras, ollas, sartenes, cubos para la basura...
     Todo, todo, todo. Hasta el último detalle.
     Es lo que me gusta de mi trabajo y es a la vez lo más duro.
     Pero me encanta aparecer un sábado por la mañana por seis o siete salones distintos, atiborrarlo todo de material, dar de comer a cientos de personas y volver un domingo a la nave sin dejar detrás ni muestra ni un puto rastro de nuestra presencia.
     Aquí no ha pasado nada.
     El lunes, aparecerá el Gran Jefe Cabezón sonriente, preparando su ruta para ir a cobrar talones. Quizás al Jefe de Cocina (mi buen Miguel) o al Jefe de Almacén, ni siquiera nos de los buenos días... Total. Guarderías, Centros de Ancianos, Seis Comidas de Navidad y una Boda.
    Aquí no ha pasado nada.
    Eso sí. También el lunes, mi buen Miguel (Gran Jefe de Cocina) y yo decidiremos entrar de nuevo a las cinco de la mañana en vez de a las siete... Porque hay mucho que fregar y mucho que ordenar. Es lunes pero no podemos descuidarnos. El fin de semana que viene, se repite la historia.
    Y cuando llego a casa un lunes a las tres de la tarde, apenas si almuerzo (al fin y al cabo, todos los restos de bodas y comidas me los he comido yo y mis muchachos), pero me acuesto y caigo redondo en la cama, como un viejo tronco o como un tronco demasiado viejo ya. Sin tiempo apenas de pellizcar a mi hija o sin tiempo apenas de saludar a mi blog.
     Pero son solamente un par de semanas.
     Aquí no ha pasado nada.
 
(Artículo escrito un domingo, después de 32 horas de trabajo ininterrumpidas. Artículo escrito al tuntún, atendiendo medianamente a la gramática, la sintaxis o a eso que cuando estamos despiertos llamamos ESTILO. Artículo dedicado a toda nuestra clientela, por las pocas -diría que nulas- quejas que nos hacen llegar. Artículo dedicado a mis colegas blogueros, por la escasa atención que puedo prestarles en días tan puntuales como éstos. Artículo dedicado a mi hija, por lo poco que me ve y lo malhumorado que consigue verme cuando no duermo un fin de semana. Artículo -aunque te quiera a ti más que a ellos, hija mía- pero dedicado esencialmente a mis compañeros de trabajo. A los que a las veinte horas de curro se caen de bruces en el suelo, pero no dicen ni pío si me ven a mí cargar. A los que no dejo beber alcohol en las barras libres... aunque les permita un porrillo siempre que no vayan a conducir. A los que conduciendo me ponen la mano en la rodilla y me dicen, con toda la sinceridad del mundo: "Jesús, no conducimos ninguno: paramos diez minutos y dormimos". ¡Jaja! Artículo dedicado a ellos. Porque son más cabezotas y más fuertes que yo, aunque sea yo el que cobre tres o cuatro euros más la hora. Artículo dedicado a ellos porque tengo el motivo más grande de todos: porque jamás me han llamado Jefe y ni siquiera me han llamado Jesús. Porque siempre, con una confianza que no sé quién leches les ha dado, me han llamado "Socio". Y cuando llego, sean las siete o sean las cinco de la mañana, ninguno tira el cigarro y ninguno se pone a silbar mirando al cielo: "ya viene el socio"... Eso dicen los muy... Eso dicen mis socios.
Artículo, pues, dedicado a mis socios. Si con el doble de vuestra edad os acojono cargando el camión, con el doble de vuestra edad tengo fuerzas para llegar a casa el domingo, encontrarme a todo el mundo acostado y dedicaros este artículo de rebote mientras me como un trozo de tortilla y pienso ya en el trabajo de mañana.
Y dedicado a Miguel, Jefe de Cocina. Por el engranaje tan perfecto que conformamos.
Porque este fin de semana se ha acabado.
Y aquí... no ha pasado nada.
Mañana empezamos de nuevo, socios, Miguel, familia).
 

 Quizás también le interese:
    --por el momento, esta entrada no tiene enlaces destacados en este blog. Más adelante, y a ratos, iré desgranando con detalles cómo funciona una boda, un bautizo, una comunión, una cena, un almuerzo... Parejas, banqueros, empresarios, funcionarios, colegas, homenajes, ponencias, etc ... pero visto y narrado todo entre bastidores. Mientras tanto, arriba y a mano derecha, pueden buscar un artículo al azar pinchando sobre los dados. Gracias.  

lunes, 8 de octubre de 2012

-- Boda beoda.




     Hace ya unos veinte años y Ángela (no recuerdo por cuánto tiempo llegó a ser novia mía) era una más de mis... Una más de tantas...¡Ah, juventud!

     El caso es que se casaba una amiga de su trabajo (unos grandes almacenes de variados productos y ropas de ciertas hechuras clásicas y de inconfundible corte inglés, cuyo nombre he de obviar) e íbamos invitados a la boda.

-- ¡Podías haberte afeitado, por Dios! -me recriminó ella, camino de la Iglesia, sin fijarse siquiera en que por segunda vez en mi vida me ponía corbata.

-- Lo he intentado -le respondí-. Pero los coches que estaban detrás empezaron a pitarme.

     Aparqué (es un decir) y cogidos de la mano nos encaminamos hacia la Iglesia. La ceremonia estaba en sus inicios.

-- ¡Está preciosa! -comentó Ángela en voz baja, refiriéndose sin dudas a una forma oronda y abestializada vestida de blanco y plantada frente al altar.

     El novio, no obstante, embutido en un traje gris, era un tipo diminuto y ridículo, al que seguramente (siempre a mi modesto parecer) habían instigado a casarse medio minuto antes.

     Acabó la ceremonia, tediosa como todas, justamente cuando lograba yo hacer flotar un tercer barquito de papel en la pila bautismal que tenía al lado.

¡Vivan los novios! ¡Vivan los novios!

     Y risas y empujones y arroces zurcando el aire. Ángela me presentó a algunas compañeras de trabajo. Hola. Hola. Hola. ¿Qué tal? Encantado. Encantada. Hola. Hola.

     El salón de celebraciones estaba lejos. Habíamos de dividirnos entre los coches disponibles. Ángela me presentó a Manolito.

-- Manolito -dijo-. Nuestro Manolito.  Es nuestro enncargado de personal, ja...ah.

      Manolito me sacaba tres cuartas. Un tipo a lo Bertín Osborne, alto, risueño, encantador, ¡oh!

      Hola, Manolito, encantado, Manolito, qué tal, Manol...

-- ¿Tienes coche? -me espeta.

-- Claro. Tengo...

-- ¿Dónde?

-- Pues justamen...

-- Ok. Estas cuatro se vienen en el mío y estas tres que se vayan en el tuyo.

¡Vamos! Y todos contentos. Lo bien que organiza las cosas Manolito.

     Manolito tiene un BMW, ¡qué guay! Y es precisamente el que está aparcado detrás del Simca de mi padre, que hoy me ha prestado.

-- ¿Pero dónde hay que ir? -pregunta alguna.

-- ¡Seguidme a mí! -dice Manolito.

-- ¡Manolito sabe! ¡Hay que seguir a Manolito!

-- ¡Vamos detrás de Manolito...!

     Los huevos de Manolito y la madre que...

-- Saco yo el BMW -me dice Manolito-. Y tú sacas eso y te vienes detrás -añade indicando a mi Simca-. Ten cuidado con la farola esa.

     Ten cuidado tú, me callo yo, se te vaya a meter por... Partimos. Ángela charla con sus tres compañeras, lujuria de muslos desnudos y tetas saltarinas en el asiento trasero de mi coche. Inclino un poquito el espejo retrovisor, así... Manolito frena delante de mí. Yo freno, detrás de él. Una chica grita, otra ríe. Escuchamos la música que escapa del coche de Manolito. ¡Pum, capúm, capúm! El coche de mi padre no tiene radio. Silbo.

     Llegamos al salón donde ha de celebrarse el bodorrio. Aparco junto al coche de Manolito. Las chicas corren a abrazar a Manolito, como si hiciera meses que no lo ven. Manolito sonríe con suficiencia, como un melón empezado, y cuando está a dos metros de su coche vuelve el cuerpo, manipula con misterio en el bosillo de su pantalón y el coche hace ¡piú-piú! ¡piú-piú!, y parpadea dócilmente sus lucecillas. Las chicas abrazan a Manolito, encantadas. Ángela aprieta mi mano, emocionada y feliz. Yo miro al viejo Simca, con tristeza pero con apego.

     A las puertas del salón, haciendo tiempo mientras llegan los novios, un tipo con dos patillas como dos rebanadas de pan bimbo pegadas bajo las orejas pasea entre los asistentes una bandeja con copitas llenas de manzanilla fresca. Tomo una. Manolito toma otra y la observa al trasluz, con pintas de enterado. Las chicas toman otra. Brindamos. ¡Por los novios! Por nosotros, que se jodan los novios. El sol, embravecido en un día azul, altera la graduación de la manzanilla. Manolito cuenta un chiste. Yo me río divertido, pero todavía no ha acabado. Me callo y busco con la mirada al tipo de las patillas. Me evado del grupo y cambio mi copa vacía por otra llena. Me la bebo de un trago. Está fresquita. El estómago, tan vacío como desagradecido, da un bote de escozor. Tomo otra copa y vuelvo al grupo. Hablan del trabajo. Ríen. Ángela está sonrosada. Todas las chicas están sonrosadas. Por efecto del sol. O de la manzanilla. O de las risas que Manolito con tanta facilidad arranca, vayamos a saber.

     El coche nupcial aparece al fin, ¡vivan los novios...! Se abre una puerta y sale descorchada la novia, como la cría de un dinosaurio envuelta en papel de celofán. El bastidor del vehículo se lamenta. El novio aparece por la otra puerta, poquilla cosa, insustancial, apenas unos ojillos grises que asoman del interior de un traje gris. Me trae recuerdos remotos de algún personaje de los desiertos de la guerra de las galaxias. La cola del traje que arrastra la novia traza en la tierra el sendero por el que nos abrimos paso hacia el interior de la sala: mesas por doquier, sillas enfundadas de blanco con lacitos albero, albas mantelerías, reflejos de cristal en las formaciones marciales de botellas, vasos y copas. La gente se sienta, se levanta, se agita, se desplaza. Parientes de primer grado se abrazan con efusión, aunque vivan en la misma barriada y se vean sólo en las bodas y en los entierros. Tíos lejanos, primos remotos, sobrinos inverosímiles, se reconocen entre la multitud.

     Los que no compartimos la misma sangre que la familia de los desposados nos sentamos en la mesa más alejada, reafirmando nuestra condición de advenedizos. Formamos una unidad amplia pero compacta de conocidos, compañeros, amigos o amigas del novio o la novia. Nos sentamos los primeros y aguardamos a que lo hagan los demás. Dudamos si empezamos a picar o aguardamos a que los novios lo hagan primero. Manolito se decide y abre una botella de manzanilla. Intentamos recriminarle, pero casualmente tenemos todos la boca ocupada de aceitunas, canapés y taquitos de queso. Yo abro otra botella. Corre la manzanilla, en nubes de cristal. Ángela ataca el plato de las brochetitas. Una de las chicas inicia una incursión por la bandeja de los langostinos. Manolito rellena las copas, ¡vivan los novios! Brindamos. Los novios siguen de pié. Desde mesas próximas a la nuestra, dedos trémulos y acusadores nos señalan. Pero la consigna que lanzamos es recogida con prontitud. Comienzan a descorcharse botellas de Rioja. El jamón vuela, los dados de tortilla italiana se resienten. Las gambas se entregan, dejándose desnudar. Los novios se sientan, qué le importa a nadie. Alguien alza su copa, vacía. Abro una botella más. Y Manolito abre otra. Y alguien que no conozco, otra. Bebemos. Reímos, sudamos. Una chica se atraganta con la anchoa de un canapé. Manolito cuenta un chiste sobre anchoas. Carcajeamos. El tiempo corre dislocado. Una orquesta en un ala extrema del gran salón irrumpe con un cóctel salvaje de salsas, boleros, merengues y rumbas. ¡Vivan los novios!, grita una voz. ¡Vivan!, gritamos nosotros y destapamos un par de botellas para brindar. Manolito tose, pero se aferra con fuerzas a la bandeja de pescado adobado, mientras la manzanilla le brota por la nariz. Ángela se ríe sola. Alguien se ahoga con un trozo de queso. Manolito se sobrepone y cuenta un chiste sobre ahogados. Nos reímos todos, aunque el final del chiste no se ha oído porque Manolito se cae debajo de la mesa. Lleno las copas. Brindamos por Manolito.

     Saco a Ángela a bailar. Otras parejas nos imitan. Hay aplausos, jaleos, vítores. Manolito me quita a Ángela y deja entre mis brazos el cuerpo electrizado de María José, otra compañera. La chica agita sus caderas, con frenesí. Da un giro por el aire, como una bailarina profesional, y no la vuelvo a ver. Oigo un golpe, sí, pero muy lejano. Salto al frente y me apodero de Ángela. Ángela ríe. Un viejo lagañoso de nariz colorada me la quita. Vuelvo a la mesa y rebaño entre jadeos los culos de todas las copas de manzanilla a mi alcance. ¡Vivan los novios!, grito, pero no se me escucha. Me acerco babeando a la pista de baile. Diviso a Pilar, otra amiga, y la arrastro a mi lado. La orquesta ataca ahora los sones de Macarena -¡aaig!- y todo el mundo salta de sus sillas. Todo el mundo baila. La novia aparece en el centro de la pista, descocada y epiléptica, -aaig-, abiertas las piernas y alzados al aire los gruesos brazos ajamonados. La orquesta toca Macarena seis veces seguidas -¡aaig!- y la gente la vuelve a pedir. Busco a Ángela y no la veo. Bailo solo hasta que una señora entrada en años, creo que la madre del novio, me toma de la cintura. Acompaso a ella mis movimientos pendulares. La abandono y me siento en una mesa que no es la mía, pero que conserva botellas de vino aún intactas. Me sirvo gentilmente. Un anciano enfermizo me abraza emocionado cuando le cuento, entre sorbo y sorbo, que soy su nieto que ha vuelto de unas minas de plomo de Berlín. Lo dejo llorando y me lanzo a la pista, saltando hábilmente sobre la punta de un pié hasta que derribo dos percheros y aparezco en una de las fachadas exteriores del gran salón, donde el sol pega de plano y un tipo mea y se ríe de su propia corbata.

     Meo yo también. Vuelvo adentro y busco a Ángela, pero no la hallo. Tomo asiento junto a un tipo gris, melancólico, con cara de aburrido.

-- Vaya mierda de boda, amigo -le comento, con la lengua estropajosa-. ¿Una copa, compañero...?

-- No bebo, gracias.

-- ¡Jaja! Pues si no bebes, mejor estás en tu casa, macho, porque aquí...

-- Ya lo he pensado, no te creas -me responde el tipo, suspirando-. Pero me temo que tengo que quedarme hasta el final.

     Entonces me fijé en sus ojillos grises, que me recordaban a los de unos personajillos de los desiertos de la guerra de las galaxias.