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miércoles, 27 de diciembre de 2023

-- Adoptar un Hijo

Vayan ante todo mis respetos a muchas organizaciones de valía. 

¿Pues no resulta que empiezan a resultarme odiosos los programitas de la tele,  diciéndome que mande un euro al quinto coño para que se vacune a un niño? ¿O esas campañas de no sé qué compañas para que adopte virtualmente a un meón por solamente 12 euros al mes?

Si tanta criatura se muere de hambre, ¿por qué leches hay que esperar seis años para poder adoptar una? ¿Qué tipo de negocio negro se esconde detrás de este temita de las adopciones?

¿De veras se quiere acabar con la mortandad infantil? ¿Y por un solo euro la llamada? ¿Por un euro al mes? ¿Por doce euros al año?

 Hay miles de familias esperando a un hijo en adopción. Miles de familias (porque las conozco muy de cerca y cualquiera puede tenerlas a su lado) que no darían solamente un  euro para mantenerlos con vida un año, sino que pagarían alegremente cada día por darles de comer, por darles estudios, por cantarles  una nana, por abrazarlos o por besarlos en cuanto abren sus ojos. 

Miles de familias. Miles de parejas, sean del sexo que sean, que se miran a los ojos cuando ven estos anuncios en la tele... y se dicen sin hablar: "¿un euro?,  ¿un euro... ? Nuestra vida le damos a una criatura de éstas si la tuviéramos aquí ya, en casa, en esta cuna vacía que solamente se ha ido llenando de ilusiones".

No sé quién maneja este tema de las adopciones. 

No sé quién lleva las riendas, quién decide a un buen padre o a una ejemplar madre... No lo sé.  

Pero sea quien sea, no merece estar ahí. 

Si hay tanto niño que muere (no me refiero a quienes tienen a su familia, porque al menos morirán juntos y ya es algo); pero si tanto niño hay solo por estos mundos, ¿a qué viene pedir limosna por televisión? Casi, casi, como la matrona gitana que pide por las calles con un bebé en brazos. Porque me suena a lo mismo.

Dad ejemplo. Dad esas criaturas moribundas a quienes en verdad las quieren... y deben de aguantar seis años de espera y de pesquisas, como si fueran unos padres delincuentes en potencia a los que hay que cachear y vigilar continuamente. Y además, pedirle una especie de fianza de más de 12 o 15 mil euros. Puedo repetirlo: 12.000 ó 15.000 euros... Como si en vez de padres, fueran ellos los delincuentes. O como si debieran de pagar un rescate por dar amor... ¿en qué mundo vivo? ¿En qué mundo vivimos?

Agilizad las adopciones. Habrá menos niños muertos. Menos tráfico de niños. Menos negocio, menos prostitución, menos hijos de puta ganando dinero con todo este tema.

No quiero mandar un euro ni poner un SMS a tal número, para que un niño dure 24 horas más.

Mándadmelo a mi casa. Aseguro que no le faltará de nada. 

Y el euro, para piruletas y chuches.






jueves, 10 de agosto de 2017

La Soledad, es cosa de dos.


                                                           
LA SOLEDAD, ES COSA DE DOS.  CAPÍTULO I.


La niña, como es la mayor, entra pronto, arracimándose sin remilgos al primer grupito de amigas que encuentra; ni un beso me dá la puñetera cuando ya se aleja. Mi Rafa, no. Mi Rafa me aprieta con fuerzas la mano y se me echa a temblar como un pajarillo. Con ojos de pajarito se me queda mirando, a medio camino del llanto, de nada vale que le compre donuts para el recreo y le prometa chucherías para cuando salga; mi niño tiembla. Todo es arrancar y después se le olvida, pero mi Rafalín al punto me suplica con la mirada y al cabo, cuando eche a andar, lo hará mohino y cabizbajo, con un cabrilleo de agua en los ojitos y girando de vez en vez la cabeza por encima de la mochila mientras me dice con la manita que adios, adios, ¡adios, papá!

Desayuno en la cafetería nueva, descafeinado de máquina y media tostada con aceite y jamón, sentado a una mesa con el padre de Mirian, con el padre de Juanjo, con el padre de Javi y con el padre de Sandra. El padre de Elvirita no ha venido. Hablamos de nuestras cosas, cosas de hombres, ya se entiende, con el entusiasmo preciso, adormilados todavía, cada cual a su aire y sin prestar mucha atención a lo que dicen los demás, cinco monólogos inciertos que alguna vez, de puro azar, se entreveran. Hoy acabo pronto, he despertado con el ánimo cuajado, me levanto, me sacudo de las migas el pantalón.



-- ¿Ya te vas? -me pregunta el padre de Juanjo- ¿Y el cigarrito?



El cigarrito me lo fumo hoy camino de la plaza. El padre de Juanjo se sonríe, con la boca torcida, en ademán de querer bendecirme con un que te den, tú te lo pierdes, huye pues. Si por él fuera, se pasaba toda la mañana en la cafetería nueva -me consta, de hecho, que más de una vez lo logra sin proponérselo-, hablando memeces, desflorando dimes y diretes, arrepanchigado como una diosa sobre la silla, con la copita del coñac en la mano, nunca tiene nada que hacer, nunca lo lleva la prisa, nunca se le ha visto un sólo día salir pitando que es como salgo yo la mayoría de las mañanas, que cuanto más corro más ligero parece que me adelanta el tiempo, que cuanto más quiero abarcar tanto menos acaparo, él no, él de cuándo, él puede pasarse las horas muertas en la cafetería nueva, venga cafetito, venga copichuela con cigarrito, cuenta tú que te cuento yo ahora; cuántas veces no hay que vuelva yo con mi plaza ya hecha, mi carro cargado para toda la semana, y pase por delante de las vidrieras de la cafetería y todavía lo distinga ahí, al fondo, azorrado y como en adobo, en la misma mesa con la misma copa y la misma cara de pavo satisfecho y si me vé pasar agita la mano con ademán quiere que efusivo y me dice que entre y yo con una floritura de dedos y sin mirarlo a los ojos le digo que no, que de qué voy yo a desayunar otra vez, que ya vengo con mi plaza hecha y tú todavía ahí, mira cómo llevo el carro, mira cómo tengo que tirar con los dos brazos, después nos quejaremos, mucho decir después que no tengo tiempo, que esto no es vida, ay las piernas, ay la espalda, ay la leche, un carajo para ti. No quiero imaginar, y confieso que sufro apneas por no saberlo, cómo tendrá la casa este cabrón.



Joaquín -el padre de Sandra- se viene conmigo, siempre vamos juntos a la plaza. Es un hombre serio, ojiprieto, que canea en los aladares y camina encorvado, regostado en una especie de tristeza venerable; y siendo más joven que yo, parece mayor. Todo el mundo lo dice. Tiene un algo patético que le deja querer; es, o debiera serlo, buena persona.


Caminamos en silencio, como si nos conociéramos de toda la vida.


Fumamos de nuestros cigarrillos y arrastramos con indolencia nuestros carritos, los dos de tela a cuadros, así como escocesa. El mío chirría un poco y no tiene la dirección muy acá; además hoy, con cada bache o cada piedra del acerado, deja oír un compás que es como un entrechocar de cristalitos rotos o como un sordo ritmo de maraca caribeña, chis, quichis, chis, quichis, algo por el estilo. El padre de Sandra me mira, intrigado. Es un quilo de almejas que le compré ayer a la niña de la pescadería, le explico sin que me pregunte: las hice con fideos, que me salen muy bien, ¿te puedes creer que no se ha abierto ni una sola? ¡Ni una!, no te miento.

El padre de Sandra encoge un hombro, no se extraña por nada, sonríe, mira al suelo. Pues yo las devuelvo, le digo mirándole al cogote, verás lo que tardo en devolverlas: conste que no lo hago por la mierda que me han costado, pero que me dá mucho coraje callarme las cosas, sabes, y que me tomen por tonto, entiendes, como si uno fuera un idiota, ¡imagina! Con esto y poco más llegamos a la plaza, mosquerío con olor a pescado de azarosos padres de familia.

De pequeño me atraía el olor a podrido y a hierba mojada y a verdura fresca que tienen las plazas, pero ya no. El padre de Sandra se vá a la carnicería, cómprame medio quilo de filetes de ternera de los más jugositos, le digo, ¿vas a querer tú algo de la pescadería? La pescadería está a rebosar, ¿quién es el último? El último es un señor muy atildado y diría que abatido, con bigote tricolor, que me dá la vez y me la guarda mientras yo salto a la frutería, a por manzanas, manzanas para mis niños y, ya que estoy, seis plátanos, una piña, medio de mandarinas y cuarto y mitad de picotas para Angela que hoy viene a almorzar y dice que lleva como tres semanas pidiéndome picotas, exagerada, pues venga, ahora que las tengo delante, cuarto y mitad, de las de abajo si no es molestia. Un vistazo profesional a la pescadería: el del bigote sigue disecado y abatido en el mismo sitio, mira al infinito, la cola no avanza porque un tipo con chandal y con perilla teñida no deja de acaparar género, acedías de éstas, boquerones de aquéllos, pijotas de las de más allá, huevas, ahora chipirones, cigalas, ocho cangrejos, patas rusas un sarmiento, se ha vuelto loco, anda tarumba, está criando pirañas en cautividad, no lo sé ni me importa un carajo, así que meto tercera y me encajo con mi carro en el quiosco del Chico que no tiene más que a un tipo avinagrado que ya rehurga por la cartera: Chico, hijo, cuando tú puedas, a ver, recomiéndame un riojita que sea bueno. A Angela le gusta, almuerce donde almuerce, ensopar el condumio con un riojita bueno, como dice ella aunque no entienda demasiado bien ni de vinos ni de retóricas. Y ya que estoy, compro también vino blanco y una garrafita de aceite de oliva y una botella de coca cola de las nuevas de dos litros y medio, que se me antoja un extintor, no sé, tan gorda y colorada que la veo.

Brinco a la pescadería, el del bigote de colorines está siendo atendido. Allí me encuentro al padre de Mirian, aburridito con la comida de los niños, me confiesa, que no sé ya qué ponerles, que no les gusta nada de lo que les hago, que no me salen del huevo con las patatas fritas y las hamburguesas de pollo con las patatas chip, que a ver si hoy me los camelo con unos calamares y unas empanadillitas de atún y, por cierto, que esta noche tenemos Boda en la tele. ¿Que hoy tenemos Boda?, me escandalizo y palidezco. El padre de la Mirian asiente, con contundencia de acero. Boda, sí señor, lo reafirma con muy mala leche. Hoy retransmiten en diferido la del sábado, la de Estefanía Fuentebrava con el niñato putón ese de Cádiz.

¡Claro...! Claro, me digo, barrunto y me reconcomo por dentro, claro, mordiéndome un trozo de lengua, por eso Angela sale hoy del trabajo al mediodía, por eso es. Si todas son iguales, no se salva una, no se extravió el patrón. Que no se las vé la trenza en todo el santo día, que si los muchos quehaceres, que si las insalvables necesidades de la empresa, que si los compromisos, que si las inspecciones y los balances a última hora, de todo, de todo, pero en cuantito ponen Boda en la tele, ¡milagro!, se dejan caer por casa como avecillas migratorias, qué cucas, qué cucas, pero qué cucas salieron. Ya no basta con la Boda de los domingos, que nos la ponen, encima, cuando están echando el fútbol por la otra cadena; ahora también bodas en diferido los días de entresemana, mierda de país, qué cucas, qué cucas.

¡El siguiente...!

El siguiente soy yo, caldeado ya del todo. Saco la bolsa con las almejas. La pongo encima del mármol y miro a la pescadera a los ojos. Supongo que mi mirada hiela. Toma, niña, aquí están las almejas que me llevé ayer. ¿Y qué les pasa?, inquiere ella deshaciendo el nudo de la bolsa. Pues nada hija, le digo, si pasar no les pasa nada, pero que a lo que se vé me dejé aquí el cascanueces que debéis regalar con ellas, porque en la bolsa no viene.

La pescadera suelta una risita putesca y me lanza una mirada muy picarona a los pelos del escote, que yo tengo castaños y muy rizados; me los mira con desvergüenza y me afirma que los clientes como yo siempre tienen la razón, que una almeja como debe de bien estar es abierta para poder meter la lengua con holgura y agarrar con mucho tacto el bichito entre los dientes, que debe de deshacerse en el paladar....

Y yo que tengo un espasmo de tos y me sonrojo, mira qué tonto, y la pido choquitos, sardinas no porque me dejan la cocina hecha un polvorín, y la pido un lenguado y me descuentas lo que me cobraste de las almejas, guapita de cara, que apañado vá tu marido con tanto bichito loco de almeja fresca que anda suelto por aquí. Esto último me lo callo. Todavía compro algo de verdura en casa Sole, algunas chucherías en el puesto de Juan, pastelitos para el desayuno de Rafa, dos tabletas de chocolate suizo para mí. Ya el padre de Sandra me anda esperando y nos marchamos juntos. Las doce menos cuarto ya, joder, ya vamos de carreras. ¿Un cigarrito? Venga. ¿Una cervecita? Venga también, vamos a echarla, total. 
Bebemos en silencio, ninguno toca el platito de las aceitunas...

Y hoy tenemos Boda, digo yo, por decir algo. Y el padre de Sandra sonríe, encoge un hombro, asiente levemente, mira al suelo. Es un hombre resignado, pero ignoro todavía lo que la vida le hizo primero, si cansarlo o si resignarlo. Sonríe como si un calambre o una embolia le hiciera torcer los labios, sin querer, sin saber o sin poner empeño. Qué hartura de bodas, insisto, ¿es que no se cansan? El padre de Sandra encoge ahora el otro hombro, sonríe. Le dejo pronto. Las doce y cinco. Pago yo. No, hombre. Pues paga tú.

Todavía brujuleo un rato, antes de arribar a casa. En la tienda de Rica compro el pan, dos barras, dos chuscos, seis molletes, los picos, la bolsa de regañá; y vamos, dame pan rallado, dame sal, dos latitas de mejillones, dos latitas de atún, una docena de huevos, colacao, una bandejita de esas con las seis palmeritas de chocolate, dame yogures blancos, dame natillas y flanes, arroz con leche no me des que me sale a mí muy bueno, dame canela y un paquete de arroz. Llevarse chucheos para casa, dice la Rica, que esta noche tenemos Boda. ¿Hoy tenemos Boda?, pregunta un tipo con unas patillas que parecen croasanes recién hechos, con el rostro desencajado por la impresión. Otro más. Y Rica se relame, aplaude satisfecha, es feliz: la Estefanía Fuentebrava con uno de Cádiz que está buénisimo, gorgorita, soñando ya seguramente con la hora de cerrar la tienda y repantigarse frente al televisor, para no coscarse en toda la larga tarde. Así sea.

Al Ciruela, de paso, le compro perejil, dos limones, dos zanahorias para mi niño, mi Rafa, que gasta lentes del grosor de dos cazuelas de barro, qué lástima, con lo pequeño que es aún; y un coco, y una lechuga que me encalomo debajo del brazo porque en el carro ya no me cabe nada más. Trastabilleo como un tuareg envuelto en celofán azul. Me vuelvo. Asomo la cabeza a la imprenta, ¡que si están encuadernados ya los fascículos de algo que había de encuadernarse!, que no, pues mañana me paso. En la ferretería compro un tubo fluorescente para el cuarto de baño, que se me orina el personal por la tabla y los aledaños de la tapadera, que no es el tubo que eso va a ser del cebador, arrea, dame un tubo y dame un cebador no vaya a ser que al final demos dos viajes. La ferretera quiere explicarme cómo hay que colocar el tubo, se explaya melosa en consejos que no le pido y se arrima y me roza y me atisba por entre los botones de la camisa, ocho euros cincuenta, huyo raudo, todas pensando las veinticuatro horas del día en lo mismo, salidas, el cebador lo meto en la cartera y el tubo fluorescente me lo encajo en el otro brazo. Al quiosco ya, a por el tabaco, rubio ligh americano para mí, negro canario para Angela, y el Bodas'life, y la Liga Universal, para nada, que después ni la leo, siempre digo después a la tarde le echo un vistazo pero no, nunca puede ser. ¿No se me olvida nada?

Vuelvo a casa, cabizbajo, con un zancajeo incierto y torpe, dándole vueltas a la cabeza. Algo se te olvida, Julio. La una ya. En las escaleras me cruzo con Juan, el de Conchita. Estás echando barriga, tío, ¿eh?, me dice socarrón. Y tu puta madre también, me callo yo. Pues no será porque no sudo, Juan, le contesto, que mira cómo vengo. Y tiro del carrito escaleras arriba, resoplando celestialmente. Pues yo te veo más gordito, insiste. Adios, Juan, anda, adios.... le sonrío y lo miro irse, mira quién va a venir a hablar, él, precisamente él, zaborro, morcilloso, atortugado que se relame hasta del aire que sopla, que tiene un culo que es la carcasa de una tómbola, ¿gordo yo? Gordo tú, cabrón, no yo. Es él, y no yo, el que pidió hace tres meses a teletienda el artefacto de los abdominales, el "changerfisic-esport" o como quiera que se llame, que ví el camión sin querer desde la ventana de la cocina y fueron y llamaron a su puerta; desde el patinillo lo oí sin querer, el "changerfisic-sport-man" ese, para la barriga, para el culo y para el cuello, que falta le hace a él y a sus cinco críos, que parecen sacados de antiguas postales de Adena.

A veces no sé cómo no reviento.

Hoy puchero.

Los garbanzos los tengo desde anoche en remojo. Hago la cama de los niños. Rafa, la verdad, no miento, se hace la suya nada más levantarse. Les recojo el dormitorio un poco, un dado, una pistola de júpiter por lo menos, unos calzoncillos de muñeco, un cubo con piezas de colores. Me meto en las babuchas, me cuelgo el delantal, muy lindo por cierto, a rayas blancas y azules, con un tenedor dibujado en un bolsillo y un puro cubano en el otro. Monto en la escoba y jineteo por los dormitorios, por el pasillo, por la salita y por el comedor, poseído de no sé qué espíritu desinfectador. A bayetazo limpio me abro paso de una punta hasta la otra de la casa. Pareciera que disfruto. Y eso que es un pisito pequeño. Y eso que somos cuatro gatos. Y eso que llaman a la puerta. Llaman a la puerta muy flojito, así, tó-tó-tó....Tó-tó.

Ese es Fernando. Abro la puerta.

Es Fernando, el vecino de al lado. Trae una sonrisita de complicidad en los labios. ¿Tendré, por casualidad, una mijita de tomillo? Por casualidad no, Fernando, porque lo compro. Es en realidad, lo suyo, una excusa como otra cualquiera. Un día es la sal, otro el perejil, otro que si medio limón, yo lo sé, yo lo conozco, sólo aspira, pobre hombre, a colarse y hablar un poco, partir en dos grandes trozos su inconmensurable, eterno aburrimiento.

Fernando está solo, no tiene hijos, ni siquiera un canario o una tortuga que me lo entretengan, vive con una mujer que se pasa los días y las noches fuera de casa, dándosela con un cabroncete de Antequera, todos lo sospechamos, todos los hombres del bloque lo sabemos, en fin. Èl no se preocupa de silenciarlo. Sus confidencias personales se diferencian de un parte radiado en que él las vá depositando pacientemente en los oidos de quien le escucha, de uno en uno pero a todos, aunque asegure que "esto nada más que te lo cuento a tí".

Tengo tomillo, sí, Fernando, me queda tomillo.

Él me sigue a la cocina sin que yo lo invite a pasar, que minucias semejantes a este hombre no le arredran el ánimo. ¿Sabes lo de Enrique?, me pregunta, Enrique el de las uñas, en un susurrito destemplado y menesteroso. Empieza la tocata y fuga en do menor, me digo mientras echo un vistazo al reloj de la pared. Lo de fuga es un deseo íntimo, con el que habré de batallar cada dos por tres. Desembucha, Fernando, desembucha te vayas a atorar. Pues que su mujer se ha quedado sin trabajo, la Encarna, la de la ceja. La han despedido. ¡Y no tiene paro ni ayuda familiar! Con los tres niños pequeños, los de los flequillos. La vida, Fernando, la vida, hijo. Y me lo voy llevando hasta el descansillo de las escaleras, donde lo deposito gentilmente.

A las dos menos cinco ya estoy de nuevo a la puerta del colegio. Rafa es el primero que sale, la mochila a las volandas, discerniendo quizás la altura que alcanzaría si atinara a darle una coz sin depender de las gafas. Mi Rafa corre como una mona miope y me salta al cuello en cuanto logra distinguirme entre la caterva de padres, con cuidado que me caes, chiquillo, no seas burro. La niña hace su aparición triunfante a los diez minutos, sin prisas, con todo el sosiego del mundo, arracimada esta vez a cinco zangones que hacen equilibrios estresantes sobre botas de astronauta, cinco nada menos, mira qué bien. Es bonita mi Tere. A pesar de los granos que la escarpan la cara, es bonita. Y comienza a darse cuenta, comienza ya a saberlo. Y sabe, aunque parezca que lo ignora, sabe de sobras que ellos lo saben también... Es bonita mi Tere y yo me siento, hay que ver, un poco más viejo.

Cuando llegamos a casa, dejan el matatolaje colegial en cualquier sitio, donde la gravedad lo deposita; se derrumban en el sofá como si dos bolas de goma perdidas en una redada policial les hubiesen alcanzado mortalmente por allá por la mitad del cráneo; la niña enchufa y picotea de la tele. El niño hojea la Liga Universal.

-- Rafa, hijo, ¿ayudas a papá? -le recrimino , desde la cocina.

-- ¡Que te ayude Tere! -rezonga él, desde el sofá.

-- ¡Tere es una mujer! ¡Anda, ven!

No es mal chico. Es la edad. Se lleva al dormitorio las dos mochilas alpineras, pone la mesa, me saca un fregado aunque las burbujas que suelta el lavavajillas concentrado lleguen a acorralarlo contra el rincón del frigorífico, mientras yo barro el patio y el puchero se calienta. A las dos y media, y cuando los garbanzos están aporreando la tapadera de la olla, más o menos, suena la llave en la puerta. Es Angela. Los niños saltan al cuello de su madre, alborozados y locos como los garbanzos. Angela también deja el maletín de su ordenador en cualquier sitio, donde cae, pero Rafa se encarga de recogérselo.

Angela entra en la cocina, desanudándose la camisa y arrascándose con un dedo por debajo de un pezón, como si le picara. Me rescata la cabeza de una nube de vapor, me besa, me pellizca el trasero, se asoma a la olla, se sonríe...

-- Muy descotado andas -susurra, propinando un tironcito al moño de pelo castaño y rizado que me asoma bajo la nuez.

-- Estoy en casa, cielo -contesto, besándola.

Se vá al baño. Se ducha. La oigo gritar que el agua sale fría, que no hay toallas, que no encuentra el gel, que ya lo ha encontrado pero que no parece ser el suyo, que el champú se ha acabado, que una horquilla está dilatada por efecto de la humedad, que le mande unas bragas limpias... Envío a Rafa en su auxilio, antes de que pueda aparecer su cadáver descompuesto sobre la tapa del retrete. Angela, sana y salva, vuelve a asomar por la cocina a los doce minutos, enfundada en la bata, sembrada en unas babuchas de tercipelo azul, el pelo chorreando y bienoliente... Hurga en el frigorífico, ¡picotas hostias!, exclama, y se hace con un puñado en la palma de la mano.

-- No veo cervezas -comenta.

-- Riojita te he traído - la miro de reojo- Y del bueno.

Aguardo un beso que no llega.

-- Vienen unas amigas esta noche. A ver la Boda. Por eso te lo digo. Alguna cerveza habrá de haber, eh.

-- ¿Hoy hay Boda? -me hago el nuevo, poniendo cara de desconcierto.

-- Estefanía Fuentebrava y el Pimiento de Cádiz, tócate la teta -dice arrebolada, extática, frotándose las manos y ametrallando el cubo de la basura con una ráfaga de huesos de picota- ¡Y en el pueblo de ella...! Aunque en diferido, sabes. Uuh, boda de las buenas.

La miro, no sé si embobado como cuando se mira dos entradas para la ópera o idiotizado como cuando no sabes qué carajo andas mirando.

En diferido, viniendo de los labios de Angela, quiere más o menos decir que la Boda podría muy bien importarle una mierda, pero que en verdad ni debe ni puede ni quiere perdérsela, porque a ver si no de qué chochos hablamos mañana en el trabajo. Y me lo refiere encima así, muy parca, muy dulce, muy sin complejos, oye. Lo que me importa a mí si es en directo o es en diferida. Como si el ser en diferida fuera un atenuante, como si ser en diferida fuera a quitarme a mí de pasarme toda la tarde noche en la cocina, cortando taquitos de queso, pelando papas para las tortillas, vistiendo platitos con rodajitas de mortadela y de jamón york, recogiendo y llenando vasos, yendo y viniendo, desplatillando botellines de cerveza y vaciando ceniceros, de la cocina al comedor y vuelta la cabalgada del comedor a la cocina, a quién lleno, qué os falta, qué más queréis.... todo ello con la más ancha de mis sonrisas.

Callo.

Almorzamos.

Angela escucha el televisor, los niños se lanzan migas de pan a la cabeza, vengo y voy, que si traigo la sal, que si más servilletas, que me llevo el vino, que viene el segundo, agua se pide antes; y de vez en cuando puedo alcanzar dos cucharadas seguidas que llevarme a la boca, oteo, pico de aquí y pico por allá.

-- No me empieces ya a apartar a un lado los garbanzos, Tere, que te estoy viendo - recrimino a la niña.

-- Están duros y a Rafa no le has echado tantos, papá -argumenta la niña, metiendo media nariz en el plato de su hermano.

-- ¡Mennnnntira! -grita Rafa, empujando a su hermana.

-- ¡Verrrrrrrrrrrdad! -replica Tere.

-- ¡Mennnntira!- remata Rafa, arrugando la nariz y apuntalándose las gafas con un dedito.

Tomo la mano de Tere y la miro a los ojos.

-- A Rafa no le quedan garbanzos porque ya se los ha comido. Conque empieza tú con los tuyos.

-- ¡ Prrrfghh! -hace Rafa, sin mirar a nadie en particular, bajándose las gafas de la frente.

-- ¡Pero están duros! ¡Duros, papá! -resopla Tere.

Ahora me exalto:

-- ¡Y un carajo van a estar duros los garbanzos!

-- ¡Julio, virgen santa! -se rebota Angela-. ¡Esa boca!

-- ¡Rafasapo, Rafasapo! -relincha la niña.

-- ¡La última vez que le dices a tu hermano sapo! -grito.

-- ¡Tiene tetas, tiene tetas! -grita Rafa- ¡Tere tiene tetas!

-- ¡Sapo, sapo, sapo, sapo!

-- ¡Tetas como las vacas! ¡Tienes tetas!

A estas alturas reviento.

-- ¡Tere! ¿Quieres hacerme el favor de comerte los garbanzos ya? ¿Quieres o no quieres? ¿Quieres?

Tere arremete con una cucharada de garbanzos, traga, erupta, suspira y dos lágrimas le empañan los ojos. Mocos como flanes de huevo hacen pompitas en la punta de su nariz.

-- ¡Santa virgen! -grita Angela, estampando la servilleta contra el plato, parca como siempre en vocabulario- ¡Pero es que no se puede comer en silencio en esta puta casa? ¿Nunca?

Silencio.

Silencio. Los niños callan. Agachan la cabeza en sus platos y miran de reojos. Mas hoy el silencio dura el tiempo que yo quiero. Porque yo, hoy, no me callo. Hoy no. ¿Hoy? No. ¿Por què habría de callarme?

-- Nunca puede almorzarse sin ruídos y sin trifulcas en esta casa. Nunca. Claro que eso lo sé yo mucho mejor que tu.

Angela no es que se atragante, precisamente, pero si se hubiera atragantado me hubiera demostrado un algo de algo, un sentimiento al menos, aunque fuera abstracto.

-- ¿Insinuas algo? -me dice, primero alzando la copa de Rioja y después mirándome sobre el cristal, antes de beber.

-- ¿Yo? Nada, mujer. Nada, por supuesto. ¿De qué iba yo a insinuarte nada, cariño?

Y me callo solemnemente.

Estalla una carcajada y la barbilla de Angela apunta al techo, con tanta prepotencia y tanta fuerza que me hace buscar, institivamente, un cojín que encasquetarle bajo la séptima vértebra cervical. Un día hice un curso de esos. Sonríe. Noto cómo se me queda mirando, de una manera muy desagradable. Presiento que me sonrojo, pero tengo barba de tres días y el rubor no trasciende:

-- Dime -la miro.

-- Me andarás echando en cara las veces que no vengo a comer a casa, supongo. Te conozco, Julio.

Me sonrío y agito la cabeza, mientras me paso una servilleta por los labios.

¿Yo? Já. Anda mujer, qué cosas tienes. Comamos.

-- Qué más quisiera yo que comer cada día en mi casa -añade ella, jugando con la copa entre los dedos. Y es el caso que ella misma se lo cree.

-- Tanto y tanto trabajo, ¿verdad, cariño?

Angela asiente. Sin dejar de trepanarme la cabeza con su mirada fría.

-- Demasiado trabajo -arguye.- Más del que imaginas.

Asiento yo, con media risita, no puedo evitarlo, dándole un pellizco al bollo y apartando a un lado del plato una hojita de laurel, intrascendente mas saporífera como un pellizco en una rodilla.

-- De todas maneras, cielo -digo- reconocerás que no deja de ser una extraordinaria suerte que los días que puedes escaparte a almorzar a tu casa... sean precisamente los días que ponen Boda por la tele, aunque sean diferidas. ¿El Pimiento de Jerez, era hoy...?

Ya está. Lo he soltado. Ahora, a agarrarse bien. Porque Angela suelta una gran carcajada, una risotada fea que me duele por detrás de las tripas.

-- ¡Acabáramos! ¿Era eso? ¿Es la Boda lo que te mata, Julio? Si ya notaba yo que algo te pasaba, criatura, desde que te comenté hace un rato lo de las cervezas.

-- No me pasa nada, te lo aseguro. Compré Rioja.

-- Lo que más te enrabia es que vengan mis amigas, ¿a que sí?

-- No me enrabia ni me deja de enrabiar nada.  De hecho, compré Rioja, mi amor.

-- ¿Es que me molesto yo cuando te pasas las horas en casa de Baltasar, el del cuarto, hablando de tonterías?

-- ¿Yo? ¿Con Baltasar? -no me lo puedo creer- Compré Rioja y...

-- ¿O cuando viene Fernando y os metéis en la cocina a rajar por los codos?

-- ¿Yo? ¿Con Fernando?

-- ¿Te digo yo algo porque te pases las mañanas en la cafetería nueva? ¿O porque te vayas a la plaza con el padre ese de la niña esa y os metáis después en la bodeguita aquélla?

Golpeo con el bollo sobre la mesa.

-- ¡En la cafetería no estoy más que el tiempo de desayunar! Y en la bodeguita...

-- Cállate la boca entonces, hombre. Respeta, cojones. Me paso cada día doce horas fuera de mi casa, para vestiros y daros de comer. ¿Vas a tener el valor de echarme en cara que vea una Boda con mis amigas?

-- ¡Yo nunca...! ¡Mira...!

-- Calla entonces. Cállate y deja escuchar las noticias. Tengamos el almuerzo en paz, Julio. Hazme el favor.

Las lágrimas anegan mis ojos. Siempre me pasa lo mismo; pienso que aguantaré, que guardo resuello suficiente para soportar su embite, pero estas estúpidas lágrimas vienen siempre cuando nadie las ha llamado ni nadie las necesita. La faz de Angela se me torna borrosa, distante. Miro a mis hijos, que inclinan la cabeza. Siento un nudo en la garganta y arrastro hacia atrás la silla. Una cuchara cae al suelo; me levanto, tropiezo y corro al dormitorio. Un portazo pretende ser un punto y final.

Me arrojo sobre la cama y enjuago con silencio este llanto, las lágrimas que rindo a la incomprensión, al desconsuelo amargo de la soledad en compañía, a la impotencia triste de una ira que cuando aflora he de atajar: a la duda acerba del desamor.

La puerta se entorna y entra alguien, sigilosamente. Miro por debajo del codo. Es mi Rafa, mi niño, que ve llorar a su padre y se marcha. Viene después Tere, mi niña linda, me abraza, me da un beso donde pueden alcanzarme sus labios: me he comido todos los garbanzos, papá; no estaban tan duros, me dice.

A los pocos minutos, entra Angela. Toma asiento a mi vera, sin apenas mover la cama.

-- ¡No me toques! -grito.

-- No te he tocado, Julio -dice ella.

Gimo.

-- Perdóname, por favor -murmura.

Gimo más alto, aunque la funda de la almohada aferrada entre los dientes apague mis lamentos.

-- Siento haberte hablado así, de verdad -susurra ella, pasando una mano arriba y abajo de mi espalda.

-- ¡Que no me toques!

Retira la mano.

-- Eres muy cruel, Angela -la recrimino, sorbiéndome los mocos.

-- No me digas eso, Julio. Tú sabes que te quiero; que a veces el genio que tengo, me pierde. Pero te quiero.

Hipé, desembosqué la cabeza, me sequé con un brazo la barba húmeda. Busqué pañolillos de papel en un cajón de la mesilla.

-- Me dices cosas muy groseras, Angela. Yo no te doy motivos. ¿Qué es lo que te he dicho, a ver? Que me gusta que almuerces en casa, ¿te molesta que te confiese algo así? Y compré Rioja que sé... que sé...

Ella calla, sacude la cabeza, aferra mi mano.

-- No te das cuenta, Angela, de que me paso todo el día solo, deseando que vuelvas, preparándolo todo para que lo encontréis todo a vuestro gusto. Ni siquiera me has dicho nada de las picotas que te he comprado, ni de la botella de Rioja, que me ha costado un huevo. Ni de la tableta de chocolate suizo.

-- Perdóname, Julio. Soy una grosera. No mereces estos desmanes, bien lo sé. Bien lo sé yo, mi vida...

Angela me besa los párpados. Me estrecha en sus brazos.

-- Te quiero, Angela; te quiero mucho -lloro ahora en su hombro- Pero eres tan, tan...

Ella corre mis párpados con dos dedos, mientras se levanta. Se dirige a la puerta, la cierra y echa el pestillo.

Vuelve para besar mis ojos húmedos. Besa la piel rasposa de mi cara, me besa en los labios, en un hombro, en el cuello, mientras esos mismos dedos corretean por mi cuerpo, impacientes o arrebatados. Me baja las tirantas del delantal, desabotona a mordiscos torpes mi camisa a cuadros, hmm... Y yo me dejo llevar, enloquecido, tendido y extendido sobre la cama. Ella salta sobre mi cuerpo, a horcajadas. Hurga y rehurga y me hace el amor con sabia dulzura y sin embargo, como viene ocurriendo últimamente, con justa precisión, con movimientos medidos, como quien se pone un supositorio para superar un catarro pasajero. Todo acaba en unos minutos. Angela se echa a mi lado, enciende un cigarrillo, lanza volutas trémulas contra la lamparita del techo. Mujeres, pienso... Afuera, Rafa empieza a llorar, Tere ríe, me lo enrabia.

Angela fuma con la mirada perdida, silente y reconcentrada...

Y yo me acurruco entre sus pechos, disimulando con tristeza mi erección impávida.




¿Te gustó el Primer Capítulo de La Soledad es Cosa de Dos? No esperes más y averigua en qué podría acabar una supuesta Revolución Machista en un mundo donde la Mujer es el sexo dominante. 

jueves, 8 de diciembre de 2016

-- Juicio a Tadeo Sila.

   Todo empezó hace unas tres semanas y por ello hasta el día de hoy no he tenido oportunidad de escribir nada en este blog.

-- ¡El Estado contra Jesús Tadeo Sila! -enunció el Secretario-. Tenga la bondad de subir al estrado, señor Tadeo.

   Miré a mi abogado y él me sonrió intentando darme ánimos, conque me levanté muy seguro de mí mismo y tomé asiento donde me indicaban.

   El fiscal -un tipo gris con traje gris-  se puso entonces en pié y tras pasearse encorvado ante el Juez, se aproximó a mí, con las manos en la espalda y un labio montado sobre el otro, en actitud compungida y meditabunda.

-- ¿No es verdad, señor Tadeo -empezó a hablar, mirando al suelo, muy reconcentrado-, no es verdad que la mañana del 17 del pasado mes de noviembre, paseando usted con su hija por la Avenida de la Buhaira, sobre las diez más o menos... la abofeteó salvajemente porque ella, ¡su hija!, ¡una niña de once años!, tuvo la mala, la triste, la penosa y desgraciada fortuna de poner el pie en un charco? ¡No responda, por favor! ¡Calle! Déjeme terminar y hable solamente cuando se le pregunte -se detuvo, se acarició la barbilla, miró al techo-. Cabría preguntarse, señor Tadeo Sila; cabría preguntarnos,  ¿acaso usted nunca ha pisado un charco? Reflexionemos con cautela.  ¿Quiere hacer creer a este Tribunal, señor Tadeo Sila, que es usted tan ágil y tan extremadamente perfecto que jamás en su vida ha pisado un... charco, como inocentemente hizo su pequeña y adorable hija?

   Me revolví en mi asiento.

-- ¡Responda! -graznó el tipo-. ¿Por qué está callado?

-- Bueno, me acaba usted de decir que no resp...

-- ¡Nada de trucos, señor Tadeo! Aquí no nos chupamos el dedo. Responda cuando se le pregunte.

-- Jamás he abofeteado a mi hija, señor -sonreí-. Y no pisó el charco inocentemente, mi niña. Sino a conciencia, con la intención única  de salpicar a ...

-- ¡Intención! -clamó el fiscal, deteniéndose y mirándome a la cara por primera vez-. ¡Intención! Usted, su padre, su progenitor, que acude a esta Sala como acusado, pretende endosar intencionalidad sobre los frágiles hombros de una criatura de once años que además es su hija. Su hija. Recuérdelo. No se limita a abofetearla vilmente, sino que achaca a ella...

-- ¡Yo no abofeteé a mi hija cuando pisó el charco! -exclamé, un poco mosca.

-- ¿Quiere decir que la abofeteó sin motivos? ¿Por sadismo? ¿Por placer? Resuelva las dudas de este Tribunal, señor Tadeo Sila.

-- ¡Quiero decir que no la abofeteé! Me limité a recriminarla y cogerla por el lóbulo de una oreja. Jamás le he puesto a mi hija la mano encima.

-- ¿No le ha puesto la mano encima pero le tira de las orejas cuando pisa un charco?

-- ¡No le tiré de las orejas! ¡Agarré su lóbulo y la pellizqué, solamente eso!

-- No haga juego de palabras, señor Tadeo. Ya conocemos su habilidad escribiendo, pero no es éste momento ni lugar. Responda: la abofeteó por pisar un charco, ¿sí o no?

-- ¡No! ¡Rotundamente no!

-- ¿Por qué entonces la agredió, fuera ya a bofetadas o fuera ya a pellizcos en las orejas?

-- ¡Pero...!

-- No tengo más preguntas.

   Miré a mi abogado, que volvió a sonreírme, conciliador.

   El Juicio se aplazó hasta el día siguiente.

-- No pasa nada -me aseguró mi abogado al siguiente día, antes de entrar en la Sala-. Vamos bien. Este fiscal tiene fama de duro, pero sus argumentos no se sostienen. Cuando me toque hablar, demostraré con análisis forenses que una bofetada no provoca daños irreversibles en las paredes craneales de...

-- ¡Que no le di ninguna bofetada, coño! Que solamente...

-- Ya. Las orejas. Pero tampoco es grave. Las orejas, oh. No hay lesiones y los daños tampoco son clínicamente alarmantes. Mantén la calma. Toma, relájate echando un vistazo a la prensa. No leas la portada, no quiero que te hundas.

"JESUS TADEO SILA, EL CÉLEBRE BLOGUERO, PASEA A SUS HIJOS TIRÁNDOLES DE LAS OREJAS, PARA EVITAR LOS CHARCOS".

   Entré al Juzgado sudando. Empezaba a imaginarme metido en una espiral que iba absorbiéndome lenta y pastosamente.

-- Señor Tadeo Sila -principió el fiscal, sin rodeos, enarbolando unas notas en una mano y apuntándome con la otra- ¿En octubre de 2010 abofeteó usted a su jefe porque éste no le concedió una semana de vacaciones? Responda sí o no.

-- ¡No! ¡Por supuesto que no!

-- ¿Por qué lo abofeteó entonces?

-- ¡Jamás he abofeteado a nadie!

--¿ Debe este Jurado inferir, pues, que le tiró de las orejas, tal y como suele hacer con su hija cuando la desgraciada tiene la mala fortuna de ir a pisar un charco?

 Me revolví en mi asiento, inquieto. Tragué aire e intenté explicarme:

-- Vamos a ver. Estamos tergiversando los hechos. No creo que este Jurado pueda imputarme ningún delito por tirar de la oreja a un hijo que salta en un charco con el único fin de salpicar a...

-- No cambie de tema, señor Tadeo. Hablábamos ahora de la bofetada que le propinó a su jefe por negarse éste a concederle vacaciones anticipadas.

-- ¡No he abofeteado a mi jefe en la vida...!

-- Vale, vale. No lo abofeteó. Pero no nos quiera hacer ver que tirar de la oreja a un superior por negarle éste unas cavaciones seguramente inmerecidas, puede soslayarse tan fácilmente. No se haga el listo, señor Tadeo. No quiera embaucar con su presunto talento para la oratoria a este Juzgado. No estamos en ningún foro de ninguno de sus agresivos blogs de tintes xenófobos.

-- ¿Cómo?

-- Lo ha oído bien, señor Tadeo. A este fiscal le consta su actitud violenta hacia la gente de color que vende pañuelos en los semáforos.

-- ¡Nunca compro pañuelos en los semáforos!

-- Claro que no. ¿Por qué habría de comprarle pañuelos a un negro? ¿No es eso lo que quiere decir? Supongo que es más fácil tirarles de las orejas. No hay más preguntas.

   Los periódicos de la mañana sacaron una edición especial.

JESUS TADEO SILA, EL BLOGUERO RACISTA: "ES MÁS FÁCIL TIRAR A UN NEGRO DE LAS OREJAS QUE COMPRARLE KLINES. NO ME HACE FALTA ABOFETEAR A NADIE. ¿PARA QUÉ ESTAN LAS OREJAS, EH?"

-- No hay motivos para preocuparnos -me susurró mi abogado, antes de entrar en la Sala por tercera vez.- Rebatiré sus argumentos uno a uno. De todas maneras, si un negro mete la cabeza por la ventanilla de tu coche, ¿por qué no vas a poder tirarle de una oreja amistosamente?

-- Pero yo no...

--Ah, no tiene mayor importancia. Todo el mundo lo hace.

   A estas alturas, el ambiente en la Sala era ciertamente opresivo. Habían venido periodistas de cada rincón de España. Y una delegación de Uganda y otra de Nigeria se sentaba entre el público, con actitud en verdad hostil.

   La Asociación de Empresarios Unidos también había enviado sus respectivos representantes.

-- Creo, Señoría -empezó el fiscal, que a estas alturas vestía traje blanco, camisa azul y una palomita roja de lunares blancos en el cuello- que se está claramente demostrando la actitud violenta del Señor Tadeo Sila hacia grupos indefensos como niños, inmigrantes o directivos de pequeñas o medianas empresas. Sea a bofetadas o a tirones de oreja, el Señor Tadeo adolece de un odio visceral hacia las clases más marginadas de nuestra sociedad.

  Al decir esto, el fiscal señaló dramáticamente a uno de los miembros de la delegación de Uganda, un negro de metro y medio que lucía unas grandes orejas de las que pendían unos zarcillos de metal que se las estiraban groseramente hacia abajo. Un murmullo de horror recorría la sala. El público miraba la dilatada oreja del Ugandés y me miraba después a mí, murmurando por lo bajo y señalándome disimuladamente.

-- Señor Tadeo -principió el fiscal-. Está usted costando mucho dinero a los contribuyentes, con esta pantomima de Juicio. ¿Por qué no confiesa de una vez la verdad?

-- ¿Pero qué verdad ni qué...?

   Me callé. Había caído en la trampa hábilmente tramada.

-- ¿Ni qué niño muerto, iba quizás a decir... señor Tadeo?

  El sudor, como goterones de cera, me corría de la frente a los labios.

  Frente a mí, mi abogado, con la cabeza gacha, se arrascaba un codo.

-- Mire, don Jesús Tadeo Sila. Asuma su culpabilidad ahora y todo será más fácil. No puede ir abofeteando a la gente cuando le plazca. ¡Vale, vale! Tirando de las orejas. No entremos en minucias gramaticales en las que ya sabemos anda usted muy puesto. Reconozca que no puede evitar agredir a ciertos colectivos indefensos. ¡Reconózcalo aquí y ahora!

-- ¡No tengo que reconocer nada! ¿Pero de qué me está usted hablando? Paseo con mi hija. Ella salta en un charco. Me salpica a mí y a un matrimonio que caminaba cerca. Y con dos deditos, ¡entérese bien!, con dos deditos la tomo de una oreja muy suavemente y le digo que eso no se hace. ¡No hay más! ¿A qué viene tanta...?

-- ¡Con dos deditos! -alzó sus brazos el fiscal, en el culmen del más doloroso dramatismo-. ¡Con dos deditos los tirones de oreja! Y hay que inferir de ello, que las bofetadas las suelta con cinco, ¿verdad? ¡Oh, con cinco deditos...! Son solamente cinco deditos, ¿qué daño puede hacer una bofetada solamente asestada con cinco deditos? Me repugna usted, señor Tadeo. Repugna usted a esta Sala, perdone que se lo diga.

   El murmullo de fondo fué subiendo de tono y el Juez hubo de asestar seis mazazos en la mesa para acallarlo. Una señora se desmayó en la última fila y uno de los representantes de Nigeria comenzó a dar forma entre sus manos a un muñequito de cera, sospechosamente parecido a mí. Salí escoltado por media docena de policías. En la edición de los diarios de fin de semana, un gran titular a todo color anunciaba:

JESÚS TADEO SILA: "RECOMIENDO USAR DOS DEDOS PARA LOS TIRONES DE OREJAS Y CINCO PARA LAS BOFETADAS". Y de fondo, una foto mía que no venía a cuento,  con la palma abierta, que algún desarmado me había sacado mientras espantaba una mosca o paraba un taxi.

   El lunes, y tras las torpes apelaciones de mi abogado, se decretó el secreto de sumario y aquí ando, aguardando una sentencia que ha de llegar tarde o temprano.

   Cuando salí de los Juzgados, llovía. Una muchedumbre sedienta de justicia me esperaba. Pero empecé a saltar sobre los charcos que encontré en mi camino y los puse a todos perdidos.

    A mi abogado, eso sí, le tiré de las orejas con cinco dedos.




jueves, 13 de octubre de 2016

-- Carta dentro de un libro.

Transcribo, sin añadir ni quitar coma, una carta que encontré entre las páginas de una novela policíaca, adquirida días atrás en una vieja librería del centro de Sevilla, más exactamente en un conocido mercadillo de libros usados. La carta tiene fecha de hace ya muchos años y tan sólo he cambiado los nombres propios.
    
     Ver la cara de tu amante, me ha hecho reparar por primera vez en la tuya, Ángela. Esto que lees, no se parece en nada a una novela policíaca de las que tanto gustas. Y como puedes observar, si en verdad lo fuera, pocos la leerían, porque la intriga ha quedado desvelada en la primera línea que he escrito: debes entender que lo sé todo. Y a partir de aquí, o seguir leyendo o conformarte con saber que se acabó el cuento: el de hadas de tu joven amante, el de terror de éste tu indeciso esposo. O el de viajes y aventuras donde has sido tú la intrépida protagonista durante no sé ni me importa cuánto tiempo.
    
     Ramón Conde -¿te suena?, ¿te sorprendes?- me ha parecido un jovencito de lo más encantador, así, visto a lo lejos, jaja. Si es un crío, Ángela, si es un crío, ¿cómo has podido...? Le doblas la edad. Es un crío a tu vera y ni siquiera he tenido valor para arrastrarlo por las calles, porque sé que lo engañas a él tanto como a mí.
    
     Los ojos de tu amante y los ojos de nuestros hijos, como los de cualquier niño,  son tan parecidos... Gastan miradas que no temen al desengaño, porque ni siquiera imaginan que exista nada en otras miradas que pueda no ser tan noble como en las que en ellos centellea. Los ojos de ese Ramón y los ojos de nuestros hijos, ¿lo has pensado alguna vez?, son ojos condenados a deshoras a conocer el brillo de la perfidia, a perder por un ruin capricho ajeno (el tuyo) la facultad mágica del asombro, a no parpadear más delante de la cara de quien más confianza les mereció: tú. Tú, Ángela. ¿De veras que nunca te has dado cuenta?
    
     Me ha costado trabajo, pero no ha sido un trauma desolador dejar de amarte. Quiero decir, que parece cierto que tememos más a los sentimientos que a los hechos que los motivan. Que suele dar más miedo pasar miedo que plantar cara a la causa que lo provoca. Y eso debe de ser lo que me ha llevado últimamente a esquivar o a pretender eclipsar la certeza inexcusable de que algún día tendría que escribirte una carta como ésta, para decirte simple y llanamente que he dejado de quererte.
    
     Que ya no te quiero, Ángela. Y que ver la cara de tu amante me ha hecho reparar por primera vez en la tuya. Me ha hecho fijarme con más detenimiento en la de nuestros hijos, para preguntarme lleno de dolor que quién osa burlarse, que quién se atreve, que quién puede tomarse a guasas o desbaratar de una bofetada sin mano la inocencia mágica que irradian sus miradas... Porque atiende, escucha. Que la vida aseste palos, me parece normal y hasta edificante: pero que los palos los aseste gratuitamente la misma madre que nos parió, me parece imperdonable, perverso por no decir una verdadera cabronada, digna de cobardes que ni merecen el desquite a que obliga el insulto.
    
     Y mira que te he querido... ¡cuánto te he querido! No temas, porque nada enturbiará mi memoria. Nada de esta Ángela reflejada hoy en los ojillos claros de un jovencito imberbe, ensombrecerá nunca a la Ángela a la que amé. Que te he querido y que ya no te quiero, eso es lo único que va a revelarte esta carta.
    
     Antes de ponerme a escribir, he estado hurgando en la caja de lata donde guardamos las fotos. En una aparecemos tú yo, de recién casados. Hay otras en que aparecemos de novios, hace más de veinte años, sentados en un columpio de un parque, yo afeitado y tú todavía con el pelo hasta la cintura. Después, fotos de colores más vivos en que aparecen ya nuestros hijos, Tere con apenas cinco añitos, Tere en su primera comunión mostrando en la muñeca su reloj blanco. En otra estampa muy bonita estás tú, de medio cuerpo y desnuda de la cintura para arriba, dando el pecho a Manuel, que se aferra con sus manitas a tu cuello. Las últimas, de hace un año, todos en la playa, formando una escalera sobre la arena, hincando la sombrilla, retozando o bañándonos... Y en una de ellas, tú y yo besándonos. Me he pasado horas con esta foto en la mano, observando tu cara. Supongo que ya salías con Ramón entonces. Que esas llamadas que ibas de vez en cuando a hacer a la cabina próxima, para preguntar por tu hermana o por tu madre, eran tan falsas como tu pretendida placidez o tu desbordada sonrisa ante la cámara. Supongo que cuando desfilábamos cada mañana camino de la playa, o cuando sesteábamos en el apartamento, o cuando salíamos a cenar a un velador por las noches, supongo que ya tú pensabas en él. Tus dedos, supongo, ya guardaban entonces el tacto de su piel. Y tus labios...
    
     ¿Pero sabes qué es lo que más me asombra de todo esto? ¿Sabes el sentimiento más extraño que ha propiciado en mí esta caja de lata repleta de fotografías? Te lo diré. La sensación de que no podré ya prescindir de ella. De que ahora más que nunca, vendré a perder la vista por aquí: cualquier mañana como hoy mismo en la soledad de esta salita, o cualquier noche en el mar sin horizontes de mi cama. La sensación de que necesito hoy, ¡y no me duele!, recordar día tras día que he sido feliz a tu vera. Que te he amado sin contemplaciones y que mi memoria por siempre estará impregnada de ti.
    
     Lo que tú haces y lo que tú hagas ya, a mí va a importarme un carajo. Y te lo digo así de drástico y de bárbaro, como quien arroja una palada de cemento que presta contundencia a este muro de acero: porque a aquél lado te quedas tú y a éste otro me quedo yo, con mi caja de lata cargada de instantes... Y de cada instante, ¿no lo sabes?, es menester recordar el sentimiento que cada uno nos propició y no tanto el instante reflejado en la imagen. Recordar risas pero no el chiste. Recordar cosquilleos de placer, pero no la mano que los propició. Recordar la ilusión de una cita sin necesidad de tener que recordar quién debía de acudir a ella... Eso me quedo. Sólo de esta forma se vive mirando al frente, sin hacerle el juego a la añoranza y sin desear nunca, para nada, volver atrás.
    
    Tú te perderás, Ángela, serás para siempre pura química impregnando papel kodac. De ti sólo me restarán sensaciones. Evocaré amor sin evocarte a ti. Miedo sin evocar monstruos. Será difícil pero aprenderé a hacerlo cada día un poco mejor, en la soledad temprana de esta salita o en el mar sin horizontes de mi cama; al principio, con la caja de lata sobre mis rodillas, después sin otra cosa que mi antojo... Y mi bella Tere y mi travieso Manuel.
    
     Te dejo, Ángela. Y no es una coletilla más para rematar una carta cualquiera: te dejo en el sentido más amplio de la palabra. ¿Lo coges? Te dejo porque en los ojos de tu amante he podido asomarme a los tuyos y he visto también reflejados los de mis hijos. Ramón Conde está, al fin y al cabo, en esa edad en que los azares de la vida asestan, tarde o temprano, sus primeras estocadas, casi siempre bajo el disfraz luminoso del Amor.
    
     Pero mi Tere y mi Manuel, no. Todavía no. Tanto más si el disfraz que para la ocasión ha elegido el azar, es el disfraz de su mismísima madre.
    
     Te quise un día: Julio.


Esta es la carta, tal cual la encontré, muy arrugada pero cuidadosamente doblada en el interior de una novela policíaca. El papel es viejo y presenta en su superficie a modo de unos como oasis aislados y blanquecinos, que he intuído perfectamente fueron un día huellas de lágrimas. No puede discernirse, claro está, de lágrimas de quién. Si de quien la redactó o de quien fué su destinataria. Eso quedará, aunque no tenga mayor importancia, a la imaginación de cada cual.







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miércoles, 3 de junio de 2015

-- Cómo se responde a un hijo.

     Es lo que más quiero del mundo, y que el resto del mundo me perdone.


     Ha llegado del colegio, me ha besado, ha guardado su mochila en un rincón con solamente una patada. Se ha cambiado, se ha lavado las manitas y se ha sentado en un extremo del sofá.


     No ha puesto la tele. Yo en un extremo del sofá y ella en el otro.


     Ha ido deslizando su culete sobre los cojines, hasta arrimarse contra mi cuerpo. Me ha cogido la mano. Me ha mirado. He pensado, "¡ay, ay...!"


     Y efectivamente. Estaba escrito. Hoy era el día...


-- Papá.


-- Mi cielo.


-- Papá. A ver. ¿Los Reyes existen o no?


     Confieso que me pilló leyendo el periódico, con lo que en principio respondí:


-- Pues claro, mi cielo. Existen. Se caen, se operan, cazan elefantes, se operan, tropiezan, se operan, estrenan muletas con claxon incorporado, se operan, chocan con los abetos de palacio, se...


-- ¡Papá! ¡Los Reyes Magooooosss....! ¡Digo los Reyes Magos!


     Hoy era el día, ya lo he dicho. Ese día que sabemos que llega tarde o temprano, pero llega.


     Dejé el periódico a un lado, respiré hondo, encendí un cigarrillo y me dispuse a enfrentarme a lo inevitable con la entereza que me caracteriza.


-- ¡Cariño...!


     Pero mi santa esposa estaba en la cocina. Siempre desaparecen cuando más se las necesita. Almorzar, al fin y al cabo, se puede almorzar a otra hora, pero...


-- Es que dicen mis amigas que los reyes sois los padres. Y yo creo que es verdad. Es que no puedo creerme que... Bueno, dime... Papá...


-- ¿Y vas a creer a tus amigas antes que a mí? -la sonrío.


-- Es que ya el año pasado te oí a las cinco de la madrugada gritándole a mamá que dónde había que ponerle las pilas al Nenuco Cagoncete... No os dije nada para no disgustaros, papá.


-- Bien, bien, mi reina. Bien. ¿Nenuco Cagoncete...? Sí. Ya. El año pasado... Sí. Bien. Bueno. Los Reyes Magos... Tal y como la tradición o la cultura cristiana explican que...


-- ¡Papá! ¡Que sois vosotros, los padres! ¡Ya está! Si yo ya lo suponía...


-- Sí, pero no quiero que pienses que... En fin... Se dice los Reyes pero en verdad... ¿Nenuco Cagoncete era? Bueno... Bien...


-- Vale, papá.


-- Pues eso, cielo, lo que te he explicado. ¿Te pongo la tele?


-- No. Quiero hacerte otra pregunta, papá.


-- ¡Cariño...!


     No entiendo que haya que encerrarse en la cocina para cocinar, la verdad. No me explico que...


-- ¿Entonces Dios tampoco existe?


-- Bueno... Dios, Dios... Tú te refieres a Dios. Bueno. Dios es... ¡Dios! Dios es Dios. Que no existan los Reyes o que tú -¡porque lo has dicho tú y tu pandilla de amigas!- nieguen la existencia de los Reyes Magos, no significa que Dios... Dios... Vamos, que Dios existe. ¿O es que no puede existir tampoco? ¡Claro! ¡Vais de listillas... tú y esa amiga de las trenzas que tiene un padre con cara de tomate! Pues Dios existe.


-- Pero yo nunca lo he visto.


-- ¡Jaja! ¿Es que tiene que bajar Dios también a ponerle pilas al Nenuco Cagoncete para demostrarte que existe? ¡Eh? ¡Eh? Ya se las ponen los... Se las pongo yo. Dios existe y punto. No se ve. No se nota. No se siente. Es como ...


-- ¿Como una compresa?


-- ¡Dios...! ¿Pero ya tú...? ¡Cariño! ¡Cariño!


-- Mamá está en la cocina, papi.


-- ¡Exactamente! ¡Pero que esté en la cocina no significa que no me escuche! ¡Cariño...!


-- Vale, papá. Te he entendido. Quieres decirme que es como Dios... No se ve, pero se sabe que está ahí. No te oye, pero puedes llamarla, ¿no?


-- ¡O gritarle! ¡Cariño...! ¡Puedes gritarle y no te contesta pero sabes que está ahí! ¡Cariño! ¡En la cocina!


-- En el cielo, ¿no?


-- ¡En la cocina! ¡En el cielo...! Dios está en el cielo si... ¡Cariño...!


-- Papá. Papá. Que ya te he entendido.


-- Pues eso... Lo que te estoy explicando. ¿Te has lavado las manos?


-- Yo ya me di cuenta sola de que el Ratón Pérez no existía. De que mamá me dejaba un regalo debajo de la almohada cuando yo...


-- ¡Hemos estado en casa del Ratón Pérez! ¡En Madrid! ¡Lo has visto con tus propios ojos! ¿Cómo me dices ahora que...?


-- ¿Te estás enfadando, papá?


-- ¡No!


-- Y entonces por qué...


-- ¡Cariño! ¡Cariñooo...!


-- Está en la cocina, papá.


-- Sí, sí... Bien. Los Reyes Magos... Nenuco Cagoncete. Dios... Compresas. Ratón Pérez... Hace pocos siglos que quemaban por herejes a gente como tú, mi niña. Bueno. Ya vale, ¿no?


-- Y cuando la abuela me decía que la cigüeña traía...


-- Para nada. Pura relación sexual.


-- Ya. Lo de los genitales y los espermatozoides y los óvulos y...


-- ¡Cariñoooo...!


-- ¿Sabes que solamente un espermatozoide de entre cientos de millones...?


-- ¡Cariño...!


    Pero en ese momento me vuelvo y la cojo de la mano y la miro a los ojos.


-- ¿Qué dices, niña? ¿Qué me hablas? ¿Que solamente uno...?


-- Solamente uno llega a fecundar el óvulo, papá.


-- ¡Venga ya!


-- ¡Sí...! ¡Lo dimos el año pasado!


-- Pero.... ¿y los demás? ¿Y...? ¿Cómo...?


-- ¡Mamá....!


-- ¡No te escucha! ¡Mamá está en la cocina! ¡¿Cómo quieres que te escuche?! Pero dime. ¿Quieres hacerme creer que de cientos de millones de espermatozoides solamente uno fecun... fecunda...el óvulo?


-- Exactamente.


-- Espera, espera. Entonces me estás diciendo que...


-- ¡Mamá....!


-- ¡Quiero saber la verdad!


-- ¡Mamá...!


-- ¡Está en la cocina! ¡No te oye! ¡Exactamente igual que si fuera un  espermatozoide de esos que no...!


-- ¡Mamá...! ¡Papá no me dejaaaa! ¡Mamiii...!


     No me lo podía creer. Cientos de millones de espermatozoides pugnando por un mismo objetivo. Y yo que creía que era solamente uno. O dos, a lo sumo. O sea, que cualquiera de ellos... O sea, que el único que alcanzó la meta... O sea, que los restantes... ¿Y si yo no...? ¿Y si el esperma que me dio forma no hubiera llegado a... ? Entonces yo...


     De pronto sentí que la vista se me nublaba. Me entró un vértigo grande por el cuerpo. Y antes de desmayarme, aborrecí a mis padres que me criaron entre mentiras y cuentos, sin explicarme nunca nada, entre fábulas y nanas de ensueño, dándome a entender que me esperaban exactamente a Mí.


-- Se ha desmayado de pronto, mami -escuché la voz de mi hija, muy lejana.


-- ¿De pronto?


-- Le dije que los Reyes Magos no existen.


-- Ay, mi cielo. Déjalo estar. Cuando despierte, ni se te ocurra decirle que la mula y el buey tampoco anduvieron por allí. Tu padre se impresiona por nada.