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martes, 26 de diciembre de 2023

-- El Mundo en Babuchas.

     Hay días en que uno se levanta sin ganas de escribir.
    
     Hay días en que uno se levanta sin ganas de levantarse, mire usted qué cosas.
    
     Y uno no se lava la cara, no se peina, no se afeita y no se quita el pijama ni a pedradas.
    
     Uno embute los pies en unas babuchas que lo llevarán y lo traerán hasta que venga la hora de acostarse de nuevo... algo así como si hubieran eternidades de catorce o de quince horas.
    
     Uno se echa además,  por hacer algo que justifique el derroche de oxígeno aspirado, a la calle.
    
      Es algo que recomiendo incondicionalmente. Echarse a la calle acabaditos de levantar.
    
     Caminar con babuchas sobre el irregular y húmedo asfalto de las aceras puede resultar doloroso para quien no ande acostumbrado, es cierto. Si hace una mañana fría, será menester y recomendable abrocharse a conciencia hasta el último botón del pijama. Los catarros son tan traicioneros como minutas de abogado. Lo ideal, ya puestos, es llevar encima la bata de boatiné, muy redobladito el cuello hacia adentro... No prestar, por descontado, mucha atención a quien nos mire o nos señale o se eche a reír. Los críos sobre todo, son la leche de crueles. Los taxistas son unos guasones pero se cabrean pronto, ojo. Y los adultos en general, te permitirán caminar holgadamente en cuanto te vislumbren de lejos: se apartarán a un lado y te cederán con gentileza toda la acera para ti.
    
     Darse a pasear por las calles en babuchas, pijama y bata de boatiné es una manera la mar de lícita y complaciente de ensanchar las lindes del dormitorio, desoprimir (prefiero desopacar) los tabiques de casa y hacer del barrio, ¡qué digo del barrio!, de la ciudad, ¡ni de la ciudad!,  del Mundo una grata ampliación del Hogar.
    
     Imaginaos: todos en pijama por las calles...
    
    Considerando el mundo un hogar, como una extensión más de la salita, del dormitorio o del comedor, no sería complicado después hacer de sus pobladores una familia, una misma familia, una Gran Familia y sentirnos parte importante de Ella.
    
     Si la gente se echara a la calle en babuchas y pijama y boatiné -en verano, valen braguitas y calzoncillos- algo tan bárbaro como una colilla de cigarro o tan torpe como un asesinato no nos ensuciaría jamás las aceras. ¿Concebimos, acaso, una caca de perro en el centro de nuestra salita?
    
     Claro que no.
    
     Y mucho menos que pudiéramos concebir una guerra entre dos ejércitos acavernados entre batines de lunarcitos y babuchas de a cuadros, con el botón último del pijama -rosa o azul- bien abrochadito sobre la nuez del cuello.
    
     ¡Empecemos hoy mismo!
    
     Lo teníamos demasiado cerca como para verlo: el Nuevo Mundo empieza y acaba en la primera baldosa de nuestro propio dormitorio.
    
    
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jueves, 29 de enero de 2015

-- Justicia.




Somos de la misma edad pero él acopió canas desde los veinticinco; dicen que es cosa de genética en muchos casos, a saber.


Él con treinta, ya tenía la cabeza totalmente gris, lo que le daba un toque bragado y atractivo del que siempre fue consciente.


Gran trabajador, persona de confianza, íntegro y juicioso.


Ahora, rozando los cincuenta, había cambiado poco.


Y por tanto, no fueron sus canas lo que me sorprendieron al verlo de nuevo. O no sus canas de la cabeza, por mejor decir. Era la barba. Era su barba blanca... porque siempre fue un maniático en eso del afeitarse diariamente. Y ahora, por vez primera en tantos años de amistad, era la primera vez que lo veía con barbas, espesas barbas, luenga barba; blancas barbas... desmadejadas y observé que amarillentas en la zona que le enmarcaba la boca.


Volvía a fumar.


-- Jesús, Jesús... mi buen Jesús -susurró, sonriendo.


Arrimé la silla hasta lo que me permitía el cristal que nos separaba.


-- En dos meses, Juanca, vas a salir de aquí -le dije, desplegando una banderola de optimismo.


Asintió con la cabeza y me sonrió. Asintió repetidas veces. Lo que yo pensaba era una gran noticia, a él no le hizo más que asentir y sonreírme.


-- Siempre has escrito bien -me dijo-. ¿Cómo fué lo que dijiste de ella... ya sabes, cuando nació? No. No me lo digas. Lo recuerdo perfectamente yo: "unos ojos tan negros, que nunca se sabe con certeza hacia dónde miran".


No respondí y él permaneció callado unos instantes. Mirando hacia abajo y sin dejar de asentir ni de sonreír.


Sus ojos, también, eran negros, negros. Genética, dicen.


-- En dos meses sales, Juanca -le repetì-. Todo trámites, todo papeleos. Ha quedado claro que te lo encontraste y que...


-- ¡Una mierda! -soltó y me miró-. Una mierda, Jesús. Tú sabes que no me lo encontré. Tú sabes de sobras que en cuanto supe que lo soltaban me fuí a por él.


-- Yo lo sé, yo lo sé -y acerqué más mis labios al cristal, a la par que bajaba la voz-. ¡Yo lo sé, cabezón! Pero a estos bichos hay que decirles que os encontrásteis casualmente y...


-- Sus ojos, mi niña. Sus ojos tan negros, sus ojos tan negros que nunca se sabía con certeza hacia dónde miraban.


Ahora fué él quien acercó sus labios al cristal, por el otro lado:


-- No me lo encontré, Jesús. ¡Tú sabes de sobras cómo soy! Tú me conoces. ¡No me lo encontré! Díselo al fiscal, al juez, a la prensa, a la familia, a tu esposa, a tu hija o a quien tengas que sentirte obligado, ¡de corazón!, a decirles la verdad. ¡Que no me lo encontré! ¡Que lo busqué yo! Que lo busqué como un viejo lobo, tarde tras tarde y noche tras noche, siguiendo un rastro de sangre. Que la sangre de mi niña estaba fresca en mi nariz. ¡Que lo busqué yo! ¡Dilo, maldita sea...! ¡No sigas el juego tú también! ¡Dilo! ¡Dilo! Dí que me notificaron que no había pruebas suficientes. ¡Dí que el cadáver de mi niña apareció maniatado, vejado y desnudo y roto, como una muñeca vieja, como una nancy de ésas que te encuentras en un contenedor de la basura! Dí, Jesús... ¡Dí todo esto! ¡Para qué leches escribes tan bien, coño!


Miré hacia otro lado, pero simplemente por tragar saliva.


-- ¡Mírame! Dí que no tuve valor para ir a reconocer su cuerpo... Que sus ojos eran tan negros... Tan negros que nunca se sabía con certeza hacia dónde miraban. Fué su madre la que entró. Fué su madre y fuiste tú quienes la pudísteis identificar... Yo siempre he sido un cobarde...


-- Juanca...


-- Pero un cobarde que apecha con sus actos. ¡No me lo encontré, Jesús! ¡Lo busqué yo! Lo busqué en cuanto supe, ¡por la tele, macho, por la tele!, que lo dejaban libre por falta...


-- Me lo has contado mil veces, ¡vale!


-- Como un lobo, macho, como un lobo con la sangre de mi niña en los labios. Husmeando. Siguiendo el rastro. Preguntando. Inquiriendo. Metiendo los hocicos en mil madrigueras. Afeitado y pulcro unos días. Maloliente y desastrado, algunas noches. Pero oliendo. Oliendo. Acercándome...


-- Juan Carlos, por favor.


-- ¡Acercándome! -se echó a reír, tirándose hacia atrás en la silla y volviendo de pronto a arrimar su cara al cristal-. Acercándome cada día más, cada noche un poco más, cada hora más... Escucha, Jesús, escucha.


-- Ya me lo has ...


-- No, no. Escucha. Lo ví en el parquecillo de Amate. Estaba encima de una motito, junto a un banco donde dos o tres chavales más se pasaban una litrona. Y dos o tres chicas (mayorcitas que mi niña, sin los ojos negros de mi niña), reían y celebraban mil payasadas. Pero él era el que estaba en la motito, repeinado, las piernas abiertas, el cigarrito en la mano derecha, la sonrisa fresca y la carcajada fácil... Era él. Solamente me lo crucé un par de veces en los juzgados. Y mil veces en las noticias de la tele. Y mil veces en las portadas de los periódicos. Y mil veces en cada sueño que podía conciliar...


Yo sabía de sobras lo que iba a contarme ahora. Y como un acto reflejo, como ese perro de Pavlov que cuando presentía comida salivaba, mis ojos se empañaron de nuevo.


Él lo sabía de sobras. A él le gustaba repetírmelo. Yo fuí un tiempo su amigo.


Yo era, ahora, su eco, su confidente o su confesor.


-- ¿Tendrás un cigarro por ahí?, le pregunté. Se lo pregunté, Jesús, poniéndole la mano izquierda encima de un hombro mientras que con la derecha cogía de mi bolsillo del chaquetón...


-- Juanca, por favor.


--... la navaja de las cachas de nácar, la que nos regalamos mutuamente tú y yo, porque las dos llevaban la letra J grabadas en la empuñadura, ¿recuerdas esa tarde, Jesús?


Asentí, asentí mecánicamente, asentí pretendiendo cambiar de tema:


-- Fué en Córdoba, ¿no, Juanca? En las maniobras que hicimos...


-- La mano izquierda la pasé de su hombro a su nuca. Le hice girar la cabeza y mirarme. ¡Se quedó pasmado, amigo! Y cuando se encontró mi mirada con la suya... o la suya con la mía, ¡Jesús!, sé de sobras que a pesar de la barba de dos días me reconoció. ¡Me reconoció, palabra! ¡Jaja! ¿Pues no se había él cruzado tres veces conmigo en los juzgados? ¿No había él visto mi imagen en los noticiarios o en los periódicos tanto como yo la suya? ¡Jaja! ¿No reconoció él, por unos instantes, mis ojos negros, Jesús? ¡Tan negros que nunca se saben con certeza hacia dónde...!


-- Juanca, por favor.


-- Se la clavé después de escupirle. ¡Palabra, amigo! Y mira. ¡Te lo juro! ¡No sabía dónde metérsela! Por un lado llevaba pensado que en el vientre o en la entrepierna, más que nada porque sufriera la mitad de lo que mi niña sufrió. Por verlo retorcerse, ya sabes. ¡Pero qué va! ¿Y si al final salía vivo? ¿Vivo? ¿Mi niña muerta y él vivo? ¡Y se la metí por la espalda, Jesús, por la misma espina que hasta la hoja sentí cómo se partía dentro y...!


Me puse en pié de un salto y dejé caer la silla.


-- ¡La moto se cayó con él debajo! ¡Las chicas gritaron! ¡La litrona de sus amigos se rompió en el suelo! Y ellos se levantaron. ¡Creí por unos momentos que iban a venir a por mí, jaja...! Se fueron, Jesús, se fueron y yo me senté en el banquito que habían dejado libre de sopetón... Mirando al bicho éste, que se retorcía en el suelo delante de mí... con media hoja de acero metida en la espina... y la moto encima de las piernas... ¡Jesús! ¡Jesús!


Su hija, con catorce años y desde que nació y llegué a ser su padrino, tenía unos ojos tan negros, tan negros, tan negros, que nunca se sabía con certeza adónde miraban.


No sé, lo juro, por quién lloraba yo en esos instantes.


El tiempo se acababa y volví a poner la silla en pié, a sentarme y a acercar mi cara al cristal.


Juanca me miraba hacer, como si fuera consciente por anticipado de cada uno de mis gestos, de mis movimientos o de mis palabras... Con esa sonrisilla que le conocía desde que éramos amigotes de porrito y litrona, hace ya más de veintitantos años.


-- No tengo más tiempo, Juanca. Sólo he venido a decirte una cosa.


-- Me lo imagino. Suéltala.


-- En dos meses, semana de más o semana de menos, vas a salir de aquí. La gente se ha volcado contigo. Hay manifestaciones en Madrid, en Barcelona, aquí en Sevilla... en toda España, Juanca. ¡No te rías, cabrón! Las noticias, los periódicos, revistas, el you tube, las redes sociales, todo el mundo está contigo. ¡Juanca! ¿Te enteras...? ¡Todo el mundo está contigo, joder!


No dejó de sonreír, pero sacudió la cabeza a un lado y a otro.


-- Me alegro -dijo- De veras que me da alegría que la gente pueda llegar a entenderme. Pero no te equivoques, amigo.


-- Te digo que en unos dos meses vas a...


-- No te equivoques, Jesús. El que ahora está aquí y el que de aquí a dos meses puede salir a la calle... ya no es Juanca.


Y sonrió, nunca dejó de sonreír:


-- El que sale de aquí, ya no soy yo.



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