sábado, 8 de diciembre de 2012

-- Algunos hombres duros.

-- Pero delimitemos la cosa. La cosa es que la muchacha no podía confesar que era hija suya. Esa es la cosa, eh. Porque inmediatamente ella, al enterarse, pondría la ferretería a nombre del chico. Lógico. Yo también lo haría. Es la vida misma. Esa es la cosa. Si la ferretería llega un día a ponerse a nombre del muchacho, ¡mucha atención!, ¿para qué pollas entonces tendría que volver Claudia del Valle a pordiosear por el metro, a enharinarse la cara y a hacer de estatua para arramplar con dos euros miserables, al cambio? A ver. Que alguien me lo explique, porque ahí está la cosa.
 
     Quien así se expresa es Juanjo, exaltado, evidentemente satisfecho de haber alcanzado lo que él piensa que es el meollo de la cuestión: la cosa.
 
     Yo no obstante, sacudo el caletre. No me muestro conforme. En mi impaciencia por replicarle, no puedo evitar espolvorear a mi alrededor una nebulosa poco discreta de migas de pan tostado.
 
-- ¡Santo Dios! -clamo al cielo-. Pero entonces, ¿para qué cojones se tomaron la molestia de subarreandarle la ferretería a Valentina Domínguez?  ¿Me lo podría alguien explicar?
 
-- ¡Para que Claudia del Valle pudiera vender de una vez la Chary Davidson, pedazo de cretino, parece mentira! -todo esto lo profieren al unísono Gabriel, que está sentado a mi lado y se bebe una tila porque dice que ha amanecido con taquicardias, y Alfonso, sentado frente a mí.
 
     Gabriel me aclara, con un guiño:
 
-- Como Claudia del Valle hacía de estatua en el metro, con la cara blanqueada y todo eso, ya sabes, sin coscarse un pelo ni pestañear, Carlo Marcelo nunca pudo reconocer en ella a su hijastra, ¿tú entiendes, Jesús?
 
-- Yo no entiendo, claro que no entiendo -me encabrito, masco, dejo el pico de la viena en el plato y me limpio la boca-. En el primer capítulo pudo verse a Carlo Marcelo conduciendo la Chary Davidson por una calle de Caracas, ¿o no?
 
     Abucheos.
 
-- ¡Ese no era Carlo Marcelo, idiota! -se carcajea Alfonso.
 
-- ¡Esa era Juana Ignacia! -se ríe alguien, lejos.
 
-- ¡Y no era en Caracas sino en Honduras, belloto! -suena una voz más lejos aún.
 
     Acabáramoa ya, joder. De ahí viene el follón, sin duda. Entre una protagonista que se blanquea con harina de repostería la cara porque hace de estatua en el metro y otra que usa casco de competición repleto de pegatinas se encuentre o no se encuentre pilotanto la moto, es justo reconocer que cualquier persona más inteligente y observadora que yo pueda andar propensa a extraviar el hilo de la trama. Al menos, a partir del capítulo ciento trece. Y eso sin contar  a la tal Valentina Rodríguez de Mendoza, que ya en el capítulo nueve, si bien recuerdo, metió la cara en un perol donde se freían cortezas de cerdo y anda desde entonces arrastrando la piel de los pómulos por el parquet de su finca ganadera de Perú.
 
-- Entonces, ¿la del casco es Juana Ignacia? -inquiero, aprehendiendo al fin un liviano rayito de luz.
 
-- Juana Ignacia es, sí -me confirma Gabriel, me parece que con lástima, hurgándose en las uñas con una cucharilla y diagnosticándome sibilinamente.
 
     Asiento.
 
-- Y ahora la pobre -arguyo-, tiene que abonarle a doña Eulogia Martín un escaparate nuevo para... ¿no?
 
     Son esta vez carcajadas inmisericordes lo que consigo aupar a mi alrededor. Una silla cae y alguien quiere rajarme media faz con la tapadera de una tarrina de mantequilla. A mi oido viene, proveniente de una mesa cercana, un molesto comentario sobre el tamaño del cerebelo en los palomos de un parque. Pretendo reír, pero ni una sonrisa siquiera puedo esbozar, no me sale, ando turbado, confundido, hay mañanas en que uno se levanta con los reflejos amazacotados.
 
-- ¡Mejor lo dejas, tío! -se carcajea Juanjo, lleno de desprecio-. ¡Déjalo! ¡Olvídalo! Limítate a los documentales. No pases de ahí. Documentales. Monos, chivos, gacelas, peces globo y esporas. Animalitos y naturaleza. Esa es la cosa. ¡Documentales!
 
-- Quien estrelló la moto contra el escaparate de la ferretería fué Valentina... Jesús, hijo, entiéndelo: ¡Valentina Domínguez de Sousa!
 
-- ¡Valentina es menor de edad! -me revuelvo en mi silla-. ¡No puede ni debe conducir motos de gran cilindrada!
 
-- ¡Ya lo creo que sí, tío! ¡Ya lo creo! -se sulfura Juanjo, saltando de la silla con un respingo elástico y arrojando al suelo platos y tazones-. Mira, chaval. En el capítulo treinta y ocho, y seguramente cuando tú te levantaste y fuiste a meneártela a los servicios, la chica se sacó en media hora el B-2, el B-4 y el C-3... ¡y todos a la primera! ¡a la primera todos, con psicotécnicos que tú no pasarías aunque vivieras mil veces! Valentina Domínguez de Sousa y Trujillo... ¡entérate bien, mequetrefe!, puede conducir tractores con remolque si le sale del mismísimo c...
 
-- ¡Venga ya! -ahora soy yo quien salta y ataca-. ¡Venga ya...! ¿Cómo puede...?
 
-- ¡A ver documentales, imbécil! ¡Documentales! ¡Monitos, esporas, peces globo...!
 
     Un corrillo amenazador empieza a rodearme. Tomo un salero de la mesa, dispuesto a defenderme y no dejarme amedrentar... Pero en ese momento se acercan cuatro robustos funcionarios, con las porras en ristre y caras de malas pulgas.
 
-- ¿Hay problemas, chicos? ¿Hay problemas?
 
     Agachamos la cabeza y nos dispersamos. En ese momento, suena la sirena y salimos al patio. Gabriel marcha a su rincón, a hacer pesas. Juanjo y otros, desde un banco al sol, me miran murmurando entre sí y sonriendo. Alfonso da sus paseos junto a la torre sur de vigilancia, como casi siempre, tomando notas mentalmente para una fuga que tarde o temprano llevará a cabo por tercera ya o cuarta vez.
 
     Yo paseo en silencio, manoseando el salero en uno de mis bolsillos. Quizás pueda cambiarlo por algunos cigarros. La vida en la cárcel es un ejercicio diario de pura y dura supervivencia. Algunos hombres duros lo sabemos de sobra.