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domingo, 24 de diciembre de 2023

-- España no lee por tu culpa, Celestina.

    Se cumplen, mire usted, unos 516 años de la publicación de La Celestina...
  
   Obra emblemática y eruditísima, ¿quién lo duda? Y Obra cumbre y Obra modélica. Y Obra ejemplar, meritoria, emblemática, axiomática y etcéteras varios.
  
   Y Obra responsable de que mi hijo, y me temo que media España, no lea.
  
   Tal como lo digo.
  
   Mi hijo es un chaval aparente y perfectamente normal, o sea que se viste como el fantasma de Canterbury, calza botas dos tallas por encima de las de un zapador de Ingenieros  y le resulta en ocasiones imposible comer calamares fritos de dos en dos, porque se le eslabonan con la argolla que lleva como pearcing en el labio de abajo (según se le mira la cara, de frente).
  
   Normal es mi hijo y normal es, pues, que huya de los libros como del diablo.
  
   ¿Por qué? ¿Desde cuándo?
  
   Pues desde el nefasto día en que su profesor de Lengua le endiñó, a él y al resto de su clase, lo que yo denunciaría como un alevoso e inmisericorde Celestinazo en mitad de la frente. Eso no se hace, señor mío. De los 25 alumnos que había  en la clase aquélla mañana, hubo quien lo sobrellevó con entereza. Mas hubo quien no pudo ya abandonar el hábito molesto de morderse los cuellos de las camisas o bizquear mirándose un codo cuando pasaba por delante de una librería.
  
   En todo caso, señor, para unos y para otros de estos sorprendidos alumnos, el puntillazo les vino a la evaluación siguiente... de la mano larga de El Lazarillo de Tormes. Obra cumbre y Obra eruditísima también. Y modélica y emblemática y etcéteras diversos. Pero, al igual que su hermana La Celestina, gran espantadora de futuros amantes de la Lectura.
  
   Con 12 o con 13 años, consienta conmigo, no se asusta así a un niño. No debe.
  
   ¿Por qué le hicieron eso a mi hijo, señor?
  
   ¿Por qué La Celestina, El Quijote, El Lazarillo, El Buscón... -obras grandiosas a las que sólo el tiempo nos puede arrimar-, esperaron a mi hijo y a otros miles de chavales a la vuelta de una esquina y les saltaron sorpresivamente sobre las espaldas, a traición? Para robarles de por vida la inquietud de leer...  
  
   Allí me lo echaron a perder, a mi hijo, señor, en aquélla clase rancia de minas de lápiz y de gomitas de borrar: pillándole la cabeza entre las tapas de unos libros, ¡con catorce años, señor!, que no pueden llenar ni colmar ni activar ni complacer ni provocar ni azuzar ni hacer soñar -¡pero sí roncar!-  ni hacer amar la Literatura a nadie.
   
    En España se lee poco.
    
    Y yo estoy por asegurar que la culpa la tiene una Celestina administrada a deshoras.
  
    Yo no la leí en mis tiempos de estudiante, señor, a esta malhadada Celestina. Una varicela venturosa o una gripe puntual, me libró de ella y me trajo a mi cama, en su lugar, los dos revólveres de Marcial LaFuente Estefanía, el bigote arrogante del Poirot de Agatha Christie o la pipa insatisfecha del Sherlock Holmes de Conan Doyle.
  
   De aquellos mis compañeros de clase, ¡pongo la mano en el fuego!, no debe de haber hoy ninguno que disfrute más con un libro entre las manos que yo... Incluído éste de que le hablo, nuestra Celestina de don Fernando de Rojas...
  
   Un libro que volví a leer ayer.
  
   Un libro al que solamente el tiempo, la inquietud, cierta dosis de pasión -cuando lo principal ya lo sembró Sherlock Holmes o Poirot-, puso entre mis manos a su justa hora.
   
   (Para Marina, profesora de Literatura, con afecto y espero que con... efecto).

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sábado, 25 de agosto de 2012

-- Año 2012 y yo.

    Vuelvo de las cumbres granadinas, con un año más cumplido y una pizquilla de melancolía en el ánimo.
    Andamos por el año 2012 y todavía pindonguean seiscientos por las calles, la misma larga cola en cualquier panadería, los domingos; el 33 no para si viene lleno y el cielo me sigue pareciendo demasiado alto.
    ¿Era esto? Yo soñaba en mi pupitre de madera mientras el profesor hablaba de los destellos del año 2000. Y una escueta elucubración aritmética me proyectaba a treinta años adelante: yo hombre al fin, yo esposo, yo padre en los albores del año dos mil, yo conductor de mi propio vehículo y de mi propia vida, sudador de mi propio pan, año dos mil, llega el año dos mil, el profesor hablaba del año dos mil y los viejos hablaban del año dos mil y yo desde mi pupitre confabulaba universos anchísimos, incógnitos planetas, paraísos reencontrados, dioses reconocidos, odiseas impensables.
    Y la radio y los periódicos y el cine y la televisión y las tiras de cómics se daban de la mano con el profesor a delinear un año -¡un tiempo!- dos mil de tan potente luz que todos los tiempos anteriores quedarían del lado de la sombra, vulgares, perdidos, ajenos, desbrozados en las cunetas del pasado, atropellados por la contundencia inclemente del Año Dos Mil, año dos mil.
     Llega el año dos mil y miles de niños incrustados en pupitres de madera  escuchábamos abobados hablar al profesor, año dos mil, prefigurándonos en hombres del futuro pero no de un futuro cualquiera, esposos del mañana, padres de churumbeles pero padres ante todo del Nuevo Milenio, el Gran Milenio, conductores de primera de qué diabólicos artefactos aéreos, sudadores de un pan que guardaría las hechuras de un comprimido efervescente, año dos mil, llega el año dos mil.
    ¿Era esto?, no dejo de preguntarme.
    En el 2012 andamos y ya soy hombre, ya soy padre, ya esposo, Futuro ya.
    Mas no soy el futuro entrevisto desde las angostas honduras del pupitre aquél, en tantas tardes de modorra de invierno o de verano, en que el profesor hablaba, hablaba, hablaba de los destellos cegadores del año dos mil.
    Todavía hay seiscientos que arrastran sus neumáticos por la ciudad, todavía hay cola en la panadería, cualquier domingo; el 33 no se detiene si llega lleno, el cielo se me antoja más remoto y la tía Asunción, que juraba que nunca lo vería, vive ya, en los atardeceres de la plazuela, su año dos mil.
    Los niños en la calle siguen acosando gatos y gorriones de los árboles, el tipo del gas sigue aporreando, monocorde y estridente, una bombona contra otra, avisando de su presencia. En el semáforo alguien pita y los contenedores de la basura se desplazan cuando nadie los ve.
    En la radio, las horas se siguen dando a golpe de pitido que se prolonga y se estira y se aleja y se pierde.
    ¿Era esto? No es el dos mil que soñé, no. Y quizás tampoco, el chaval  del pupitre fuera yo.



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sábado, 7 de julio de 2012

-- Cuento de terror.

    Yo tenía entonces unos nueve o diez años. Debía de ser invierno, porque andaba la tarde oscurecida y el cielo amagaba tormenta.
    Me encontraba con la espalda apoyada contra la pared, era una calle solitaria y lúgubre por la que no circulaba tráfico alguno. A aquéllas horas, sólo estábamos ellos y yo.
    Ellos y yo... y ellos eran cinco.
    Les miraba y ellos me miraban, con la única diferencia de que yo me podía mover mientras no pretendiera separarme un ápice del muro donde me apoyaba, yo podía dirigir mis ojos a uno u a otro, estudiarlos, intentar entrar en sus mentes... pero ellos no. Ellos no se movían, cual espectros, como zombies, como muertos; inmóviles, detenidos en el tiempo y en el espacio, pero sin apartar sus pupilas del mínimo de mis movimientos. Era consciente de que sus ojos impávidos acechaban cada una de mis reacciones, sin perder detalle de nada. Solamente, aguardando.
    No podía huír. No me lo hubieran permitido ya. Y recuerdo perfectamente que en el silencio espeso de la tarde que se anochecía, oí una vez a lo lejos un trueno que se acercaba, y algo más próxima (¡sólo una calle más atrás) la voz de mi madre que gritaba mi nombre por la ventana, llamándome ya para que subiera a casa.
    De los cinco, las dos chicas estaban más atrasadas, pero no por ello menos amenazantes. Una de ellas con las piernas apenas separadas y un dedo señalándome, como una imagen detenida en la pantalla del televisor. La otra: con una sonrisa maldiciente entre los labios y semejando una estatua de piedra que de un momento a otro fuera a echar a andar, con lo linda que era momentos antes, con lo enamorado que me tenía, con lo bella que era su sonrisa... una sonrisa y una carita que ahora no tenían vida ni transmitían nada que no fuera inquina o desapego. De los chicos, algo más adelantados, era Julián el que probablemente me alcanzaría primero, si le daba oportunidad. Lo intuía en su rabia contenida, en su boca levemente entreabierta y jadeante, en el brillo feraz de sus ojos fijos en los míos.
    Mis amigos, mis cinco amigos, petrificados pero sin permitir por ello que me alejara ni un ápice de la pared. Mis amigos, mis compañeros de estudios y de juegos, conteniendo ahora, bajo las primeras gotas de lluvia que ya nos calaban, las ganas de abalanzarse en tropel hacia mí.
    Volví a escuchar los gritos de mi madre que me llamaba y me dije que tenía que ser ahora o nunca.
    Respiré hondo. Tensé los músculos de mi cuerpo y miré retadoramente a Julián: no lo conseguirás, cabrón, no lo conseguiréis ninguno porque soy más rápido que vosotros.
    Me giré rápidamente, alcé la palma de la mano y golpeé con furia sobre el muro, gritando a viva voz y con rabia:
-- ¡Una, dos y tres, pollito inglés...!
    Y no tuve tiempo a volverme, cuando sentí ya los dedos de Julián engarfiados como garras en mi hombro.

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lunes, 2 de julio de 2012

-- Cuando tenías cuatro años, hija.

    Hoy, cielo, recupero unas notas escritas hace siete años, cuando tú tenías solamente cuatro. Están redactadas en un cuaderno que he encontrado buscando otro cuaderno que no era éste (suele pasar), y las transcribo aquí sin quitar ni poner coma. La fecha es de agosto del 2004.

"Hoy se ha pelado mamá. Tú y yo, mientras, ahí en la plazoleta, la hemos esperado, con las espaldas guardadas por la abuela, por esta abuela inquieta e incolora que, con el bolso de mami en el regazo, a ratos nos mira y a ratos se mira. O mira hacia atrás. O mira ya, con recelos, hacia adelante.
"Te quiero, mi niña.
"Mamá tarda en pelarse y tú y tus catorce amiguitos de la plazuela (cuyos respectivos padres, evidentemente, miran al cielo soslayando el marrón) me zarandeáis y me lleváis hacia allá y me traéis de vueltas acá. Tú le robas la bicicleta a otra nena. Alicia se apodera de tu muñeco. Álvaro te quita tu patinete. Lidia me pellizca un brazo, a rosca. Javier me patea una espinilla. Sufro. Tú te me escapas como una flecha, ahora con la pelota de un niño cabezón al que no conozco de nada; debe de ser nuevo. Alicia quiere agua. Busco a su madre con la mirada. Lidia quiere pipí. La abuela se cambia de banco porque el sol le da en la cara, mamá no aparece, no tengo tabaco, Alicia me tira ahora de los pelos y otro niño -un delincuente en potencia- me da en la cabeza con un balón de reglamento.
"Corro tras de ti, porque te atisbo a lo lejos comiéndote los gusanitos de una nicha rubia que no debe entender aún las sutilezas culinarias de la Ley del Más Fuerte. La niña no es que llore simplemente: la niña berrea como un ovino y la madre, con faz angustiada, me mira con desprecio, sacudiendo la cabeza. Cuando consigues al fin que la niña rubia tenga un acceso cardiorespiratorio motivado por la ansiedad de verte engullir a puñados sus gusanitos, das un salto y media vuelta en el aire, chocas con un naranjo y te diriges con decisión a patear al perro viejo de un viejo hombre que desde entonces, creo, ha decidido dejar de tomar el sol en la plazuela.
"Te quiero, mi cielo, pero tengo que reñirte cuando te veo meter dos dedos en la oreja derecha de Álvaro y otros dos en la izquierda de Alicia. Lucía llega de la mano de su papá y tú, contenta de verla, no digo que no, le asestas dos collejas en la frente que la hacen tambalear y dar de culo en el suelo. El padre de Lucía reanima a su hija, comentando algo entre dientes sobre los padres criminales que sacan a sus hijos psicópatas a la calle con tanta calor. La abuela, que ha vuelto a cambiar de banco, entrabla conversación con el drogadicto soñoliento que se ha encontrado a la vera. El drogata, ni lo dudes, se plantea por primera vez en treinta años lo duro que es vivir. ¿Pero dónde leches está tu madre...?
"¿Dónde estás tú?
"No te veo. No te veo y se me para el pulso. No te veo.. Alicia aquí, Álvaro allí, Lucía allá, la niña rubia sin gusanitos berrea aún, pero no te veo, a ti no te veo.
"De veinte bestezuelas que desgastan y atronan la plazoleta, me falta una: tú. ¿Dónde te has metido? ¿Dónde estás, mi amor? Me desespero y cien imágenes se me pasan por la cabeza. Miro a mi alrededor. Me planto, con los brazos en jarras, en el centro de la plazuela. Giro. Miro. Sudo. Te busco y no te veo.
"Un miedo que ni en sueños existe, me hace tambalear. No te veo. La pelota de reglamento del niño delincuente me vuelve a dar en la cabeza. Ahora no le sonrío. Se la quito y se la embarco en un tercero de una patada. Que llore. Que se joda. Que le compren otra. Yo a ti, no te veo.
"--¡Mateo, Mateo! -le tomo el brazo al buelo de Alicia, que viene caminando con su siempre atenta sonrisilla-. Mateo, que no veo a mi niña.
"Mateo me sonríe -siempre sonríe- y señala a mis espaldas.
"-- Viene ahí con su madre, Jesús -me dice.
"Y os veo de la mano. Mamá, preciosa con el pelo corto. Siempre preciosa tú.
"Y aunque el salvaje pigmeo intente de nuevo volarme la cabeza con su balón de reglamento, yo me siento -en un segundo eterno- el hombre más dichoso de la Tierra.
  Sevilla, agosto de 2004.

(Entiendes ahora, mi linda princesa, por qué me busqué otro trabajo para los sábados por la mañana).

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jueves, 28 de junio de 2012

-- Infancia, sí. Pero...

    Nos tomamos una cerveza, amigo, nos medimos con la mirada, nos contamos las canas de la barba y vemos a unos críos salir del colegio: ¡ah, los niños! ¡Ay, la infancia...!
    Divino tesoro, suspiramos.
    Y yo hoy te digo que no, compañero.
    ¿Pero de veras merecen ser recordados los lejanos años de la Infancia? Me pregunto si aquéllos patios en sombras, si aquélla cocina oliendo a coliflor o lentejas, si aquélla madre gritona, si aquél padre intermitente; me pregunto si aquéllos escenarios que hoy restauro dando cincelazos a la memoria, merecen siquiera un vistazo, una lágrima, una sonrisa.
    ¿A qué esta manía, tan estúpida como humana, de mirar hacia atrás... pero siempre para echar en falta, nunca para reconocer lo que sobra?
    ¿A qué ese empeño insano y cangrenante por querer reconocernos entre las imágenes de una fotografía en blanco y negro, como si esa cara sin arrugas y todavía sin cuartear tuviera por fuerza que tener algo que ver con la cara, los ojos y el aliento de quien hoy la contempla?
    ¿Por qué siempre recordar para acabar tragando saliva o zollipando, pero nunca para soltar aire y gritar al cielo, ¡pufff, al fin: ya pasó! Ahí estuviste pero ya no estás.
    Oh, la Infancia, oh, lalá. Bien, pero la infancia es una edad muy jodida, no lo olvides tú también, amigo. Mi infancia como la tuya,  fué un acorde monótono de broncas y collejas. De madrugueos incomprensibles. De clases tediosas. De confesiones humillantes y delitos ocultos que me facturaban, en un sí es no, a los más recónditos infiernos. De domingos que duraban dos horas y empezaban a anochecerse antes del almuerzo, tan exiguos como recreos de treinta minutos. De lunes patibularios donde echaba a andar una jornada que apenas si entendía....
    Vale, vale, vale, parece que te oigo refunfuñar. Sí: había una amistad, había unos juegos, vale que había hasta amorcillos chiflados y etéreos, y te admito que hasta un beso que quizás  existió o quizás en verdad la brisa me hizo soñar. ¿Pero y qué...? También hoy tengo amigos. También hoy juego a la oca con mi hijo o al póker con cualquier desventajado. Y todavía, mira qué tonto, la brisa me trae un beso y me siento enamorado de nuevo, sonrío y me impregno como papel fotográfico, un día sí y otro no, pero revelando las fotos, ya, que mañana me harán ir a querer reconocerme en una cara barbuda, cuarteada y con arrugas junto a los ojos... La cara que hoy tengo y no volveré a tener mañana.
    La infancia, amigo, existe cuando ya ha pasado.
    La infancia no es más que un laberinto para ratones albinos: en cada esquina un trozo de queso, pero siempre sujeto a un cepo. Mira qué chasco, que no pasa un día sin que te cojas un dedo y a veces hasta la nariz. Aunque después, con los años, sea cómodo olvidar que nuestros primeros pasos fueron una riada de lágrima y moco, una tempestad de frunces y pataleos, un alargar el dedito con la mayor ilusión del mundo para terminar dando un respingo y llevárnoslo a la boca, amorachado o sangrante.
    Por eso, amigo, me ha dado por pensar en positivo cuando he visto a una infancia desbocada que celebraba sus vacaciones a las puertas de un colegio, hace un rato.
    En positivo, sí, aunque pienses por lo que llevas leído (a mi me ocurriría lo mismo) que estoy escribiendo en el alféizar de mi quinto piso, antes de saltar sobre el tenderete del bajo-A, con el teclado en las manos.
    La Infancia es el timo de la estampita, sólo que cuando lo descubrimos es demasiado tarde para reclamar nuestros recuerdos a cambio de esa foto en blanco y negro que nos endiñaron, y que ahora con gran melancolez nos paramos a observar. 
    Es, amigo, la Infancia,  creernos que porque no encontramos hoy la Felicidad, es porque tuvimos por huevos que haberla perdido en la curva más lejana de la vida... cuando quizás, ni siquiera nos la hayamos echado nunca -o todavía- a la cara.
    Aquí te dejo esto. Para que si nos vemos dentro de treinta años, no me traigas fotografías de noventamil píxeles diciendo que hoy, midiéndonos con la mirada, tomando una cerveza y contándonos las canas, éramos los más felices del mundo.
   
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